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Conferencia de Miguel Ángel Sanz Loroño

El jueves, 16 de febrero, también en la Casa de Cultura de Andorra, tuvo lugar la última ponencia de las Jornadas “La Revolución Rusa en su centenario”. Impartida por el Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad de Zaragoza, Miguel Ángel Sanz Loroño, se titulaba: “Después de 1917: historia interna y política exterior en la Unión Soviética”. Como en días anteriores, Javier Alquézar Penón hizo una presentación del currículum académico del ponente, sus publicaciones e investigaciones en historia contemporánea, historiografía y filosofía de la historia, así como su estancia en las Universidades de Groningen, Países Bajos, y Berkeley, California. Tras la conferencia hubo un pequeño coloquio y se despidieron las jornadas, organizadas por el CELAN y el IES Pablo Serrano de Andorra, hasta octubre. 

 

El ponente comenzó haciendo hincapié en dos asuntos: el primero, la importancia de la apertura de los archivos soviéticos en 1998, hecho que ha permitido un gran avance en los estudios históricos de la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría e incluso la Guerra Civil española. El segundo, que pese a no ser su tema central de tesis, la Unión Soviética es fundamental en su trabajo y, añadió, que para cualquier trabajo histórico sobre la historia mundial del siglo XX, ya que, recurriendo a Eric Hobsbawm, “La URSS condicionó toda la política exterior e interior de Occidente en el siglo XX”. En ese momento, apuntó que él sabe algo de la perspectiva soviética sobre la Guerra Fría, ya que estuvo algo de tiempo en Moscú, pero, sobre todo, conoce muy bien la perspectiva norteamericana, ya que ha vivido bastante tiempo en Estados Unidos.

A continuación, Miguel Ángel Sanz trató de dividir su conferencia en tres partes: una introducción, un desarrollo y una serie de conclusiones. En la introducción hizo ver qué fue la Unión Soviética geográficamente, sus gigantescas dimensiones, sus abundantes recursos, su potencia demográfica, etc. Asimismo, en la línea de Ramiro Trullén, expresó que la Revolución Rusa de 1917 generó un miedo enorme en los estados de Occidente, destacando la intolerancia ante un Estado de esas características por parte de las clases dominantes de los países atlánticos, pero también generó esperanzas como “espejo” al que miraban los Partidos Comunistas de los estados occidentales. Además, caracterizó el año 1991, más allá del final de la URSS, como “el final de una confusión”. Así pues, considera un error considerar la URSS como un fracaso, ya que dependiendo del punto de vista político para cada corriente política el fracaso sería antes o después en el tiempo pero, para el doctor zaragozano, los logros en el desarrollo la URSS, comparado con la situación de la Rusia zarista son muy evidentes, incluso para el nacionalismo ruso.

Posteriormente, situó a la URSS como principal vencedora de la Segunda Guerra Mundial y, pese a la creencia de buena parte de Occidente, los objetivos del Ejército Rojo, que estaba desecho tras la guerra, no pasaban por continuar la expansión de la Revolución, sino que únicamente debían mantener el terreno conquistado para asegurar un cinturón de seguridad que impidiera una posible invasión futura, una obsesión desde los tiempos de Lenin, debido a la experiencia de la Guerra Civil rusa. Igualmente, Miguel Ángel Sanz subrayó que para la descolonización de África y Asia la presión de la URSS fue fundamental, mientras que la primaria posición de Franklin Roosevelt quedaría, o bien, ambigua o incluso favorable a los imperios coloniales tras 1945. Esto se ve, por ejemplo, en las condiciones para la paz que dio el Presidente estadounidense, Dwight Eisenhower, en un discurso, entre las que se encontraban: no invadir Alemania y dejar de apoyar la descolonización en el Tercer Mundo. 

Además, dejó patente en su discurso la existencia todavía del debate historiográfico sobre quién inició la Guerra Fría. Para Miguel Ángel Sanz, fue, sin duda, Estados Unidos y para explicarlo recurrió a los orígenes del Estado soviético, cuya política exterior marcaría las actuaciones en política interior desde la Guerra Civil Rusa (1917-1923), la intervención de las potencias occidentales (Reino Unido, Francia y Estados Unidos, que no reconocería a la URSS hasta 1933), las pérdidas territoriales tras el Tratado de Brest-Litovsk (1918), y el continuo miedo a una invasión extranjera. Todo esto, unido al hostigamiento de Occidente es lo que generó una obsesión continua por miedo a ser invadidos hasta el final de la Guerra Fría (1989), sobre todo después de la invasión alemana en 1941. Así pues, se abandonó la estrategia de internacionalización de la revolución, a cambio de coexistir pacíficamente con occidente y asegurar su propia supervivencia dando lugar a políticas de Frentes Populares o al controvertido pacto Ribbentrop-Molotov, así como una intensa militarización de la economía y la sociedad soviéticas. 

Después, tras la invasión alemana y la alianza con Estados Unidos cuyo presidente, Roosevelt, veía la guerra como la alianza de los hijos de la Ilustración, frente a la anti-ilustración y entendía las pretensiones de una zona de confort soviética, parecía que se acordaba el futuro de la posguerra. No obstante, tras la muerte de Franklin Roosevelt y la llegada al poder de Harry Truman con su Doctrina anticomunista, la cual hizo surgir los miedos a la conquista del Mundo por parte del comunismo soviético y conllevó un giro en la visión de la descolonización como conquistas de Moscú y el visto bueno de cambios de regímenes en estados democráticos por Dictaduras tuteladas por Estados Unidos. Asimismo, para el ponente zaragozano, la economía soviética tendió al estancamiento debido sobre todo a las políticas de solidaridad con los países del Bloque Oriental y sufrió una profunda crisis en los años ochenta, debido a la guerra en Afganistán. Además, subrayó que, pese a lo ocurrido en Hungría en 1956 y en Praga en 1968, la URSS no tendría una idea imperial, sino que trataba de asegurar su “zona de confort” adquirida con la victoria en la Segunda Guerra Mundial.

Así pues, finalmente, para Miguel Ángel Sanz se cumplió la paradoja de que después de haber sido sometida a un profundo hostigamiento por parte de Occidente, fue en el momento que más se estaba rebajando este acoso, cuando la URSS terminó desapareciendo. La caída de la URSS en 1991, siguiendo la línea de opinión de Ramiro Trullén, ha influido y continúa haciéndolo en la actualidad, sobre todo en Occidente, ya que, por un lado, se acabaron las posibilidades de algo distinto al neoliberalismo y el mundo capitalista. Por otro lado, así como diversos avances sociales de los estados de bienestar en Occidente son impensables sin la existencia de la URSS, los grandes recortes en derechos laborales y sociales que se están sufriendo en la actualidad serían inconcebibles con la presencia de una URSS, el miedo a un sistema diferente y al Ejército Rojo que había en el siglo pasado.

 

Texto: Ángel Vera Sánchez. Foto: Rosa Pérez Romero

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