Centro de Estudios Locales de Andorra

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Villanueva Ginés, José María (el Volante)

Foto cedida por José María Villanueva
José María Villanueva Ginés (1915-2012)
Conocido con el apodo del Volante nació un cuatro de octubre en Andorra, en el año 1915 y falleció en la misma localidad el 27 de junio de 2012. Hijo mayor de familia humilde y numerosa, pasó su niñez por Turbena. Estudió un par de años en Andorra donde aprendió a leer y a escribir. Trabajó en el campo hasta que le llamaron a filas durante la Guerra Civil, donde luchó en el bando republicano. Contrajo matrimonio en 1942 con Crisanta, con quien tuvo dos hijas. Trabajó en una cantera, fue minero y propietario de un bar. En 1967 se desplazó a Barcelona a trabajar de portero en un inmueble de la Diagonal y allí empezó a desarrollar su faceta de poeta. Tras su jubilación volvió a su pueblo natal, donde durante muchos años colaboró con sus escritos en El Regallo y el Cierzo (texto del homenaje que La masadica Roya le brindó en la IV edición de La Puerta de los Vientos, 2012).

Biografía

(Reproducción íntegra del artículo firmado por Mariano Martínez Luque citado en la bibliografía)

 

Antes de conocerlo personalmente, José, el conserje del polideportivo, me aseguró que este hombre, además de que había participado en muchas de las actividades culturales y ayudado a mantener por ello las tradiciones de este pueblo, había tenido también una vida digna de contar en una novela. Yo no sabía hasta qué punto esto podría ser así, pero cuando José María Villanueva nos recibió a José y a mí, con una actitud muy cordial, en su casa de la calle Santa Cecilia a finales del año 2007 y nos instó a que tomásemos asiento junto a él para narrarnos algunos hechos de su vida, con ese marcado acento aragonés que todavía conserva en su voz a pesar de tantos años vividos en Cataluña, supe de veras que estaba ante alguien digno de mostrar en nuestra sección de personajes destacables en la comarca. Pues conforme nos iba hablando de su pasado pude comprobar que su memoria era como una especie de puerta del tiempo que me sumergía, con gran precisión de detalles, en un amplio retazo de la reciente historia de nuestro país y, sobre todo, de este pequeño contorno en el que habitamos.

 

José María Villanueva Ginés es un andorrano nonagenario a quien todos los vecinos de su generación –y algunos pocos de la nuestra– en esta villa conocen –conocemos– con el apodo de “el Volante”.

Hijo de padres muy humildes, en su familia eran ocho hermanos, dos chicas y seis chicos. Fue su madrina doña Pilar de Alcaine, una de las señoras más distinguidas de la villa y a quien la madre de José María sirvió como criada. Él aprendió a leer y a escribir en la escuela, donde acudió desde que cumplió los cuatro años hasta que hizo la primera comunión, una circunstancia de su vida que considera fue el momento en el cual termina su etapa infantil. Como el resto de sus hermanos y, como muchos de los jóvenes de su clase social de aquellos años de principios del siglo pasado, tuvo que empezar a trabajar siendo todavía un muchacho. Primero como criado durante dos años de una de aquellas familias nobles –o ricas, como los Alcaine–, cuyas propiedades estaban dentro de lo que entonces era el Bajo Aragón (el histórico) y que hoy denominamos la Comarca Andorra-Sierra de Arcos.

 

Cuando sus padres decidieron tomar un rebaño de ovejas a medias con otros aparceros vecinos suyos, él vuelve a casa de sus padres para desempeñar para ellos el mismo trabajo de pastor que había empezado a aprender con sus primeros amos. Una vez terminado el acuerdo a medial que sus padres tuvieron con estos vecinos, cada familia toma la parte correspondiente de sus ovejas y él sigue, ya bien aprendido el oficio, durante tres o cuatro años más trabajando para sus padres como pastor. Habiendo ya aprendido bien el oficio de llevar a pastar a las ovejas, por esas casualidades del destino fue contratado de nuevo por otro amo, y sus padres, que vieron en esto una buena oportunidad para él de situarse y mejorar su economía, le entregaron, a cambio del trabajo que había realizado para ellos, un par de mulas con sus arreos y el carro, para así poder trabajar las tierras que poseía aquel nuevo amo.

 

Fueron aquellos años que pasó con este amo muy entrañables, pues al parecer tenía este hombre un carácter muy alegre, además de que fue en estos años cuando comienza a salir con su cuadrilla de amigos de tascas, de fiestas y de bailes y también cuando comienza a entablar sus primeras conquistas amorosas. Tras dos años llevando una vida de trabajo duro, sembrando y recogiendo las cosechas en las fincas de aquel amo tan dicharachero, en los que también tuvo momentos muy felices que aún guarda en su memoria como si hubiesen ocurrido ayer, José María me sigue contando, con un gesto de amargura en su rostro, que cuando cumplió los veinte años lo llamaron a filas para realizar el servicio militar. Cuando coge el petate de soldado, en Andorra deja también a su novia, por lo que esa circunstancia le provoca cierta inquietud al pensar que tendrá que olvidarse, al menos durante algunos meses, de toda esa vida tan aparentemente dichosa que había planificado junto a esa chica. Él no sabe aún que algunos días después de su incorporación al ejército estallará la Guerra Civil y que tendrá que trasladarse hasta la provincia de Córdoba para defender la República.

 

Como en todas las guerras, lo que más predominaba en su cabeza era la idea de la muerte, pero también en la guerra José María supo sacar todo su potencial humano y logró hacer muy buenos amigos, de los que guarda unos recuerdos muy entrañables. Sobre estos detalles de su vida él insistió en leerme un trozo de sus memorias, que curiosamente tiene escritas en un pequeño libreto, en las que relata con todo detalle su encuentro con un compañero de la milicia, un murciano del pueblo de Lorca, en el cual se estuvo recuperando de una herida producida por la metralla en el frente de batalla.

 

Ya terminada la guerra él vuelve a Andorra, pero cuando ya cree que su lazo con el ejército ha terminado, lo llaman de nuevo a prestar el servicio militar que, según Franco, los republicanos deben a España. Tras dos años prestando estos injustos servicios a la patria en Teruel capital, liberado ya de la atadura militar, se casa y empieza de nuevo a planificar su vida. Trabaja primero como agricultor, después en la mina Cloratita y luego en la Calvo Sotelo, donde desarrolla un trabajo tan duro y tan agotador que le provoca una enfermedad. Es por estos años cuando empieza a colaborar, en las fiestas con los gigantes y cabezudos y en Semana Santa con la cofradía de tambores y bombos, en muchos otros de los actos culturales que surgen en nuestra villa. Me contó que fue también por aquellos años cuando venía a Andorra un hombre de Híjar llamado Santiago a vender tambores y bombos, y que este mismo comerciante era quien enseñaba a tocar a la gente para salir en las procesiones. A raíz de esta idea fue mosén Vicente quien empezó a alentar también a sus feligreses para formar la primera cofradía de tambores y bombos, algo que se fue implantando con ciertas dificultades, pues tras la llegada al pueblo de mosén Carmelo no todo el mundo estaba dispuesto a respetar ciertas normas que impuso este nuevo párroco, como lo de llevar túnica todos aquellos que saliesen a tocar.

En las fiestas de septiembre José María colaboraba también con las comparsas de Gigantes y Cabezudos y me cuenta que esos mismos hombres que sacaban a los gigantes eran también quienes realizaban la labor de areneros de la plaza de toros. “Los primeros gigantes y cabezudos –me dice– salieron ya a principios del siglo pasado, pero esos ya no están, pues yo fui testigo del reemplazo que se hizo en estas comparsas allá por los años 40”. Él también me describe cómo era la celebración de nuestras fiestas en esos años de la posguerra y cómo fueron cambiando los actos conforme fue pasando el tiempo.

 

Nunca pensó que incluso dentro de esa aparente estabilidad que parecía haber tomado su vida él, junto a su familia, volvería a abandonar la tierra que le vio nacer y que de nuevo la nostalgia volvería a formar parte de sus momentos de silencio. Fue allá por el año 1967 cuando una de sus hijas, que se había casado en Barcelona, lo llama para ofrecerle un puesto de trabajo muy bien remunerado en una portería de esta ciudad, justo en el número 481 de la avenida Diagonal. Por sus dotes de buen observador en Barcelona se forja también culturalmente y pasea por el Paralelo entre los teatros y los cafés, donde observa los carteles de los artistas que actúan por allí. También en la portería donde él trabaja puede sentirse inmerso en la cultura, ya que allí se exponen cuadros de muchos pintores españoles. Es en este ambiente urbano y señorial donde se jubila, pero no termina en la provincia de Barcelona su periplo de traslados, pues aún le queda la sorpresa, cuando ya se había afincado en Gavá para pasar allí su vejez, de volver de nuevo a Andorra, donde unos años después sufre la pérdida de su esposa debido a una enfermedad, una mujer a la que amó y con la que había estado casado más de 50 años. Este suceso le deja muy acongojado, pero no deja por eso de colaborar de nuevo en actos y actividades culturales de nuestra villa como la de escribir algunos poemas en la revista que publica el Hogar del Pensionista. Ahora, a sus 92 años, él espera la dicha de ser recordado con orgullo por sus nietos y, por qué no, por todos sus paisanos como un andorrano, si no ilustre, al menos digno de tener en cuenta como un personaje destacable en nuestra memoria colectiva.

Bibliografía

  • Martínez Luque, Mariano, "José María Villanueva Ginés, el Volante", BCI (Boletín de Cultura e Información) n.º 15, Andorra (Teruel), CELAN, 2008, págs. 32-33.
  • Sábado, 16 Noviembre 2019

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