
Cristina Alquézar - M.ª Luisa Grau - Rosa López. Reportaje fotográfico: JAP
Oliete es una de las poblaciones que componen la comarca de Andorra-Sierra de Arcos. Cuenta con unos 460 habitantes y su historia se remonta hasta la antigüedad, como bien atestiguan los restos iberos del poblado de El Palomar, aunque hay también restos de época prehistórica, unas pinturas rupestres conocidas como El Frontón de la Tía Chula.
La historia de Oliete es azarosa y de gran interés, pero nosotras nos vamos a centrar en el siglo XVII, siglo en el que se enmarca la construcción de la iglesia parroquial de Oliete, con la advocación de Nuestra Señora de la Asunción, iniciada en 1689 y finalizada en 1693. El siglo XVII es una época de crisis generalizada, que afectó a toda Europa occidental y cuyos efectos se van a hacer patentes en una fuerte regresión demográfica, que contrasta con la tendencia alcista del siglo XVI. Esta depresión demográfica va a ser especialmente dura en Aragón, donde confluyen toda una serie de factores negativos que van a dejar mal parado al reino. En primer lugar la expulsión de los moriscos en 1610, una parte importante de la población aragonesa y que supuso una fuerte pérdida demográfica, la peste sufrida a mediados de siglo, una gran hambruna consecuencia de las malas cosechas, la guerra de Cataluña…
A finales del siglo XVII la crisis comienza a superarse, siendo en esas fechas cuando se inicia la construcción de Nuestra Señora de la Asunción, quizá motivada por el giro positivo que comenzaba a experimentar el panorama económico, político y social.
Desde el punto de vista económico, Oliete en la Edad Moderna era una población eminentemente agrícola y ganadera, las dos actividades económicas principales durante la mayor parte de la historia. Se puede hablar también de la práctica de actividades industriales, puesto que Oliete se dedicó al trabajo de la lana, no como producto ya manufacturado, sino como materia prima, que era también una de las actividades industriales más practicadas en Aragón. En cuanto a su organización religiosa, Oliete pertenecía al obispado de Zaragoza y no será hasta 1785 cuando se convierta en un señorío secular.
Esta iglesia, que comenzó a construirse en 1689 con la colocación de la primera piedra por parte del arzobispo de Zaragoza, D. Antonio Ibáñez de la Riva,
y consagrada en 1693, venía a sustituir a la anterior, que a su vez sustituía a la primera parroquia dedicada a San Bartolomé.
Se trata de una iglesia de planta basilical, formada por tres naves, la central más alta que las laterales, y cuatro tramos.
A los pies, la iglesia cuenta con un coro sobreelevado, muy típico en las iglesias de esta época, como podemos comprobar al estudiar otros ejemplos cercanos como la Iglesia de la Natividad de Nuestra Señora de Andorra, y remata con una cabecera de tres ábsides con perfil recto, el central más desarrollado que los laterales.
La separación de las naves se hace por medio de potentes pilares recorridos por cuatro pilastras, una en cada uno de sus frentes, que corresponden a los empujes de los arcos fajones y los arcos formeros. Estos pilares se coronan con una serie de molduras a modo de capitel, bajo las cuales aparecen motivos vegetales (hojas de acanto) realizados en yesería.
El sistema de cubierta aplicado en el templo es a base de bóvedas vaídas, que cubren cada uno de los tramos de la nave central y laterales. En el tramo final de las naves laterales y en el penúltimo de la central, el sistema de bóvedas vaídas es sustituido por tres cúpulas sobre pechinas. Las cúpulas laterales, de planta circular, transmiten los ideales de eternidad, proporción y perfección divina, al modo de la antigüedad clásica, ideales que se recuperan en el Renacimiento. En el caso de la cúpula central se opta por una planta elíptica con base quebrada, que parece anunciar la movilidad y asimetría propias del Barroco. Sobre las pechinas se levanta el tambor, de planta octogonal, alternando en cada una de sus ocho caras vanos de iluminación e imágenes marianas esculpidas en yeso. A su vez, el tambor se articula mediante pilastras estriadas y pareadas, con capitel corintio, dispuestas en los ángulos, separando, además, los vanos e imágenes que cubren el tambor. Unifica todo el tambor una moldura a modo de entablamento. La cúpula está recorrida por los nervios correspondientes a las pilastras del tambor, pero sin una función tectónica, únicamente decorativa, una decoración reforzada por angelotes y guirnaldas que los cubren. Hay que advertir que la decoración que aparece en esta cúpula central es reciente, en torno a 1974, según fuentes locales.
Como hemos dicho, a los pies encontramos el coro, sobreelevado y cubierto con una solución mixta de bóveda de aristas y lunetos, éstos muy al gusto del Renacimiento. La sillería coral, de gran sencillez, recorre tres lados del coro, y en el centro se halla la cátedra que preside el coro. En el centro, como es habitual, el facistol. Sólo el 15 de agosto, día de la Virgen de la Asunción, la advocación del templo, se vuelven a abrir antiguos cantorales para servir de guía a las voces a la par que el órgano suena en el habitáculo anexo.
En la cabecera, antecedido por la gran cúpula, está el presbiterio correspondiente al ábside principal, donde se localiza el altar mayor, con cubierta de bóveda de medio cañón, mientras que los laterales son altares secundarios.
A los dos lados de la cabecera se encuentran las sacristías. Desde ambas se accede a un habitáculo subterráneo. La sacristía de la derecha era utilizada como tal, es decir, para guardar las vestimentas sacerdotales y las piezas valiosas del templo, pero además se usa como almacén donde se guarda la leña utilizada para el Belén. La sacristía del lado izquierdo era una puerta que comunicaba con el exterior. Hay que destacar de ambas estancias la riqueza de las puertas, unos paneles realizados en madera tallada y policromada, en las que se recurre a motivos típicamente renacentistas, geométricos y vegetales, que se van a repetir en otras decoraciones de la iglesia. La puerta izquierda se decora con una serie de cuadrículas en las que se adivinan motivos vegetales, mientras que la de la derecha se decora a base de roleos y hojas de acanto.
En cuanto a la decoración plástica hay que lamentar la pérdida de la mayor parte de su patrimonio, en la Guerra Civil. En su lugar, hay actualmente todo un conjunto escultórico y pictórico de factura convencional y otra original debida a la generosa aportación del reconocido pintor Alejandro Cañada, natural de Oliete, y de sus hijas.
De estos últimos son las pinturas realizadas al óleo localizadas en los altares principal y secundarios, que vienen a sustituir a los desaparecidos retablos y que datan de la década de los 90 del pasado siglo.
La pintura del altar mayor, obra de Alejandro Cañada, representa la Asunción de la Virgen, presenciada por una familia de campesinos que ofrendan a la virgen su trabajo (azada), sus alimentos y la pureza de las flores. Esta lectura de la Asunción se expresa dentro de una manifiesta geometrización formal, sin salirse en absoluto de la figuración.
La pintura correspondiente al altar del Evangelio (lado norte) pertenece a M.ª Ángeles Cañada. En ella se representa el
martirio de San Bartolomé, patrón de la localidad. La iconografía elegida por la artista huye de las representaciones macabras, plasmando el momento previo a su desollamiento, y recuerda en la postura del martirizado al famoso cuadro de José de Ribera dedicado al mismo santo. La expresividad del cuadro reside no tanto en la escena representada como en los gestos de sus verdugos, en el movimiento dado por las líneas abiertas que proyectan a San Bartolomé y especialmente por la pincelada vehemente, potente y claroscurista que domina el cuadro. En la Epístola (lado sur) se encuentra el mural de Nati Cañada, dedicado a la Virgen del Cantal, patrona de la localidad. Recurre a una iconografía de tono en la que aparece la Virgen en un fondo celeste, acompañada de personajes con hábito inmersos en una luz divina que baña la escena.
Las tres pinturas se ven unificadas por medio de los marcos monumentales que muestran, realizados en alabastro, formas clásicas a base de pilastras, entablamentos y pináculos, lo que contribuye a enfatizar las pinturas y a ofrecer solemnidad a estos altares carentes de retablos.
La decoración pictórica recubre también los muros perimetrales del templo por medio de unos simples arcos de medio punto, surgidos de jarrones, en los que se recogen párrafos del Padre Nuestro, tal como suponen hubo con anterioridad. En la cubierta del templo hay también restos de decoración pictórica, aunque mucho más escasa. Nos referimos a los tondos que se encuentran en el primer y segundo tramo de la nave central, en los que se representa a dos santos significativos en la localidad: Santa Bárbara y San Fabián. Son tondos rodeados por una corona de flores y en su interior los santos acompañados de sus atributos: Santa Bárbara, con la torre y la palma del martirio, y San Fabián, tocado con la tiara papal.
Un buen número de esculturas se distribuyen por el interior de la iglesia, descansando sobre ménsulas en la nave central o colocadas sobre pequeños altares en cada tramo de las naves laterales, a modo de capillas. De los pies de la iglesia a la cabecera se suceden San Sebastián, San Fabián, el arcángel San Miguel, San Ramón Nonato, San Cristóbal y, junto al ábside central, San Pedro y San Bartolomé. En la nave del Evangelio están la imagen de Santa Bárbara, Santa Águeda y Nuestra Señora del Carmen en la primera capilla, y la Virgen de la Asunción, la Virgen del Alar y el Sagrado Corazón de Jesús, en el resto de capillas. En la nave de la Epístola, y en la primera capilla, aparecen San Isidro, San Antonio y San José. La capilla contigua está dedicada a la crucifixión, representada al modo del viejo tema iconográfico bizantino de la Déesis, con la Virgen y San Juan Evangelista a los lados de la cruz en la que agoniza Jesús. El siguiente altar tiene advocación dominica, ya que en él aparece Santo Domingo, Santa Rosa de Lima y la Virgen del Rosario. Finalmente, en el lugar en el que se colocaba a la Purísima hay una imagen de la Virgen del Cantal. Son esculturas sin valor artístico, de adquisición relativamente reciente y que vienen a sustituir a las anteriores, perdidas durante la guerra.
Por lo que se refiere al exterior, se puede señalar que es un todo uniforme realizado en sillarejo, en los paramentos; piedra sillar en las esquinas y en los contrafuertes que distinguen los tramos de la iglesia; y ladrillo, que enmarca los vanos de iluminación. Los volúmenes destacados al exterior son la cabecera con sus tres ábsides, la cúpula central y las torres-linterna que se levantaban sobre los ábsides laterales. La cúpula está ejecutada en ladrillo, material que se aprovecha para realizar una sencilla decoración geométrica, y se cierra con una cubierta ondulante en su cara exterior, un movimiento, un dinamismo característico del Barroco. Pero la principal protagonista en el exterior del templo es la torre-campanario, datada en el siglo XVIII y realizada en ladrillo. La torre, que se levanta en el lado norte, tiene un primer cuerpo de planta cuadrada, mientras que en su parte superior está formada por dos cuerpos de planta octogonal. Las aristas de la torre están presididas por pilastras, que dividen a la torre en las ocho caras del octágono. En el centro de cada cara se abre un arco de medio punto, ciego en el primer piso y abierto en el segundo, y se decoran los paños de la torre con motivos geométricos en relieve, tales como rombos, circunferencias o cuadrados.
Por último, para finalizar el recorrido, la fachada de la iglesia: una sencilla fachada de claro sabor renacentista, tanto por los motivos elegidos como por su propio esquema compositivo. Es una fachada formada por dos cuerpos, un cuerpo inferior integrado por el vano de acceso, de medio punto, albergado bajo un entablamento que apoya en dos pilastras, una a cada lado. Recuerda así al esquema de los arcos triunfales. Sobre el entablamento, el segundo cuerpo, formado por una hornacina cobijada bajo un frontón semicircular que se sustenta sobre pilastras. Estos dos cuerpos se unen por medio de aletones. La fachada se decora con toda una serie de motivos vegetales como los de las enjutas del arco y óvalos y rombos en las pilastras, motivos ambos de naturaleza renacentista.
La cruz procesional
La cruz procesional es la pieza más destacada de los objetos artísticos que conserva la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Oliete, una pieza de orfebrería realizada en plata sobredorada por un taller zaragozano datada en el siglo XVI. En el cruce del centro de los brazos se aprecia una medalla circular al igual que las placas del reverso, mientras que las del anverso están compuestas por cuatro lóbulos y las de los extremos son romboidales. El perímetro de los brazos se decora con cabezas de angelotes, motivos geométricos y máscaras cinceladas.
En el anverso de la cruz aparece una figura realizada mediante la técnica de la fundición, y en ella se representa un Cristo crucificado con tres clavos. En el centro de las medallas romboidales se muestran San Pedro, San Pablo, San Vicente y San Lorenzo, mientras que en los cuadrifolios se representan angelitos alados.
El reverso está ocupado por la imagen de la Virgen con el Niño apoyada sobre una ménsula.
El nudo, de forma hexagonal, se compone de columnas abalaustradas apoyadas en pedestales calados sobre cornisas. Entre estas columnas unas hornacinas aveneradas cobijan las imágenes de seis apóstoles, de los cuales se puede identificar por sus atributos a cinco: San Pedro, San Pablo, Santiago, San Simón y San Andrés. El nudo se une a la cruz mediante un cañón cilíndrico con cintas anilladas que forman una celosía con flores, una decoración muy propia de una pieza renacentista.