Los Yeseros

Pilar Villarroya y María José Tejedor. Fotos: María José Tejedor

José M.ª Alquézar en la zona de explotación.

José M.ª Alquézar en la zona de explotación.

¿Quién de nuestros jóvenes sabe que, hasta los años 60, de las tierras de la Tajonera, (carretera de Alcorisa a la derecha) el Agua la Turca y el Collao (de donde era muy costoso extraer piedra) se sacaban las primeras capas de tierra, ya que más adentro, en la roca, se encontraba y de ahí se extraía el yeso en estado bruto? Sólo las personas mayores de estos pueblos se acuerdan y a lo mejor alguno menos joven a quien su abuelo se lo haya contado. Es el oficio de yesero, si no el más duro, uno de los que exigía más fuerza física y trabajo.

El yeso es sulfato de cal hidratado, por lo común es blando y se raya con la uña. Deshidratado por calor y molido se endurece cuando se amasa con agua, y se usa para la construcción y para esculturas.

José Mª Alquézar

En Andorra hubo dos familias que se dedicaron a hacer yeso: “los Comines” y “los Paleteros”; también nos hablan de “los Pascasia”. Eran los llamados yeseros y el lugar donde se hacía era la yesería. “Los Comines” abandonaron antes la fabricación del yeso y “los Paleteros” siguieron hasta los años 60, a ellos perteneció la primera yesería, que en 1932 estaba en la calle Camín, desde donde se trasladó a la calle la Fuentecilla.

Serafín Comín y José María Alquézar, de “los Paleteros”, nos han relatado su vida como yeseros y su proceso.

El emplazamiento y la extracción
Los lugares antes mencionados eran montes comunes del Ayuntamiento, como nos dice Serafín: “donde estaba el afloramiento eran municipales, pero en aquella época ni permiso ni nada. Es decir, todo el que hubiera querido extraerlo hubiera podido hacerlo”. La explotación, según Serafín, tenía un problema, “había mucha tierra encima de la piedra y, claro, para sacarla había que sacar antes la tierra”. José María recuerda que más tarde habría que pedir permiso y pagar por extraer la piedra, según la cantidad que fuera.
“La cantera se metía hacia abajo; cuanto más excavabas, más tierra tenías, lo que daba bastantes problemas para sacar la piedra. Como la cantera era subterránea, ibas sacando la tierra poco a poco con las caballerías, y cuando llegabas a la piedra, encontrábamos 4 ó 5 metros de capa de yeso. Había que arrancar la roca con pico y, si ésta estaba muy dura, teníamos que emplear la dinamita”. José María nos cuenta que después usaban compresores: “hacíamos panes grandes rompiéndola con mallos al principio”.

Afloramiento de yesos

Serafín nos dice que “al principio no había problemas para encontrar la dinamita, ya que en Andorra había un polvorín que pertenecía a la familia de las Obón y donde podías comprar la dinamita que necesitaras; años más tarde, cuando los maquis, había que pedir permiso a la Guardia Civil, pero nosotros, en nuestra bodega, siempre teníamos dinamita. Con la explosión, las piedras salían de distintos tamaños, gordas unas, menudas otras. Las gordas había que partirlas a mallo porque si no, no cabían en el horno” que es el segundo paso para la obtención del yeso.

Los hornos
Nos lo relata con gran plasticidad José María:
“Allí mismo donde sacábamos la piedra, hacíamos el horno, en la pared, siempre mirando al norte, para mejorar la combustión”.

Afloramiento de yesos

Los hornos normalmente eran cuadrados, de piedra y no muy altos; más tarde hubo también redondos. El horno se obraba de abajo a arriba. Se rellenaba con capas: “se hacía un emparrillado, con hierros (ejes de carros); se igualaba todo con piedras y luego 30 ó 40 cm de carbón, y sobre él, el yeso; así hasta cinco capas. Se lucía el horno con barro para que no respirara. Así se ponía hasta un metro de leña, ruedas…, lo que pillábamos, y se encendía. Dominábamos el fuego afogándolo con tierra y permanecía cinco días encendido, y un par de días enfriando”.

Dos hombres cogían leña toda la mañana para encenderlo. La leña la iban a buscar ellos mismos al monte y arrancaban los romeros. Para cada hornada hacían falta 20 ó 30 cargas. “Teníamos que coger bastante, ya que durante dos días y una noche debía estar el horno ardiendo, y luego le hacían falta 2 ó 3 días para enfriarse. Había que meterle leña hasta que salía fuego por la parte de arriba de la parrilla y, cuando ya se veía quemado, se acabó. Entonces había que dejar que se enfriara para sacarla”. Al principio, quemaban con romero, pero a partir de los años 42 ó 43 se utilizaba carbón.

Restos de los hornos

“Se ponían piedras gordas para que sujetaran bien las boqueras, que eran dos agujeros por donde se metía la leña. Eran dos para favorecer el tiro y que todo se quemara de forma pareja y si se hundía la piedra de una de las boqueras, por la otra podía seguir quemándose. Las dimensiones de los hornos solían ser de unos dos metros de altura y un metro o metro y medio de diámetro”.

“Cuando se empezó a quemar con carbón, el sistema era otro: un horno redondo y alto, como de 4 metros y hacíamos la parrilla, igual; encima de la parrilla, poníamos 15 cm de carbón (una capa), medio metro de piedra, carbón, piedra, entonces prendíamos fuego al carbón y cuando veíamos que estaba ardiendo, ya lo podíamos dejar, porque de una capa pasaba a la otra, no como con el romero, que había que estar todo el tiempo echándolo al fuego. La única misión consistía en que ardiera, arriba se tapaba con tierra para que se concentrara el calor y no se marchara por allí”.

Todo este proceso era largo y muy duro, como se puede deducir de las explicaciones que nos han dado sus protagonistas. Cuando se había acabado de quemar la piedra, ya se había convertido en yeso al deshidratarse. Tenían que estar al tanto de cómo se repartía el fuego, ya que a veces se quemaba más por un lado que por otro y había que ir tapando para que el tiro del fuego se fuera por el otro lado y se terminara de quemar la piedra de forma homogénea. Entonces había que darle con el rollo en la era.

“Los generales” echaron un suelo de cemento muy fuerte y espeso en la era para poder encima machacar bien el yeso, ya que una vez quemado había que machacarlo todo y para eso se utilizaba un rulo o rollo y una caballería se encargaba de darle vueltas sin parar, ya que el suelo de cemento era redondo. Por ese motivo, era como una parva, aunque cubierta, pero sólo el anillo por donde pasaba el rollo. Se iba pasando por encima de la piedra para hacerla menudica”. Dependiendo de la cantidad, tardaban más o menos tiempo en machacar bien el yeso. Todo lo que se había machacado había que pasarlo por una zaranda, una criba, lo cogían en cestas o capazos y lo llevaban a cribar. Lo gordo que no se había machacado –se llamaba granza– se volvía a echar a un montón y se volvía a extender y a pasar el rollo. Incluso si alguna piedra no se deshacía por no haberse quemado bien, se apartaba y se volvía a meter en el horno en la siguiente hornada, se volvía a echar a la era y se volvía a dar con el rollo y lo molido se echaba ya en sacos para utilizarlo en las obras.

Después lo transportaban en carros (volquetes) o caballerías, lo llevaban a casa y allí lo vendían.

Éste era el sistema que empleaban, pero en el 40 ó 41 el padre de Serafín y “los Generales” pusieron un motor de gasolina con un molino de martillos de hierro, lo trajeron “los Generales” y no podían ponerlo en marcha, se aborrecieron y se marcharon. Los Comín montaron en su casa el molino eléctrico, como nos dice José María (no con caballerías), y empezaron a molerlo allí hasta el 45 ó 46, año en que acabaron la casa.

Como el trabajo era duro, enseguida se cansaron y se marcharon a Barcelona y sólo quedaron los Comines.

El yeso se empleaba casi únicamente para la construcción, para hacer paredes y las vueltas entre madero y madera, los revoltones. No se comercializaba fuera de Andorra “era para el consumo del pueblo”, ya que en los pueblos de alrededor, Alcorisa, Calanda, Alloza, también había yeseros.

Del precio del yeso no se acuerdan, pero sí que la gente normalmente no pagaba hasta que terminaba la obra e iban a comprar yeso poco a poco, según las necesidades, y se lo llevaban a casa en sacos de arpillera en los que cabían doce hanegas; los sacos venían a pesar entre 45 y 50 kg.

La cal
La cal viva es óxido de calcio de color blanco y es la base de un gran número de minerales y rocas. Para poder conseguirla, el proceso era el mismo que para el yeso, pero la piedra era diferente en este caso; se encontraba en el monte de la “Cerrada”.

La cal constituía un elemento básico e indispensable para el pintado de fachadas y edificios en todos nuestros pueblos, también para desinfectar, para usos curativos, para combatir la patera del ganado, para tratar los toneles donde se había avinagrado el vino. Ya muerta, se empleaba como insecticida y para blanquear los mojones de las lindes.

La dureza del oficio y la poca rentabilidad, así como la competencia de otras empresas que se mecanizaron, hicieron que cada uno de nuestros protagonistas yeseros cambiara de trabajo