Personajes de la Comarca

ANTONIO BALAGUER PASCUAL, "EL TÍO REY"

Ángel Cañada

El día 25 de marzo de 1938 quedaron paralizados para siempre los pies más famosos de Andorra y, quién sabe, si del mundo entero. Sólo hacía doce días que las tropas nacionales habían liberado el pueblo y, como aún no tenían sacerdote, el suyo fue el último entierro laico.

Se llamaba Antonio Balaguer Pascual, era hijo de Antonio y de Lucía, contaba 83 años y murió de fiebres tifoideas.
Este hombre de leyenda, al que tuve la suerte de conocer y escuchar, sería hoy un ídolo, un hombre cargado de fama, de honores y de dinero si no hubiese vivido cuando una carrera pedestre de kilómetros y kilómetros se pagaba con un pesetón, con tres polos, una copa de anís y una gaseosa de papel.

No pudo asistir a la escuela, por lo que no sabía leer ni escribir, y, como su padre, era arriero; con él y con su recua de burras recorrió toda la comarca y realizó frecuentes viajes a Tortosa para bajar los excedentes de las cosechas y subir las frutas y verduras más tempranas, porque entonces Tortosa era el puerto de la Tierra Baja.

Casó con Rosa Pérez Quílez y estuvo de criado muchos años en casa de don Macario Sauras.

Desde muy joven hizo gala de sus buenos modos para correr, destacando por su velocidad y por su gran resistencia, ya que su poder crecía cuanto más tiempo duraba.

Comenzó a correr en Andorra y pronto se hizo el amo en toda la comarca. En aquella época, al menos media docena de veces al año, “La Corrida” era uno de los espectáculos imprescindibles no sólo en las fiestas de San Macario sino para San Blas, San Antón, San Roque, etcétera, festividades que poco a poco han ido desapareciendo del calendario festivo de los pueblos. Tras la corrida, la merienda con los amigos en aquella hora exacta, pero variable, que diariamente marcaba el tío Pradas cuando encendía la luz en las farolas de petróleo colocadas en las esquinas, hora que, por cierto, era la señal para las mozas del pueblo, que, a toda prisa, marchaban a casa, por temor a los gritos del padre si llegaba ya oscurecido.

En uno de sus viajes a Tortosa se enteró de que se iba a celebrar una gran carrera pedestre en la que se presentaba como claro favorito un corredor famoso, conocido por “el Toni”, que era de Cherta.

Habían coincidido allí tres arrieros de Andorra con sus carros llenos de trigo y le enviscaron hasta lograr que interviniera; pero no estando muy seguro de su triunfo ante la fama del Toni, les advirtió que no apostaran a su favor hasta que no se limpiara la cara con el “moquero”, pero que si les daba esta señal y se sentían con ánimos, que apostaran el trigo, las recuas y cien duros de su parte.

Se inició la corrida y a las pocas vueltas sacó su pañuelo, se limpió el sudor de la cara y el cuello, lo flameó tres veces sobre su cabeza, se lo colgó de sus calzones a rayas, esprintó como un jabato y allá atrás quedó el de Cherta con 100 duros menos en su bolsa.

Sonada fue la proeza del Rey de Andorra y la noticia cundió por la comarca, donde su contrincante no tenía rivales.
En cierta ocasión, su “amo”, que era Alcalde, tuvo necesidad de enviar un parte a Alcañiz, cuyo resultado necesitaba conocer con toda urgencia, por lo que se sirvió el tío Macario de las piernas de su criado como medio más rápido de obtener la respuesta. El tío Rey salió a las 8, llegó a Alcañiz, buscó a la persona, le entregó el parte, recogió la respuesta, la trajo, comió y se fue al café del tío Juanito para entregársela al Alcalde. Era la una de la tarde, y cuentan que cuando lo vio, creyendo que aún no había salido, se le encaró preguntándole: “¿Aún estás aquí?” (Distancia Andorra-Alcañiz, por el camino viejo, de 35 a 40 kilómetros.)

Cuando se casó, el tío Rey tuvo que marcharse a Aliaga para dar trabajo a su recua y entró como recadero en una fábrica de fajas. Allí cargaba su carro, llevaba la carga a Calatayud y volvía cargado con lana para la fábrica. Allí fue donde popularizó su fama, pues en una de sus hazañas se le concedió el título de Campeón de Aragón; me ha sido imposible recoger los detalles de esta carrera e imposible también localizar una fotografía para que ilustrara este reportaje.

Me contaba este buen hombre que de Aliaga le enviaron a Teruel con un encargo, pero que una vez en Teruel tuvo que llevarlo a Alcañiz. Resultó que antes de salir, a eso de las 7 de la mañana, entró en una tasca del Tozal para matar el gusanillo con la copa de cazalla; se encontró allí con otro que también llevaba el mismo camino, pero que iba con caballo, y el tío Rey, que se sintió un poco fanfarrón, le apostó la comida al que llegara más tarde a la Posada de Santo Domingo.

No hizo más que dejar Teruel, se quitó las alpargatas miñoneras, hizo un nudo con sus cuerdas, se las colgó al cuello y tanto corrió que, cuando a las 4 de la tarde llegó su contrincante, él ya se había comido la apuesta.

Otra vez se dirigía a la feria de Salas (Huesca). Unos kilómetros antes había una venta llamada “de la Carrasquilla”, muy famosa porque por lo visto cocinaban unas judías con chorizo y oreja de cerdo que revivían a los caminantes y que servían de apuesta a los feriantes. Ocurrió que coincidió en el camino con dos hermanos de Canfranc que, montados en su caballo, se dirigían también a Salas, y comenzó a tomarles el pelo sobre la poca velocidad de sus caballos; acabaron desafiándose sobre quién llegaría antes a la Carrasquilla para comerse las judías: él, a pie; ellos, a lomo de sus caballos, y la distancia a recorrer, unos 10 kilómetros. No tuvo enemigos nuestro paisano, pues cuando los de Canfranc llegaron al punto de la cita, al tío Rey le estaban sirviendo ya el sabroso cocido, ante el asombro de los contrincantes.

Su fama llegó a la Corte y no se sabe cómo hizo amistad con un madrileño que él llamaba Prieto el del Guadarrama, con el cual acabó marchando a Londres para realizar dos corridas.
Éstas se celebraron en una plaza más o menos redonda y su competidor era un jinete sobre el caballo; largas y duras fueron las dos pruebas, pero al final el caballo tuvo que ceder, agotado, o como él nos decía, “reventado”. Tal contento sintió de su triunfo que cuando vio que el jinete se retiraba, avergonzado, en vez de escuchar el himno que en su honor tocaban, se puso a bailar la jota entre los vítores de los asistentes.

Honores, pues, no le faltaron, pero sí el dinero, ya que el del Guadarrama desapareció tras haber cobrado el importe de los premios, y allí quedó el tío Rey, en un país extraño, teniendo que trabajar en lo primero que pudo, hasta que encontró un español que le pagó el regreso; y aquí volvió, a los brazos de su Rosa y de sus hijos, uno de los cuales, José, todavía vive para ser testigo de cuanto decimos.

Como no escarmentó, tampoco terminaron aquí sus andanzas, pues acompañado del tío Colaso, se fue a París para revivir allí de igual forma que lo hiciera en Londres sus luchas contra jinetes y caballos.

Éstos son los rasgos más salientes de la vida de este fenómeno que, si le llamaron el Rey de Andorra, no lo fue, como recientemente se ha hecho con otros deportistas, por sus méritos como corredor, por su resistencia hasta la inverosímil proeza de reventar caballos, sino porque su padre tenía por mote “el Rey”, de igual forma que lo sigue teniendo su hijo, con el cual hemos revivido estas facetas de su vida, las cuales me contó con todo lujo de detalles dos años antes de su muerte, pero cuyos apuntes he tenido la desgracia de perder