Centro de Estudios Locales de Andorra

¿Volver como antes?

Una reflexión en un buen momento. Va a ser el prólogo de la Revista de Andorra nº 19 pero como tardará un poco a salir, nos ha parecido bien adelantar estas ideas de Javier Alquézar, de actualidad. Es la aportación del CELAN en esta situación. 

 

 

¿VOLVER COMO ANTES?
Este prólogo viene obligado por la situación que estamos padeciendo. La lucha contra la pandemia y contra sus efectos reduce todo lo demás a un segundo plano. Los retos con los que nos vamos a tener que enfrentar bien merecen la pena algunas reflexiones, aunque solo sirvan de alerta.


Por encima del circo en que han convertido el Parlamento español los políticos y los medios de comunicación, hay muchas cosas más, y más importantes, sobre las que preocuparnos y a las que dedicar nuestro interés y pensamiento. Y no es que no sea preocupante la deriva de lo que se viene en llamar “la política” en España, pero nos hacemos un flaco servicio si solo nos cebamos en ella y no la observamos en perspectiva.
Resulta muy complicado abarcar todo lo que se necesita estudiar y mucho más si hay que reducirlo a unas pocas páginas, cual es el requisito de un prólogo. Por eso, acertadamente o no, me voy a limitar a exponer cinco puntos de referencia.


1. GOBERNANZA MUNDIAL. SEGURIDAD Y GEOPOLÍTICA
En las grandes crisis humanitarias del siglo XX, las dos guerras mundiales, fueron las potencias vencedoras las que instauraron el nuevo orden mundial para la reconstrucción política y social posbélica. En la actual, de carácter sanitario y universal, la salida tiene que ser conjunta e inclusiva para ser eficaz. Dada la interconexión, casi absoluta, en todos los aspectos (económicos, sociales, culturales…) de nuestro mundo no tiene ningún sentido buscar soluciones particulares, interfronterizas. Pero ¿cuál es la gobernanza mundial hoy? Nadie puede negar que está en crisis, y no ya por el coronavirus, sino que la cosa viene de antes. La pandemia, en todo caso, la patentiza y, sí, la agrava.
Ya hay quien da por hecho el fin de la globalización y del neoliberalismo y quien incluso ve renacer las ideas comunistas como único camino alternativo, sería la reedición en este caso del famoso lema “socialismo o barbarie” expresado por Rosa Luxemburgo en plena gran guerra. Otros ven sucumbir la democracia bajo los autoritarismos y el control tecnológico de la ciudadanía. No son pocos también los que anuncian el fin definitivo de la supremacía de los EE. UU. y el encumbramiento, a cambio, de la de China. Las posibilidades de supervivencia de la Unión Europea en el espíritu con que nació tienen muy pocos valedores; hay, por el contrario, mucho pesimismo al respecto.
Pueden suceder estas posibilidades o pueden no suceder o pueden hacerlo con matices o variantes, porque lo que nos han enseñado las crisis pasadas es que todas las proyecciones que se puedan hacer hacia el futuro son muy limitadas o arriesgadas. De hecho, con la crisis del 11S y la del 2008, siendo verdad que tuvieron un fuerte impacto, no supusieron ningún cambio radical en los sistemas económicos y de seguridad. EE. UU. siguió dirigiendo el cotarro internacional, con una supremacía basada en el armamento, y se continuó con las prácticas financieras temerarias y con modelos económicos sometidos al rápido beneficio e insostenibles.
La novedad de los últimos tiempos es la de que China compite duramente con EE. UU. en la carrera por el liderazgo mundial y que Rusia trata de colocarse en una posición privilegiada, en tanto la UE se desangra.
China parece estar ganando la partida mediática para que se le vea como el mejor preparado para liderar el mundo al mostrarse como un país eficaz como gestor interno y, a la vez, como benefactor aportando material sanitario a Europa y África. De esa manera pretende ganar socios y clientes, que perdería EE. UU., sumido en un ultranacionalismo con un presidente incapaz de controlar la situación interna (no solo en lo relativo a la epidemia, sino también a la fractura social) y que abandona su responsabilidad en los acuerdos internacionales.
La Unión Europea, ya muy tocada y desacreditada, por su gestión en la crisis económica de 2008 y la de refugiados de 2015, se ve ahogada ahora en su acción conjunta por los nacionalismos y vive en una crisis existencial sin tener nada claro su futuro, sea en el sentido de persistir en la idea de una autonomía estratégica (“Estrategia global”, 2016), sea en el de un giro definitivo hacia la unión política. En cuanto a las instituciones internacionales nacidas de la II guerra Mundial para asegurarse la paz y la cooperación entre los Estados siguen ofreciendo hoy sus servicios a la humanidad, pero cada vez están menos consideradas y con más dificultades para el desempeño de sus actividades. Es decir, cada vez más diluidas y debilitadas.
Las urgencias del momento y los acontecimientos políticos a vigilar -como las elecciones presidenciales en EE. UU. el 3 de noviembre o el referéndum a punto de realizarse en Rusia, que busca avalar la continuidad de Putin en el poder más allá de 2024, lo que lo convertirá de facto en presidente vitalicio- no nos deben ocultar la realidad de otras situaciones insostenibles, como la de los refugiados y desplazados. Según el ACNUR, a finales de 2019 eran 70,8 millones. Su bienestar y seguridad depende de Estados que van a mirar hacia otro lado para atender a los “suyos”.
Hay que solucionar lo inmediato, de eso no cabe duda, pero hay que ir pensando, y ya, en reformar o refundar la gobernanza internacional.


2. AVANCE DE LOS NACIONALPOPULISMOS Y EL AUTORITARISMO
El hecho de que Donald Trump gane unas elecciones en EE. UU. bajo el lema “American First” y de que Boris Johnson las gane en el Reino Unido para dirigir el Brexit ha resultado como una epifanía del avance del ultraderechismo populista y nacionalista en un mundo autocomplaciente que todavía no había visto el peligro de esa marea de presidentes (Erdogan, Putin, Orbán, Salvini…) y partidos políticos (First National, lega, Partido de la libertad, Verdaderos Finlandeses, VoX, Fidesz, Alternativa por Alemania, Amanecer Dorado…) autoritarios, ultranacionalistas, racistas y xenófobos que empezaban a inundar Europa y el mundo entero (Bolsonaro, Duterte…). Nuestra vecina Portugal -cuyo gobierno, por cierto, ha dado muestras de buen hacer y perspicacia en plena crisis sanitaria al regularizar por decreto la situación de todos los refugiados pendientes de ese estatuto- parecía ser el único país libre de ese virus político. Pero ya no es así, aunque meramente testimonial, en sus últimas elecciones un diputado de Chega! (¡Basta!), André Ventura, ha llegado al Parlamento para entre otras lindezas pedir “devolver” a África a una diputada negra y manifestar explícitamente su racismo contra los gitanos.
Además de los eslóganes neoliberales compartidos con cualquier partido liberal-conservador, la ultraderecha ofrece sus propias tácticas y recursos, como son: su identificación grupal para reforzar sus conductas desafiantes y provocativas, que buscan perturbar al oponente y sentirse fuertes en grupo; su hipernacionalismo con sus dosis de reafirmación y ostentación de los símbolos nacionales, de patriotismo descalificador de los que piensan otras cosas y de mitificación de tradiciones y hechos históricos tergiversados a su gusto; su emotividad religiosa manifestada en España como fanático ultracatolicismo; y su recurrencia continua a los bulos, lo que se ha dado en llamar fake news, que se propagan en forma de infección y que consisten en datos o comentarios sesgados, descontextualizados o simplemente inventados, pero que tienen el efecto en el predispuesto receptor de estar consiguiendo una información veraz e inteligente: el peor caldo de cultivo para buscar la comprensión, unidad y solidaridad que se necesitan.
La sociedad, pues, no solo debe hacer lo imposible para salir de la epidemia física, sino también de la ideológica, de efectos igualmente devastadores para nuestra convivencia.


3. EL MÁS QUE NUNCA NECESARIO MULTILATERALISMO
El 24 de octubre se cumplirán 75 años de la fundación de la ONU por la Conferencia de San Francisco en 1945. Esta organización nacida del desastre aspiraba a ser una especie de gobierno mundial o, al menos, una guía que, universalmente reconocida, dirigiera los pasos de la sociedad mundial y de sus gobiernos en pos de la paz y fraternidad universales, vigilando el cumplimiento de los derechos humanos, la salud y el acceso a los bienes vitales para todos sin exclusión. De ahí, el actual lema de las Naciones Unidas: “Paz, dignidad e igualdad en un planeta sano”.
Para poder atender estos objetivos, la organización se dotó de una serie de organismos afiliados que atienden los distintos sectores de las actividades humanas: Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, FAO, UNESCO, OIT, OMS, etc. Cada una tiene su organigrama particular y sus propios fondos y programas, financiados por los Estados miembros y por contribuciones voluntarias.
Sin embargo, hoy, todo este entramado está falto de liquidez y en entredicho, especialmente por los efectos del neoliberalismo generalizado en el orden internacional, que ha ido poco a poco obviando toda regularización estatal e internacional. Se produce así una situación paradójica entre una ambiciosa agenda internacional por parte de la ONU, que requiere una fuerte movilización (programas y planes como los objetivos de Desarrollo Sostenible, la Agenda 2030, los climáticos, de la mujer, de paz y seguridad…) y el respaldo político y financiero para llevarla a cabo.
Entre todos estos organismos cabe preguntarse por el estado de la Organización Mundial de la Salud, que tan importante papel juega en las campañas de salud y contra las epidemias. Su financiación proviene de las cuotas obligatorias pagadas por los Estados miembros, fijadas en función de las riquezas y población de cada uno, y de las contribuciones voluntarias realizadas por los Estados o por entidades públicas o privadas. En total, viene a recibir más de 6000 millones de dólares, de los cuales no llega a una cuarta parte lo proveniente de los aportes obligatorios. El mayor contribuyente sumando unas y otras aportaciones es EE. UU. con un 16 % del total (por cierto, la segunda mayor es la fundación Bill y Melinda Gates con un 9 %). Pero lo más llamativo en el ranking de donantes es que EE. UU. dobla en contribuciones al segundo Estado, China, y cuadruplica las del cuarto, Alemania. De ahí, la gravedad de la amenaza de abandono de la OMS, hecha por el presidente Trump, con la excusa de una mala gestión de la pandemia.
Actualmente el programa que mayor ayuda financiera recibe de la OMS es el de la erradicación de la polio y, después, el de acceso a los servicios esenciales de salud e higiene y el de las enfermedades prevenibles por vacunación. Programas que deben continuar en la actual situación. De ahí que se suscite el temor a que puedan verse perjudicados por la presión y las urgencias de la lucha contra la Covid-19.
Toda la red de instituciones y agencias de la ONU se han movilizado para coordinar la respuesta internacional a la pandemia por medio del Equipo de Coordinación de Crisis de las Naciones Unidas, creado en febrero. La OMS, por su parte, ha lanzado un Plan Estratégico de respuesta y Preparación frente a la Covid-19 con el fin de orientar las estrategias de los gobiernos en su política particular. Otras medidas complementarias han sido la petición por parte del secretario general de la ONU, Antonio Guterres, de un alto el fuego en todas las partes en conflicto bélico (con cierto éxito, al parecer) para no agravar más aún la situación, la redacción de un Plan Humanitario global (ACNUR-UNICEF-PNUD) así como estrategias específicas de las organización Internacional del Trabajo y de la organización Mundial del Turismo. Finalmente, hay que señalar el llamamiento de la ONU a proteger a las personas vulnerables, a evitar el discurso del odio, prestar atención al incremento de la violencia de género derivada del confinamiento y a garantizar el acceso a toda la información. Puede resultar, por cierto, un buen ejercicio comparar el contenido de este llamamiento universal con lo que se viene exponiendo por una y otra parte en el debate político en el Parlamento español y fuera de él.
Así las cosas, habrá que decidirse: prescindimos de la ONU o la reformamos actualizándola a la realidad actual. Esto último implicaría poner en marcha -lo que se viene pidiendo desde su cincuenta aniversario, por lo menos- una profunda democratización acabando con el actual formato del Consejo de Seguridad y dotando a la organización de una mayor representatividad, con la apertura a las ONG y otras instituciones cívicas. Es decir, se trataría de añadir a la de los gobiernos una representación de la sociedad civil. Naturalmente, es una cuestión de participación democrática, pero también de financiación, por lo que habría que hacer un replanteamiento de las cargas entre los miembros de acuerdo a la riqueza de cada uno, lo que significaría un aumento contributivo considerable para los “nuevos ricos”. Ni los ricos ni los pobres de 1945 son los mismos que hoy.
Lo mismo cabe decir del resto de las organizaciones multinacionales y entre ellas, claro, la Unión Europea, que actualmente navega en un mar de dudas, muy erosionada por los intereses nacionalistas, pero que no debería acabar convirtiéndose en una mera asociación de mercaderes.
Hoy, son más necesarias que nunca las soluciones multilaterales (acuerdos, programas e instituciones) que alcancen consensos y establezcan pautas para el bien común. Y más claramente se exige en la solución de la actual crisis sanitaria, donde procurar la salud de los demás es procurársela para sí mismo.


4. CRISIS ECONÓMICA GLOBAL, PERO NO PARA TODOS IGUAL
La rapidez en la extensión de la Covid-19 se explica por la globalización y esta es asimismo la causa de que la crisis económica, como efecto de la paralización provocada por la pandemia, se convierta en mundial. El FMI advierte de que el conjunto de las economías entrará en recesión con una contracción del 3 %, superior a la que provocó la quiebra del banco Lehman Brothers el 15 de septiembre de 2008.
Sin embargo, no en todos los países la crisis será igual. Los países en desarrollo serán los más afectados, por una disminución grave de sus importaciones al haberse interrumpido la normal producción de los países desarrollados, también por la crisis petrolífera, iniciada ya antes pero agravada por la paralización del transporte a causa de la epidemia cuando ya empezaba a recuperarse, y también por la falta de dólares en circulación.
Con toda naturalidad los distintos gobiernos, incluidos los defensores del neoliberalismo más estricto, recurren ahora a la intervención del Estado para paliar los efectos de la crisis y proceder a la revitalización de la economía. Así, asistimos a una reanimación del keynesianismo, tan combatido desde los años 80 (Reagan, Tatcher…), con una nueva legislación sobre despidos, con la implantación de una renta mínima para la población más vulnerable y otras medidas, como las inyecciones financieras desde los bancos centrales o desde las administraciones locales y regionales, para impedir la quiebra de empresas y la caída de la demanda.
EE. UU. prepara un programa de estímulo que triplica las inyecciones de dinero realizadas en 2008: dos billones de dólares para material médico y ayudas a desempleados y empresas en apuros.
En la UE ha habido un debate entre los partidarios de mutualizar la deuda mediante la emisión de eurobonos (defendido por España y por Italia y rechazado por Holanda) y los de establecer un plan de recuperación económica de más de un billón de euros, que es la postura por la que parece que al final se ha decantado. No queda claro en este momento si las ayudas a los países serán en forma de crédito o sin reembolso. Además, se ha puesto en marcha el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), el fondo de rescate de la UE, que dispondrá de hasta 240 000 millones de euros, y se han establecido fondos del Banco Europeo de Inversiones para financiaciones de urgencia.
Pero, además de las medidas inaplazables para frenar la crisis y salir lo antes posible de ella, hay que hacer un replanteamiento del sistema de producción y olvidarse de buscar el enriquecimiento con actividades de rápidos beneficios y con operaciones bursátiles alejadas de la economía real. Habrá que redactar planes industriales que vigoricen el tejido productivo de los sectores básicos y que eviten la dependencia de sectores endebles en caso de crisis para minimizar sus efectos en despidos y quiebras empresariales.
La absoluta dependencia del sector turístico en España es paradigmática. En 2018 el turismo aportaba el 12 % del PIB nacional y en el sector que más empleo generaba, un 13 %. En realidad, el turismo ha venido siendo el motor de nuestra economía desde los años 60. Se ha venido haciendo un extraordinario aprovechamiento de la demanda europea de sol y playa; si bien, eso sí, a costa de un importante efecto de despoblación interior y, en correspondencia, un fenómeno de hiperurbanización de la periferia. Sin embargo, hoy ya no hay la misma seguridad, porque no ha evolucionado suficientemente el sector en su diversificación respecto a los tipos de turismo y a los mercados. Siguen siendo los europeos (británicos, franceses, alemanes) nuestros principales clientes, pero el cambio climático está revalorizando las playas y los destinos turísticos de latitudes más altas y ya empieza a no parecer tan necesario viajar al sur. Por otro lado, si se pudieron batir récords de visitantes estos últimos años es porque la competencia (Grecia, Turquía, Egipto…) ha vivido tiempos de alteraciones sociales y políticas que han dejado a España como único destino turístico en el entorno mediterráneo.
Pero esto va a cambiar con la recuperación de esa oferta y con la disminución de la demanda europea, que parece apostar por el turismo interior en tiempos de crisis sanitaria.
En todo caso, es un sector demasiado sensible a los cambios económicos, sociales y políticos, por lo que danza siempre en la cuerda floja y deja siempre un enorme reguero de despidos entre una mano de obra mayoritariamente sin cualificar.
Las inversiones en ciencia, en tecnología y en educación se hacen hoy más que nunca ineludibles, si se quiere apostar por una economía fuerte y estable.
La tecnología es hoy la nueva fuente de poder, de ahí la dura competencia entre EE. UU. y China por la supremacía, hasta el punto de que se habla de una nueva guerra fría en la que cada una de estas dos potencias se afana por atraer socios y clientes a su causa. Entramos en la era de la Inteligencia Artificial, en el “capitalismo de la vigilancia” y en una cada vez más aparente cibervulnerabilidad. Habrá que intentar poner límites a los dos gigantes tecnológicos y, a la vez, estar alertas a la limitación de nuestras libertades y seguridad.
Teniendo presentes todas estas cuestiones, lo que parece imprescindible es la vuelta a un intervencionismo estatal tanto para atajar la actual crisis como para trazar un nuevo orden económico para el mañana. Ha habido ya incluso declaraciones de medios, tan poco sospechosos de antiliberalismo como el Financial Times, que plantean que en la fase de reconstrucción posterior seguirá necesitándose un alto grado de intervención por parte de los Estados. Si esto se confirma, la ruptura con la ortodoxia fiscal de la crisis de 2008 será inevitable.


5. TOMARSE EN SERIO DE UNA VEZ POR TODAS EL CAMBIO CLIMÁTICO Y EL RESPETO A LA NATURALEZA
Actualmente ya muere más gente por golpes de calor que por todos los demás fenómenos climáticos juntos.
De los 17 años más calurosos desde que hay registros, 16 se han acumulado en este siglo.
En China, donde han desaparecido 28 000 ríos, sufren escasez crónica de agua.
El Banco Mundial estima que para 2050 podría haber 1000 millones de refugiados climáticos.
El 75 % de las emisiones causantes del calentamiento global provienen de solo doce economías.
Etcétera. Cuando uno lee estas cosas (“Cambio climático. La hora de la sociedad civil”, IPS, n.º 1149, octubre 2019) no puede dejar de preguntarse si sabemos en realidad lo que nos estamos jugando. Es necesaria una intervención conjunta, sin excusas y desde ahora mismo si se quiere llegar a 2050 cumpliendo el objetivo fijado en la Cumbre del Clima de París 2015, el de que para entonces la temperatura de la Tierra no haya subido más de un grado y medio. Según el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático se requerirá una inversión de 2,5 billones de dólares anuales (el 2,5 % del PIB global) hasta 2035 para mejorar la eficiencia energética. Y esto sigue siendo urgente e imprescindible a pesar de la crisis sanitaria. No solo los gobiernos estatales sino los locales y la sociedad civil han de concienciarse de la necesidad de involucrarse en esto con todas las consecuencias.
Y quiero recordar aquí también que cada vez está más aceptado en el seno de la comunidad científica la relación entre mutación de los virus y las nuevas epidemias con el deterioro de la naturaleza y el acorralamiento de los seres vivos por la expansión de la obra humana. La naturaleza debe ponerse en primera línea a la hora de construir el nuevo orden económico y de las nuevas formas a las que deberíamos acostumbrarnos redefiniendo qué es lo realmente necesario y qué lo prescindible.
Tomados en cuenta estos cinco puntos de vista, me remito al título de este prólogo de la Revista de Andorra, ¿de verdad queremos salir de la crisis para volver a lo de antes, a nuestra manera de vivir, de producir y de gastar anterior a la crisis? Corremos el riesgo de caer en lo que pasó con la gripe “española” de 1918 y con la crisis económica de 2008 (o con la gripe asiática de 1957-59 y la de Hong Kong, de 1968-70, que mataron a muchas más personas que la Covid-19, pero cuyo impacto social fue menor), que una vez superado el momento crítico volvamos a la normalidad anterior.
Sería como reconocer que nuestras miras son cortoplacistas y que tomamos muy poco en consideración el planeta que vamos a dejar a las generaciones venideras.
Pero ¿de verdad, no vamos a aprender nada de todo?

 

Termino, a modo de conclusión, con palabras de otros:


Las pandemias figuran en el listado de amenazas y riesgos a la seguridad internacional desde el arranque de la posguerra fría. Pero esa consideración no se ha traducido en la creación o mejora de los mecanismos multilaterales para hacerle frente. Y eso a pesar de que en lo que va de siglo la Organización Mundial de la Salud ha anunciado hasta en siete ocasiones una alerta mundial o ha declarado una emergencia de salud pública de importancia internacional. No puede decirse, por tanto, que estamos ante un “cisne negro”, sino más bien ante la materialización de un riesgo a la seguridad planetaria que no conoce fronteras, religiones ni niveles de desarrollo económico. Es solo el peso de una visión cortoplacista lo que ha impedido articular mecanismos multilaterales y multidimensionales de respuesta, y se hace difícil imaginar que ahora vaya a suceder algo diferente.
El problema es que, si eso no pasa, terminará por ocurrir desgraciadamente lo que ya Rafael Sánchez Ferlosio anunciaba en 1993: Vendrán más años malos y nos harán más ciegos.
(Jesús A. Núñez Villaverde, “Seguridad y geopolítica tras la pandemia”, Política Exterior, mayo-junio 2020)


Por eso, debemos hacer compatible la urgencia exigida para afrontar los aspectos de salud pública más acuciantes de la crisis, la necesidad de atender a los afectados por el virus y evitar la extensión de la pandemia, con una visión de mayor alcance sobre cómo vamos a abordar en el medio y largo plazo la reforma, o refundación, de un sistema de gobernanza global que deberá adaptarse a la nueva realidad, buscando conjugar prosperidad, sostenibilidad y equidad.
(Arancha González Laya, ministra de Exteriores, Política Exterior)

 

Tarde o temprano entenderemos que quizá todo esto constituya una invitación a que vivamos de otra manera. “Hoy es el primer día del resto de mi vida” canta el músico portugués Sérgio Godinho. El deseo y la esperanza de un mundo mejor, más sereno y equilibrado, pueden ser una vacuna contra muchos de los miedos, de las angustias que está generando el coronavirus.
(Gabriel Magalhães, “la vacuna de la esperanza”, La Vanguardia)

 

NOTA BENE
Cuando comenzaba la crisis de 2008 titulé el prólogo de la Revista de Andorra de aquel año “Que no lo pague la cultura”. ¿Para qué repetir lo mismo que ya dije? A priori la situación actual es peor, pues a las necesidades imperiosas para revitalizar la economía y atender las graves consecuencias sociales hay que sumar ahora las medidas para fortalecer el sistema sanitario y, también, el educativo, que, aunque este último no se sepa todavía cómo va a ser, seguro que es más caro por las inversiones en personal docente y medios que se precisarán.
Nada que objetar, lo urgente es lo urgente. Pero no olvidemos nunca que el espíritu, aquello que en muy buena medida alimenta la cultura, es esencial para sostener la fuerza individual y los lazos comunitarios de solidaridad, elementos imprescindibles para hacer triunfar cualquier proyecto de superación.
¿Cuánto durarán las urgencias? En el CELAN, atentos a la respuesta institucional y social, nos mantenemos a la expectativa. De momento, seguimos trabajando y al servicio público.

 

Javier Alquézar Penón
Director de la Revista de Andorra y presidente del CELAN.
Junio 2020.

 

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