Centro de Estudios Locales de Andorra

Montañas blancas y piedras rojas

“Poblado a Myo Cid a puerto de Alucant, dexando a Saragoça a las tierras de acá, e dexando a Huesa e las tierras e Montal ván;”
(Cantar del 1087-1089)


A diferencia que nosotros (algunos de los miembros del grupo del CELAN) que partimos desde Andorra de Teruel en coche en una tranquila mañana de mediados de septiembre, aquí, en esta parte del Cantar del Mío Cid, se puede deducir que aquel otro trayecto de aquel Caballero castellano por estas tierras turolenses hacia las tierras de Valencia, tuvo que ser mucho más aparatoso, largo, duro y seguramente más incitante. Es de suponer también que él y aquellos militares medievales que le acompañaban, cuando se encontraron con esas montañas de color blanco (albo) que forman parte de la Sierra de San Just, comprenderían enseguida, que ese  nombre de esta bella villa turolense llamada Montalbán, es el más adecuado, como así nos pareció a nosotros cuando pasamos toda una jornada de índole cultural y recreativa muy agradable en esta villa y su entorno más próximo, la barriada o pedanía de Peñas Royas. Peñas RoyasHe querido empezar con este texto del Mío Cid, pues se podría considerar también como un saludo de recibimiento que el municipio de Montalbán muestra a sus visitantes en esa placa de piedra de color blanco colocada en una de las altas paredes de una de las tres Iglesias Fortaleza que aún se conserva integra, y que de la misma manera que las otras dos (ya derruidas) formaba parte de la defensa de los territorios de Aragón en tiempos en los que Pedro V se defendía de los ataques del rey castellano, Pedro IV de Castilla, en la denominada Guerra de los Pedros.
Peñas RoyasEn la pequeña pedanía de Peñas Royas, donde nos trasladamos con los coches tras atravesar esta villa de Montalbán, uno parece encontrarse de repente con la visión de un paraje mágico. La soledad, el aislamiento, y ese ambiente silencioso que te encuentras entre las calles que recorren este pequeño núcleo urbano situado entre montañas, da pie a que te puedas trasladar con facilidad a otros mundos imaginarios, muy distinto al de la época actual, como el de esas leyendas medievales de dragones, de princesas y príncipes en las que el dibujo de San Jorge que vi dibujado en una las fachadas de una las casas de esta barriada puede ser un símbolo muy acorde para tal experiencia sugestiva. De la misma manera, debido a los numerosos gatos, que, o bien tomando el sol en alguna puerta, o aquellos que correteaban por las tapias de viejos corrales construidos de piedra rojiza observándonos con sus miradas y gestos de curiosidad, podrían inspirar a cualquiera que se dejase llevar por la fascinación, y así tener también una especie de visión del pasado basada en esas mismas leyendas medievales, tan más mágicas y fantasiosas como las de San Jorge, en las que las brujas y las hadas podrían ser las protagonistas y las habitantes de algunas de esas viviendas, que a pesar de estar vacías muchas de ellas, conservan aún un aspecto muy acogedor, aunque sólo sean utilizadas, la mayor parte de ellas, para la época del verano por los hijos de los que fueron antiguos habitantes de estas tierras y que hace años emigraron a otros lugares de España de mayor progreso como Cataluña o Valencia para así asegurarse un futuro económico mejor. 
Peñas Royas
Conforme salíamos de esta vieja pedanía, e íbamos avanzando ya en nuestra marcha matinal por ese sendero marcado como una GR (ruta de Gran Recorrido) hasta uno de los primeros miradores donde nos pararíamos a descansar, mi percepción de los distintos aspectos de ese paraje aún los seguía comparando con ese mundo imaginario de hadas y dragones, pues por allí, ese color rojizo que divisé también en las paredes de piedra de las últimas casas de Peñas Royas, en la propia tierra del sendero, en las laderas y en las altas peñas que coronaban las cimas de esas montañas, adquiría una notoriedad tan intensa y tan abundante que todo en principio me parecía tan irreal, que era como si de repente todo aquel paraje hubiese sido pintado por el brochazo de un enorme pincel celestial. Si me detenía y miraba hacia arriba, podía divisar en el cielo el vuelo circular de algunas aves (aviones o vencejos), como también podía observar los nidos de los buitres, que, engarzados en las grietas que se forman en las paredes de estas montañas, semejaban enormes estropajos de esparto polvoriento. Ya en ese primer mirador, situado en una vertiente desde la que se escuchaba el sonido armónico del agua del río Martín entre los cantos rodados, todos los componentes del grupo de excursionistas del CELAN pudimos percibir, levemente, esa imagen de su curso de aguas en zigzag entre cañones formados por la erosión de esas laderas (también de color rojo) que por esta zona se taponan por la abundante vegetación de árboles como los pinos, cuyo bosque baja hasta rozar el cauce del río, u otros árboles de hoja caduca como los olmos o de esas otras plantas más exuberante y variopintas como los cañaverales y las zarzas. Es debido a esta mezcla de vegetación por lo que en este profundo barranco se puede percibir también una variedad de colores mucho más abundantes que la que se puede observar desde ese mismo mirador en las laderas más altas, allí donde la flora está compuesta también de algunos pinos, además de algunas plantas de secano como el romero, las jaras, la sabina, el enebro…
Peñas RoyasEs muy notorio advertir, mientras se continúa caminando, los diferentes tamaños de piedras  de pizarra que se deslizan por esas laderas en forma de lascas que van contrastando sus colores grisáceos con el de las numerosas tonalidades de los blancos y rojizos que forman parte de las rocas calcáreas y de las piedras de arenisca, muy oxidadas por contener abundante hierro. En otro de esos miradores, en el que terminaba nuestro trayecto de ida, nos encontramos con una curiosa muestra (imitación) de las huellas de animales que deambularon por estos pavimentos, al parecer, en la época del Jurásico. Y ya en el camino de regreso, en unos momentos de intenso calor, nos atrevimos a bajar hasta el mismo cauce del río Martín por una vereda que pasaba por unas antiguas eras, muy cercanas a Peñas Royas, donde se pueden apreciar aún las viejos caserones construidos de piedra de arenisca, que solían tener varios usos, como era el de guardar la paja, encerrar al ganado o incluso para dormir en caso de necesidad.
Peñas RoyasEn la vuelta a la villa de Montalbán, que realizamos también en coche desde la pedanía o barriada de Peñas Royas, fue el momento de visitar la Iglesia fortaleza que, como comenté al principio, pertenece a la época de la llamada Guerra de los Pedros. Es digno de ver sobre todo ese contraste que hay entre la base hecha de piedra de cantera y la parte más alta construida de ladrillo, conformando así dos estilos de arte arquitectónico muy bien diferenciados sobre todo por su aspecto. En el interior, por estar en obras de restauración este edificio, no pudimos apreciar toda la belleza que debió de tener en los tiempos de mayor magnificencia para su uso militar y religioso. La guía, al parecer una chica nacida en esta villa, nos supo informar muy bien de algunos de estos usos para los que fue construida esta fortaleza religiosa, y para los que ha servido a lo largo de la Historia, pues según sus explicaciones, esta enorme iglesia llegó a ser no sólo fortaleza militar sino que más recientemente fue también cuartel de la guardia civil. Nos aclaró además, que tal y como solían ser muchas iglesias en la Edad Media, ésta también sirvió como cementerio para los  hombres (nunca para las mujeres) que pertenecían a las familias más nobles de la villa o del entorno de Montalbán. Cuando ya recorríamos el largo pasillo circular que bordea toda la nave eclesiástica, tal y como lo hace el de los antiguos castillos para la defensa de las ciudades en las que se edificaron, la joven guía continúo dándonos más explicaciones y mostrándonos más detalles dignos de destacar como que las campanas de la torre, con sus diferentes tamaños hacen vibrar el aire con varias tonalidades de sonidos. 
Peñas Royas
Por el corto recorrido que realizamos por el que fuese el barrio Judío, tuvimos tiempo de apreciar la conformación arquitectónica de algunas de esas casas más destacadas de esta villa turolense que pertenecieron a la nobleza aragonesa. No son muchas las viviendas que se erigen aún en esta judería en buen estado de habitabilidad, pero también aquí la imaginación de visitante, del viajero, del caminante, o del senderista, puede perderse en esa época medieval y adentrarse en la visión de cómo pudo ser la vida cotidiana de sus antiguos habitantes. En realidad casi todo Montalbán conserva aún ese aire de enclave varado en una época lejana, una época que ya no parece encajar con el mundo actual de progreso en el que vivimos, pues incluso algunas de sus tiendas, como esa que se conoce como El Corte Inglés de Montalbán, parece pertenecer a los viejos métodos de venta de la década de los años cuarenta del siglo XX. Su dueño, que tuvo la amabilidad de mostrárnosla tras una suculenta comida que realizamos en el restaurante El Granero, vestido con su vieja bata de ferretero, nos fue explicando, ya dentro de este establecimiento, algunos aspectos de la historia de su vida en este negocio y también nos fue mostrando algunos de los objetos y  aparatos usados, como una vieja bascula de la que aún conserva sus pesas y una máquina de manivela muy antigua que se utilizaba para servir el aceite de oliva a sus clientes. Pero lo más destacable de esta tienda no es sólo su antigüedad y esos métodos de venta tan fuera de los comercios actuales, sino que su dueño, con setenta y dos años de edad, sea aún capaz de seguir al frente de ella vendiendo este tipo de productos y obteniendo, según él, beneficios suficientes como para mantenerla abierta varios años más.
Peñas RoyasCuando te alejas de Montalbán, y vas ascendiendo por la carretera de Castellón, encajonada allí entre ese valle que forma el curso del río Martín, después de haber visto y observado esa soledad que ahora invade sus calles, de ese abandono con el que también ha sido afectada esta villa turolense tras el cierre de las minas de carbón que se explotaban por todo esa Comarca Minera, tienes la sensación de que Teruel, toda la provincia, está a punto de desaparecer, pues en todo ese trayecto que nos separaba aún de Andorra, sabíamos, éramos conscientes, de que nos íbamos a cruzar con muy pocos vehículos y de que en la mayor parte del paisaje poblado de pinos, en los páramos de campos de cebada, en los de almendrales y olivos y, sobre todo en los yermos llenos de matojos, romeros y tomillo, apenas veríamos algún edificio de labranza y ganadería que seguramente estaría ya abandonado, o también algún pueblo, que como en el de Castell de Cabra, no nos encontramos con ninguna persona paseando por esa carretera que asciende hacia al centro de este núcleo de población rural muy vieja en su mayoría.

Mariano Martínez Luque

Peñas Royas

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