Centro de Estudios Locales de Andorra

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Ermitas de Crivillén

(Reproducción íntegra del artículo firmado por Josefina Lerma con fotos de JAP publicado en el BCI n.º 31 citado en la bibliografía)

 

Nuestro estudio de las ermitas de la comarca Andorra-Sierra de Arcos nos acerca esta vez a Crivillén, a explorar sus calles sinuosas y su paisaje agreste. A mediados del siglo XIX, el párroco explicaba que a media legua del pueblo (“situado en el declive de una cuesta que fina en un riachuelo”) había una carretera por la que se podía llegar en carruaje hasta cerca de él. Crivillén tenía entonces ciento setenta casas, una vega estrecha de regadío, algunas fuentes y dos molinos harineros. Además, formaban parte del municipio una veintena de masadas a cinco cuartos de hora de distancia “en un vallecito frondoso”, en el barrio de Los Mases o de San Juan, donde se explotaban unas minas de manganeso.

 

ermita san gil
Ermita de San Gil

En la sección de visitas pastorales del Archivo Diocesano de Zaragoza hemos encontrado alusiones a cinco ermitas: San Egidi o San Gil, Santo Cristo, San Cristóbal, Santa Bárbara y San Juan Bautista. La de San Gil se localiza en el núcleo urbano; la dedicada a Santa Bárbara, elevada sobre una colina; la denominada Santo Cristo, detrás de la iglesia parroquial; la de San Cristóbal, alejada de la población, en el cabezo del Santo: y la de San Juan Bautista, en el citado barrio de Los Mases. Existió, asimismo, una ermita de la Virgen del Olivar, que fue convertida en molino, junto al río Escuriza.

 

Como en los anteriores recorridos, nos interesa conocer la antigüedad, la tipología artística o la devoción asociada a estos edificios, pero aquí vamos a prestar especial atención al lugar donde están ubicados. ¿Fue caprichosa la elección de esos enclaves? La distribución de las ermitas en el espacio da pistas sobre su posible simbolismo y sus funciones, ayuda a comprender las costumbres y creencias, la realidad social y económica de la población. Esta búsqueda es importante, porque nos adentra en una manera de estar en el mundo que hemos dejado atrás y que corremos el riesgo de olvidar por completo.

 

Ermita de San Gil Abad

La ermita de San Gil Abad, patrón de Crivillén, se encuentra en el extremo noroeste del pueblo, en una pequeña placeta, con la fachada al fondo. Muchas ermitas se construían como satélites de la iglesia parroquial, en el espacio circundante al municipio, y las más próximas favorecían su expansión hasta acabar integradas en él, como ocurrió aquí.

Es de estilo barroco, de una sola nave cubierta por bóveda de medio cañón y lunetos, con una bonita cúpula con linterna sobre el crucero. La planta del ábside tiene una curiosa forma trapezoidal, y termina encima de un cortado rocoso que domina el río. Los muros son de mampostería, las aristas y la portada están obradas con cantería, y los aleros son de ladrillo colocado en dientes de sierra. En la cubierta destaca un tambor octogonal que cobija la cúpula, rematado con una linterna, también de ocho lados, que se eleva sobre un cuadrado; el resto del tejado acaba en dos vertientes hacia los lados exteriores de la iglesia. La fachada, que se asemeja a la de la iglesia parroquial, está estructurada en dos cuerpos: el primero, definido por un amplio arco de medio punto enmarcado por dos sencillas pilastras y un gran entablamento; y el superior, entre dos óculos, tiene una hornacina flanqueada por dos pilastras lisas similares a las inferiores y coronada por un frontón triangular partido.

 

Fue construida por los vecinos y está datada en el siglo XVII. Consta que ya se celebraba misa en 1656, pero conocemos poco de su historia. A la derecha de la nave, una puerta comunica con la antigua sacristía y con una escalera que conduce a un altillo alargado, en el que se guarda un viejo barandado; subiendo unos cuantos peldaños más, topamos con un vano tapiado. Parece que este era el acceso a un coro, rematado con esa barandilla que existió a los pies del templo, y tal vez esa especie de desván cobijó a ermitaños. La matrícula pascual de 1747 citaba a uno, Juan Gil, que pudo habitar en ese recinto.

Las ermitas más cercanas a la villa solían tener un uso litúrgico mayor que el resto. La de San Gil contaba con altar, retablo y ornamentos completos de color blanco. Este santo era uno de los catorce auxiliadores, abogado de los pecadores, protector de pobres, tullidos y arqueros, abogado contra el miedo, defensor contra enfermedades como la epilepsia, llamada “mal de San Gil”. En Crivillén se le representa junto a una cierva, uno de sus atributos. Desde antiguo, era “de mucha devoción” y el pueblo lo reconocía “como protector de sus necesidades”. Los vecinos recuerdan la oscuridad del templo y el sentimiento tétrico que contagiaban las letanías y novenas con que pedían al patrón agua de lluvia. Hoy la ermita todavía está asociada al Domingo de Ramos (se cogen allí los ramos de olivo) y al día 1 de septiembre, cuando con motivo de la festividad del santo se lleva la imagen en procesión de la ermita a la parroquia y viceversa.

 

A mediados de los años 1980 se reformó el edificio, que se encontraba en una situación crítica, y se limpió la cruz que remata la parte superior de la cúpula. Años después, en 2008, se restauraron las pinturas del interior, las paredes recuperaron los colores originales y las cenefas y decoraciones de la bóveda que había lucido siglos atrás, con un resultado espectacular.

 

Ermita de Santa Bárbara

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Ermita de Santa Bárbara

Las ermitas dedicadas a Santa Bárbara son numerosísimas en la provincia de Teruel. Mediadora para obtener una buena muerte, era sobre todo protectora contra rayos y tormentas y es todavía patrona de los artilleros y de los mineros. La de Crivillén está sobre una colina desde la que se divisa todo el entorno del pueblo y del valle del Escuriza. Muy próxima al desvío de entrada a Crivillén, se puede acceder en coche a través de una pista, aunque el camino romero ascendía por una senda.

 

Por sus características arquitectónicas, es probable que fuera construida en el siglo XVII. Es un edificio compacto, de nave única, rectangular, con tres arcos de medio punto -reforzados por contrafuertes exteriores- que sustentan la bóveda de cañón fabricada con ladrillo y la techumbre a dos aguas. Las fachadas laterales presentan pequeños huecos, uno entre cada contrafuerte, formados a base de piedra de mampostería y cerrados con alabastro. En cambio, en ambas fachadas frontales hay un óculo realizado con ladrillo, al igual que una parte del alero; el uso de este material podría indicar una reforma posterior a la construcción original.

 

La puerta de entrada tiene un arco de medio punto en cuya clave encontramos una inscripción casi indescifrable. Según algunos historiadores figura en ella la fecha 1716, pero el arquitecto que elaboró la memoria para la restauración de los años 1990 leyó 1649. Otra posibilidad es que esta dovela fuera reutilizada y provenga de una construcción anterior, quizá de origen judío, como parece ocurrir en la fuente y en algún otro edificio del pueblo. En ese caso, la lectura todavía es más críptica.

La ermita de Santa Bárbara muestra a la perfección una de las funciones de estos edificios religiosos: actuar como talismanes. Las ermitas albergaban a los intercesores contra epidemias y otras catástrofes y formaban un círculo protector para resguardar a las personas y los espacios que habitaban. Igualmente da testimonio de un tiempo de exaltación religiosa que vinculaba la montaña con lo sagrado, que convertía la ascensión a la cima en un viaje metafórico. En esta de Crivillén, ambos aspectos se fundían en su tradición de subir en procesión el domingo de la Santísima Trinidad para bendecir los campos y celebrar misa y diversos festejos, mientras los estandartes de la cofradía de Santa Bárbara (cuyo mayoral obsequiaba a los vecinos con pastas y aguardiente antes de emprender el camino) ondeaban sujetos en los huecos de una piedra.

 

En el siglo XVIII, “la piedad y limosna de los devotos” mantenían el templo con aseo y limpieza. En el XX, destruido su altar y perdidos los ornamentos, fue abandonada durante varias décadas, hasta su restauración, como decimos, en los años 90. En la actualidad el edificio se muestra sólido y luminoso, acoge la misa del citado domingo de la Santísima Trinidad y después hay una comida en el polideportivo.

 

Ermita del Santo Cristo o Santo Sepulcro

El calvario de Crivillén está situado detrás de la iglesia parroquial, junto al viejo cementerio. Su trazado en forma de espiral sube circunvalando una pequeña colina hasta la ermita del Santo Sepulcro, un sencillo edificio de planta rectangular y techumbre a dos aguas. El vía crucis formaba parte de las devociones impulsadas tras el concilio de Trento y parece que la capilla ya estaba construida en 1656, cuando la encontramos citada con el nombre de ermita del Santo Cristo.

Esta estación final del vía crucis llegó a perderse casi por completo, pero se recuperó entre 1999 y 2003 con las aportaciones del vecindario, según leemos en el cartel informativo próximo a la iglesia. Se conserva una solería de baldosas de barro manual, artísticamente colocadas para dibujar una gran cruz.

 

Ermita de San Cristóbal de Licia

La ermita de San Cristóbal estaba medio derruida, con solo una pintura en el altar, ya en el siglo XVIII. Ahora apenas quedan restos de sus muros, pero no es difícil imaginar allí el modelo de ermita medieval más difundido en la Corona de Aragón, de planta rectangular, portada con arquivolta de medio punto y arcos apuntados soportando una techumbre de madera. Se encuentra en la cima del cabezo del Santo, al oeste del pueblo; hay que salir por detrás de las escuelas, rebasar el río y el molino de aceite, y subir una cuesta (la “Pieza del Monche”) hasta un cruce donde aparece una senda llena de piedras y maleza que termina en la cima. Probablemente es la más antigua del pueblo, construida quizá en los siglos XIV o XV, cuando las ermitas eran como tentáculos que se expandían por el término municipal para sacralizarlo y humanizarlo al mismo tiempo.

El culto a san Cristóbal se hizo popular en Occidente en la Edad Media. Amparador de los peregrinos, la leyenda lo describe como un joven gigante y la representación más común es la de un santo barbudo, que lleva sobre las espaldas a Jesús niño, y se ayuda de un bastón florecido de ramas para atravesar un río. En muchos lugares se pintó su efigie en edificios bien visibles a lo largo de los caminos en puntos elevados, a fin de que los caminantes invocasen su protección al divisarlo desde lejos. Según la creencia popular bastaba con mirar su imagen para estar todo el día a salvo del peligro de muerte súbita. En el siglo XVI su popularidad sufrió una notable decadencia y solo se recobró en el XX como protector de los automovilistas. La festividad se celebra el 10 de julio.

 

Las ermitas de San Cristóbal desempeñaban una función importantísima. Por su ubicación en esos montículos visibles desde la distancia, servían de puntos de referencia, de hitos orientativos, que los guías tenían dibujados en sus itinerarios. Crivillén se localizaba próximo al llamado Camino del Maestrazgo, en cuyo recorrido emergen ermitas y cerros-guía de San Cristóbal en muchos pueblos. Era una ruta histórica, comercial y de comunicación, en buena parte antigua calzada romana, recorrida por monarcas y viajeros desde la Edad Media, que perduró como camino de peregrinación hasta el siglo XVIII. En Alloza y en La Mata de los Olmos –municipios limítrofes a Crivillén- también existieron ermitas de San Cristóbal colocadas en cerros; la de Alloza está igualmente en ruinas, pero la de La Mata de los Olmos está cuidada y es bien visible desde la de San Cristóbal de Crivillén.

 

Ermita de San Juan Bautista

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Ermita de San Juan

La ermita de San Juan Bautista se encuentra en Los Mases de Crivillén, a unos seis kilómetros de Crivillén en dirección norte. Se puede acceder en coche por una pista asfaltada o a pie por senderos señalizados de la red comarcal. Las casas de esta “colonia”, como se denominó en ocasiones, se construyeron junto a manantiales y a un pequeño curso de agua –el río de Los Mases-, agrupadas en cuatro barrios a lo largo de un kilómetro.

 

La ermita, en el barrio Alto, data del siglo XVIII y fue costeada por los habitantes de las masadas. Es un edificio rectangular, de mampostería, con tejado a cuatro vertientes y arco de acceso de medio punto, de sillería e impostas labradas. Su pequeño cuerpo de campanas tuvo una de cinco arrobas de peso -Juana María-, para llamar a misa y a la escuela (adosada a la ermita), además de animar las fiestas. El templo contaba con altar y retablo, un cáliz de bronce y ornamentos. El párroco de Crivillén acudía en Cuaresma y con ocasión de bautizos, comuniones o bodas. En el siglo XIX se solicitó un coadjutor permanente, pero “los masoveros no pueden soportar los gastos”, a pesar de que se disponía de un campo de tierra blanca y un huerto para ayudar a costear el culto. Algún fraile del convento del Olivar oficiaba actos religiosos de cuando en cuando.

 

En ella tuvo su sede la cofradía de San Juan, a la que pertenecían todos los vecinos. Además de ejercer una función religiosa, era el centro de la vida social de Los Mases. La hermandad cuidaba el edificio, acompañaba a los difuntos a recibir sepultura en Crivillén, celebraba la festividad de San Juan el 24 de junio (acudían vecinos de Crivillén y Alloza) y repartía roscones, nueces y vino el 8 de septiembre. Según el libro de la cofradía, la ermita se habría construido en 1783.

No puede pasarnos inadvertido el hecho de que la advocación de san Juan –cuyo culto está relacionado con el agua- se encuentra a menudo en barrios extramuros, donde habían vivido judíos y árabes hasta su expulsión. Los Mases de Crivillén están hoy deshabitados, pero recuperan vida a temporadas y los descendientes de los masoveros todavía recuerdan algunos edificios desaparecidos. Entre ellos, uno conocido como “cuarto de San Juan”, situado un poco más arriba de la ermita. Este lugar tenía una planta a la que se accedía por tres escalones, y un sótano que podría haber sido una austera vivienda. La planta principal, con un banco corrido en las paredes, se usaba a principios del siglo XX para almacenar trigo o guardar los roscones el día de la fiesta, pero ¿pudo ser este “cuarto de San Juan”, que estaba además orientado al este y próximo al curso de agua, un antiguo oratorio en el campo, una pequeña sinagoga? Recordemos que en Crivillén existe el barrio Verde, denominación que recibieron en Aragón los espacios urbanos anteriormente habitados por comunidades judías, y que quedan posibles huellas hebreas en algunas piedras de cantería, como la dovela que encontrábamos en Santa Bárbara. No parece descabellado, por tanto, pensar que la ermita de San Juan pueda ser heredera de ese pasado que se remonta a los primeros siglos tras la Reconquista.

 

Fuentes bibliográficas principales

  • Altaba Escorihuela, José, El Monasterio del Olivar y pueblos aledaños, Teruel, 1979.
  • Archivo de la Administración de la Comunidad Autónoma de Aragón: 020515 Proyecto, proyecto modificado y expediente administrativo. Crivillén. Ermita de Santa Bárbara 1993-1996; 020513 Proyecto y expediente administrativo. Crivillén. Iglesia de San Gil 1986-1988.
  • Archivo Diocesano de Zaragoza, Visitas Pastorales, Crivillén, 1656, 1785, 1849.
  • Gutiérrez, Cristina y Griñán, María, “La devoción en el espacio: las ermitas en los territorios de las Órdenes Militares”, en Imafronte, n.º 10, 1994 (1996) pp., 51-60.
  • http://www.patrimonioculturaldearagon.es/bienes-culturales
  • Ubieto, Agustín, Caminos peregrinos de Aragón, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2016 (disponible en Internet en http://ifc.dpz.es/recursos/publicaciones/34/78/_ebook.pdf).

Bibliografía

 

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