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Ermitas y capillas de Andorra

(Reproducción íntegra del artículo firmado por Josefina Lerma con fotos de Rosa Pérez publicado en el BCI n.º 37 citado en la bibliografía)

 

ermitas Pilar y san macario

Ermitas del Pilar, en primer plano, y San Macario, al fondo.

 

En Andorra encontramos dos de las ermitas más destacadas de la comarca: la de Nuestra Señora del Pilar, caracterizada por elementos típicos del llamado gótico del Bajo Aragón y declarada BIC en 2002, y la dedicada al patrón san Macario, que tuvo un notable poder de atracción de peregrinos y devotos y hoy sigue siendo símbolo de identidad para muchos andorranos. Además, en el pasado existieron también cuatro arcos-capilla y un oratorio privado. Y, por otro lado, en los años 1950 se construyó una capilla denominada La Milagrosa en el poblado minero.

 

Un buen punto de partida para adentrarse en el pasado es recordar que a veces los mitos dicen más que los hechos históricos. En Andorra, el propio topónimo y la devoción y patronazgo de san Macario se funden en un relato legendario. El origen de la villa podría ser un asentamiento pastoril, las masadicas royas, al que acudían en invierno pastores del valle de Andorra, en los Pirineos. Según la leyenda, un niño que sufría una hernia sanó por la intercesión de este santo, del que eran devotos aquellos pastores trashumantes. Al parecer, los sucesos milagrosos se repitieron y los vecinos no tardaron en levantar una ermita en honor a san Macario.

 

En el siglo XII, tras la reconquista del territorio por Ramón Berenguer IV, la población se apostaba en la ladera de una colina, en un recinto amurallado. El pueblo tenía entonces una parroquia dedicada a santa María Magdalena, que está relacionada asimismo con un prodigio narrado por el padre Roque Alberto Faci en 1739 y expresado en sucesivas visitas pastorales. Hacia finales del siglo XIII, un día de la festividad de San Jorge, el edificio sufrió un devastador incendio y entre las cenizas, rodeadas de brillantes luces, aparecieron unas partículas de corporales que pasaron a ser conocidas como el Santo Misterio y a venerarse en un viril (una cajita de cristal que se colocaba en la custodia). Sobre aquel núcleo original románico destruido por el fuego se reconstruyó una iglesia, que en la actualidad es la ermita de Nuestra Señora del Pilar.

 

Posteriormente, la población se expandió rodeando a una nueva iglesia parroquial de la Natividad de la Virgen, que se terminó de edificar a principios del XVII. En los extremos de las calles principales hubo, al igual que en otros pueblos de la comarca, portales de entrada sobre los que se elevaron capillas. Fueron cuatro, tituladas respectivamente: San Macario, San Blas, Santa Bárbara y San Roque. Las capillas eran cuidadas por los fieles y tuvieron altares y aras para celebrar misa. La estructura arquitectónica no difería de la vista en otros lugares: acceso por medio de escaleras cubiertas, barandado de madera para proteger la capilla y una pequeña espadaña con campano para llamar al rezo de la novena correspondiente. En el siglo XX las estrechas calles se fueron adaptando a nuevas necesidades urbanísticas y estos arcos-capilla se derribaron.

 

En Andorra existió también un oratorio privado en una casa solariega. Los oratorios domésticos, de los que no hemos encontrado ningún otro caso en la comarca, eran pequeñas capillas instaladas en algunos edificios nobles que proliferaron entre mediados del siglo XVII y el XVIII. Requerían licencia eclesiástica y eran una seña de distinción social, un privilegio al que solo tenían acceso personas de acreditada nobleza. La capilla debía establecerse separada de otras dependencias y para conseguir la licencia había que alegar enfermedad, edad avanzada, lejanía de la iglesia u otras causas que justificasen la pretensión, pero en ocasiones era una forma de cumplir con el precepto sin mezclarse con el estamento popular. Las visitas pastorales que los arzobispos o sus delegados realizaban periódicamente a las parroquias de la diócesis y que aportan, como sabemos, información sobre la iglesia, las cofradías, las capellanías, las ermitas, etc., preguntaban también sobre la existencia de oratorios privados. En la realizada a la parroquia de Andorra en 1771 se respondió que había uno en “casa de don Antonio Ardid, llamada de Lope. Ya no se usa, ni tiene vigente privilegio, título o licencia”, y hay referencias similares en varias visitas posteriores.

 

Atando cabos procedentes de varias fuentes hemos averiguado que este oratorio se fundó en casa del infanzón José Domingo Lop Aranguren en el siglo XVII, fue consagrado a san Francisco Javier y estaba blasonado con las armas de la familia. María Lop fue bautizada en esa capilla y en 1694 celebró en ella su boda con Diego Ardid, miembro de una familia noble asentada en Alcañiz y Valdealgorfa. El altar se retiró por orden arzobispal en 1776, como otros en esa época.

Existía otra modalidad de oratorios, los rurales, de los que también encontramos ejemplos en Andorra. Concebidos para celebrar misa en fincas agrícolas alejadas de la parroquia, en ellos, junto a los dueños, tenían cabida los trabajadores. Según apunta Generoso Vázquez, hubo un altar de Nuestra Señora del Carmen “en el Mas de López, a cuatro kilómetros del pueblo”, y otro del Niño Jesús, “en la torre de doña María”.

 

Ermita de Nuestra Señora del Pilar

 

ermita pilar nave central
Nave central de la ermita del Pilar

Como hemos apuntado, la ermita de Nuestra Señora del Pilar se asienta sobre los restos de la iglesia románica de Santa María Magdalena, en el primitivo núcleo urbano. La iglesia, al pie del monte de San Macario, sufrió diversas reformas y ampliaciones entre los siglos XIV y XVI, hasta alcanzar su aspecto actual. En 1585 ya no ponían en ella nuevos altares ni se hacían reparaciones porque se estaba construyendo una iglesia nueva y “esta quedará desierta o hecha ermita”. Recordemos que la denominación de ermita corresponde a una titulación eclesiástica y no es infrecuente que antiguas iglesias parroquiales pasaran a tener esa consideración. La de Andorra adoptó la advocación de Nuestra Señora del Pilar desde principios del XVII y en ese siglo también aparece documentada la cofradía dedicada a esta Virgen.

 

 

Podemos añadir que en 1771, aunque necesitaba algunas reparaciones, era cuidada por los fieles (en particular por los de dicha cofradía del Pilar). Se subía a ella en procesión para decir misa “en los terceros días de las tres Pascuas” y en otras festividades había misa cantada, sermón, vísperas y aniversarios de difuntos. A mediados del XIX, había “mucha devoción en el pueblo”.

 

Hay que tener en cuenta, antes de abordar su descripción arquitectónica, que esta ermita ha sido restaurada en varias fases. En la primera actuación, en las últimas décadas del siglo XX, se llevó a cabo una excavación arqueológica que sacó a la luz muros de la primitiva edificación y diversos enterramientos, se arreglaron las bóvedas y tejados, se sustituyeron sillares desgastados en los muros por piedra de Calatorao (cuyo color contrasta con los originales) y se colocó una puerta y alabastro en los vanos, por citar algunos trabajos. Ya iniciado el XXI, fueron restauradas las claves y las pinturas de la bóveda de la cabecera, se instaló iluminación y se arreglaron las cornisas, entre otras labores. Las reformas han sacado a la luz los antiguos elementos constructivos y decorativos, y hoy pueden verse los muros desnudos y apreciar la belleza de los detalles de esta singular edificación, que no experimentó aportaciones en época barroca.

 

Exteriormente destaca la portada que se abre en la fachada de los pies del templo, con pocos detalles ornamentales, de una gran austeridad, pero también de gran encanto. Está definida por cuatro arquivoltas o arcos de medio punto en degradación que apoyan sobre dos impostas, que a su vez se disponen sobre dos finos baquetones, abiertos en el mismo muro. Entre los dos primeros y los dos últimos arcos existe una notable separación a base de dovelas lisas de buenas proporciones y bien labradas. Y entre las dos primeras arcuaciones hay arquillos de traza cuidada que constituyen la única decoración de la portada; la ornamentación a base de arquillos está muy extendida en todo el Levante español y en Aragón se encuentra, por ejemplo, en el monasterio de Rueda.

La ermita, fabricada con sillares bien tallados, tiene una nave central, de forma rectangular, con cabecera plana sin ábside visible al exterior. Está dividida en cinco tramos y cubierta por cinco bóvedas de crucería sencilla, con dos nervios entrecruzados, sostenidas por arcos fajones apuntados que apoyan a media altura del muro, sobre robustas pilastras. Los entrecruzamientos de estos nervios tienen claves decoradas con escudos nobiliarios en los que conviene fijarse porque, como comentaremos a continuación, han ayudado a los investigadores a establecer la cronología de la construcción.

 

A la izquierda de la nave –o lado del evangelio- entre los contrafuertes existieron altares abiertos en el muro, cerrados por un arco apuntado y apoyados sobre un banco corrido, de los que se conservan los huecos. Estas capillas tenían su correspondencia en el lado de la epístola, pero este muro derecho se derribó para abrir y levantar otra nave, que consta de dos capillas de planta cuadrada, separadas por gruesos arcos. La primera se abre con un arco moldurado y decorado, con columnas dobles a ambos lados y capiteles. Tiene una bóveda de crucería sexpartita, de nervios que se unen en la clave central, y se ilumina mediante un óculo con tracería basada en trilóbulos abierto en el muro sur; está reforzada al exterior por dos contrafuertes que recogen el empuje de la bóveda. La segunda es de crucería sencilla, de dos nervios que se unen y entrecruzan en la clave central; también tiene un grueso contrafuerte exterior y recibe luz por una saetera.

 

A los pies del templo, a la izquierda, se añadió una capilla lateral de planta cuadrada, de igual anchura que el quinto tramo de la nave, al que se abre con un grueso arco, que según algunos autores pudo ser el comienzo de una torre que no se llevó a cabo; tiene bóveda de crucería sencilla, de dos nervios entrecruzados en la clave central.

 

Hace unas décadas, a la derecha de la puerta de entrada todavía se encontraba una escalera que subía a un coro alto, de madera, iluminado por un gran óculo protegido del exterior con una placa de alabastro.

 

El interior de la ermita está decorado con ménsulas de arranque en las nervaduras y con claves en cada tramo de bóveda. Las ménsulas se decoran con motivos vegetales de flora local que recuerdan a las que se encuentran en la iglesia gótica de Molinos. Las claves ostentan, como adelantábamos, los escudos que presidían la sede zaragozana durante las distintas épocas de construcción, salvo en el caso del tercer tramo, decorado con un tema geométrico. El historiador Javier Cañada, basándose en el estudio heráldico, determinó que los cuatro primeros tramos de la nave central se hicieron entre 1345 y 1352, y que la mayor responsabilidad de la construcción de este edificio recayó sobre el arzobispo de Zaragoza, don Pedro López de Luna. Los cuatro tramos tienen la misma altura, la misma molduración en sus nervios y las mismas marcas de cantero. En una segunda etapa constructiva, la de mayor calidad estilística, se haría la primera capilla del lado de la epístola y la capilla situada a los pies; en ambas aparece el escudo de don Dalmau de Mur y Cervellón, y se datan entre 1431 y 1456. En la tercera etapa se construiría el coro y el hastial, donde se ve el escudo de don Juan I de Aragón (1460-1475). Finalmente, entre 1478 y 1520, en tiempos de don Alonso de Aragón, se hizo la segunda capilla del lado de la Epístola. Por su parte, el investigador Manuel Siurana está de acuerdo en la primera y en la última etapa constructiva señaladas, pero disiente en las dos etapas intermedias. Para él la segunda etapa supondría la realización de la primera capilla del lado de la epístola y del quinto tramo de la nave, mientras que la capilla lateral sería una obra posterior.

 

Ermita de San Macario

 

san macario portico
Vista desde el pórtico de San Macario

La ermita de San Macario Abad está situada en lo alto del cerro del mismo nombre, a unos cien metros sobre el nivel del pueblo. El edificio puede apreciarse desde casi cualquier lugar del núcleo urbano y desde puntos elevados situados a cierta distancia, de modo que a su relevancia histórico-artística se une un gran valor paisajístico. Preside un parque recreativo que lleva su nombre, y tanto el edificio como el entorno arbolado que existen en la actualidad son en gran parte resultado de varias décadas de esfuerzo por parte de muchos andorranos representados por las denominadas Juntas de San Macario.

 

La ermita es una obra barroca realizada en mampostería, salvo los aleros, que son de ladrillo, y la portada y las esquinas, de sillares. Hay años inscritos en la campana (1692) y en la sacristía (1714), que parecen indicar la época de construcción. Sin embargo, se piensa, por diversos documentos que se refieren a ella desde al menos el siglo XVI, que hubo un templo anterior a este que hoy se conserva.

 

El edificio tiene una sola nave de planta rectangular, con orientación oeste-este, ábside plano al exterior y contrafuertes en los muros norte y sur. La nave está cubierta con bóveda de cañón con lunetos y una gran cúpula en el presbiterio; el tejado es a cuatro aguas. Tres arcos transversales que descansan sobre una cornisa que rodea toda la ermita la dividen en cuatro tramos. El primero, a los pies de la ermita, acaba en un arco de medio punto rebajado que une los muros laterales y sirve de base al coro, que tiene una balaustrada de madera. En el segundo tramo destaca un púlpito o predicadera adosado a la pared. El tercero conserva hornacinas incrustadas en las paredes, que pueden tener relación con los antiguos altares, que se destruyeron. Y el cuarto es el ábside, que se encuentra bajo una cúpula circular pintada con imágenes de eremitas, abades o fundadores de órdenes religiosas: san Benito, san Antonio Abad, santo Domingo de Guzmán, san Pascual Baylón, san Bernardo de Claraval, santo Domingo de Silos, san Gil y san Macario.

 

En el resto de la cúpula aparece iconografía de inspiración barroca de la segunda mitad del XVII: animales reales y fantásticos, angelotes, figuras humanas, todo mimetizado entre motivos vegetales, que se supone fueron pintados a finales del XVII o principios del XVIII. Por otro lado, en los lunetos que sustentan la bóveda se representan los padres de la iglesia latina (san Ambrosio de Milán, san Agustín de Hipona, san Gregorio Magno, san Jerónimo), san Juan, María y san Miguel arcángel.

 

El retablo actual, que procede del año 2001, es de madera, con san Macario en el centro, vestido con hábito cenobítico, báculo abacial, un libro que representa la escritura de la regla monacal a él atribuida y una mitra a los pies; a los lados, san Roque y santa Bárbara. Como hemos apuntado, el titular es especial abogado y protector de los quebrados. Antiguamente, el templo contaba con seis retablos, dedicados a san Macario, san Jorge, descendimiento de la cruz, Purísima Concepción, santo sepulcro y san Francisco de Asís, que desaparecieron en la guerra civil.

 

En las paredes, se sucede la serie de tablillas con figuras en relieve en escayola que representan las estaciones del vía crucis. Asimismo, hay diez vidrieras, entre las que destaca la situada en el coro, que representa al santo titular, y la de encima del retablo, con un crismón.

 

La portada se abre en el muro oeste y su arco tiene un original dintel con dovelas encajadas; la de la clave tiene forma de T. Hay una espadaña y la campana mayor, como hemos dicho, tiene grabada la fecha 1692.

 

Protegiendo esta entrada, añadido al cuerpo principal, se encuentra un atrio o pórtico; tiene base cuadrada y tres arcos de medio punto, divididos a su vez en dobles arcos, sobre los que descansa una cúpula y el tejado a dos aguas. En las pechinas o huecos que quedan entre la cúpula y los arcos hay unas pinturas que representan cuatro imágenes muy veneradas en la villa: san Julián, santa Bárbara, Virgen del Pilar y san Macario. Y en el perímetro de la cúpula se descubre un enigmático jeroglífico que ha sido objeto de varios estudios. Sus símbolos se traducen en una frase de alabanza al santo: “San Macario, soldado fuerte, palma y corona has ganado, a la muerte has dado muerte, alas a la fama has dado”. Según otras interpretaciones, la simbología va más allá. Por ejemplo, el hábito roto que permite ver la rodilla del santo indicaría que este es un iniciado, es decir, conocedor de las ciencias esotéricas u ocultas, o la tiara de color blanco sugeriría, encontrando el ángulo de visión adecuado, la que usaban los grandes alquimistas.

 

Por otro lado, en la pared norte del atrio hay una puerta que da entrada a otro espacio, por el que actualmente se accede al coro (antes se subía desde la ermita) y al campanario. Este habitáculo tiene una pequeña cúpula con un esgrafiado barroco, con figuras antropomórficas y vegetación de hojas de acanto. Pudiera tratarse de un remoto esconjuradero, abierto a los cuatro puntos cardinales, el enclave desde el que, según apuntaba Madoz, un capellán conjuraba las tronadas los días de tempestad. Se piensa asimismo que desde finales del siglo XVII pudo ser una capilla dedicada bien al santo sepulcro, bien a la resurrección o estación XV del calvario (ya que la XIV está delante del atrio).

 

Esto nos da pie a exponer varios datos históricos. Por ejemplo, hacia 1780 la ermita disponía de una masada, varios campos, un huerto y muchas limosnas “como consecuencia de promesas que se hacen al santo, agradecidos por los muchos prodigios que obra, en particular con niños quebrados y personas mayores”. El capítulo eclesiástico y el ayuntamiento acordaban el nombramiento de un depositario encargado de llevar las cuentas y pagar el salario al ermitaño. El dinero se guardaba en el arca de la sala consistorial, custodiada por tres llaves, una de las cuales estaba en manos del vicario, que temía que el ayuntamiento manejara libremente estos caudales. De hecho, en el año citado, fueron utilizados para hacer abasto de trigo, pagar al maestro y al cirujano e ir en procesión a Alcorisa. A principios del siglo XIX, las rentas y limosnas daban para mantener “el santero y la santera” y para proporcionar ropa para las camas a los devotos que llegaban al santuario, bastante concurrido.

 

La ermita de San Macario disponía de una hospedería que ya era citada en protocolos notariales del siglo XVII; el complejo religioso tenía la consideración de santuario y su radio de acción alcanzaba toda la comarca. La hospedería fue descrita en el XVIII como “una casa muy decente donde se hospedan los devotos que vienen a cumplir las romerías ofrecidas al santo”. El edificio, del que también se apuntaba que tenía muchas y cómodas habitaciones cedidas gratuitamente a los romeros, está adosado a la ermita, comparte con ella uno de los muros laterales. Su planta tiene forma de U casi simétrica y las tres alas delimitan un patio abierto por el que se accedía al interior. Se compone de tres plantas rematadas con arcadas y también cuenta con un volumen añadido, pegado al ábside.

 

El antiguo edificio sufría un estado lamentable cuando fue rehabilitado hacia la década de 1980 para acoger un hostal. Décadas después, en 2018, se acondicionó un nuevo restaurante que forma parte de un proyecto ambicioso, que incluye la instalación de un hotel (cuyas obras estaban en marcha en verano de 2020). Esta evolución de la antigua hospedería de peregrinos nos lleva a considerar la importancia que el uso turístico de los edificios religiosos o sus anexos tiene para la conservación de los mismos. El turismo religioso, espiritual o cultural representa una alternativa que atrae cada vez a mayor número de personas y podemos decir que en San Macario se han realizado cambios para adaptarse a las nuevas necesidades de la sociedad y del mercado.

 

Capilla La Milagrosa

 

capilla Milagrosa
Capilla de La Milagrosa

Como se sabe, a mediados del siglo XX, ENCASO comenzó en Andorra la construcción de un poblado minero, separado del núcleo tradicional, que comprendía edificios de diversos usos. Entre ellos se encontraba una capilla, con portada abierta a la calle Belmonte. Se trata de un edificio rectangular, con viviendas adosadas y tejado a dos aguas, de estilo racionalismo-regionalismo. Para resaltar la entrada se levantaron dos pilastras de ladrillo sobre las cuales hay sendas bolas de piedra. Ha estado cuidada por las hermanas Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, que se encargaban asimismo de labores educativas.

 

 

Fuentes bibliográficas principales

  • Archivo Diocesano de Zaragoza, Visitas Pastorales, Andorra, 1585, 1656, 1771, 1785, 1803, 1849
  • Cañada Sauras, Javier, “Ermita de Nuestra Señora del Pilar de Andorra”, en Revista de Andorra n.º 3, CELAN, 2003, pp. 281-294.
  • SIPCA/Sistema de Información del Patrimonio Cultural Aragonés, www.sipca.es
  • Vázquez Lacasa, Generoso, Datos históricos sobre la Muy Noble Villa de Andorra, 1926.
  • VV. AA., El Milagro de San Macario, Andorra, Junta Local San Macario, 2012.

Bibliografía

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