M.ª José Tejedor y Pilar Villarroya
El Fuero de Teruel menciona la actividad de los maestros de tejas y ladrillos y la de los maestros de ollas y cántaros, confirmándose por tanto la producción de cerámica destinada a construcción, así como la del uso de cantarería de torno y ollería vidriada e incluso, probablemente, la labor de producción manual dado que se cita la confección de tinajas; estableciéndose, para todas estas especialidades, medidas, precios y sanciones.
Los moldes utilizados eran muy simples y estaban confeccionados normalmente de madera. Se emplearon especialmente para la confección del ladrillo, el adobe y la teja.
En Andorra, antes de 1936, trabajaban cinco tejerías. Tres eran de los hermanos Capapé: Joaquín, Gregorio y Faustino, que las habían heredado de su padre, aunque más adelante se separaron. Las otras dos eran la del Tío Paco, cuyo encargado era el tío Fabregat (que no era de Andorra) y la del tío Rial, un hombre de Alcorisa que se casó con una andorrana y puso otra tejería aquí, junto a la carretera de Albalate. La del tío Fabregat, la de la Fuentecilla, estaba por donde el campo de fútbol. Las otras, las de dos de los hermanos Capapé, Gregorio y Joaquín, estaban en la llamada “Masadicas Royas”, subiendo a San Macario por el camino del Piagordo a la izquierda. La de Faustino estaba entre las calles Progreso y la de detrás. Pero después de la guerra solamente se quedó la de Faustino, que cogió su hijo Ángel, y la de Joaquín se la quedó el tío Mariano “el Tejero”, que era primo hermano de la madre de David Pariente. La del tío Rial despareció y la del tío Fabregat la cogió un valenciano, pero enseguida se puso a hacer helados y dejó la tejería.
Rafael Aznar, Tomás Gracia, Rafael Capapé y Lorenzo Pariente en la tejería de Andorra en los años 70.
[Foto cedida por Ángel Capapé]
Todas estas notas sobre las tejerías nos las dan David y Francisca Pariente Capapé, que son nietos de Faustino Capapé y, aunque nunca trabajaron allí, sí que David iba y se interesaba por todo lo que allí se hacía. “Yo era chico e iba a juguetear y a veces echaba una mano”.
David nos dice que las tejerías eran un complemento a la economía familiar, nadie vivía únicamente de eso, ya que sólo funcionaban con el buen tiempo, sobre todo en verano. “Con los hielos no se podía trabajar”. No era una industria como ocurre hoy en día.
En las tejerías trabajaban tres o cuatro personas, pero todas de la familia. David se acuerda de que su tío Ángel compró un terreno en los Paretones, y allí montó la tejería, pero en ella ya trabajaban tres o cuatro obreros y, en vez de quemar leña en el horno, ya quemaban carbón. Más tarde se trasladaron a la carretera de Albalate, (los terrenos los compró con el médico y con Tomás Baquer). La heredaron sus hijos y en ella trabajaban: Ángel Capapé Pariente, Rafael Capapé Pérez, Tomás Gracia (esposo de Dolores Capapé) y el sobrino, Rafael Aznar Pérez. Se ubicaba en los terrenos cercanos a la Andorrana y allí ya trabajaban con máquinas. Además, como gran novedad, iban chicas a trabajar. En esta ya arrancaban la arcilla con barrenos, la cargaban con una pala de excavadora y la traían en camiones.
David no se acuerda bien hasta cuándo duró, pero sí que nos dice: “Todo el material para construir el poblado se hizo allí”.
En los pueblos de alrededor también hubo tejería, en Albalate, Alcorisa, Calanda…
Pero vamos a remontarnos a las primeras tejerías y David nos cuenta cómo se trabajaba allí y cuál era el proceso.
En las tejerías de antes de la guerra, cada tejero tenía su terrero, que así se llamaba el sitio donde se sacaban las arcillas, y que pertenecía al municipio. Los Capapé lo traían de los terreros que había bajando el camino de la Cerrada.
Una vez allí se “trabajaba todo a mano, a pico y pala. Picaban un trozo de un cabezo, lo arrancaban y dejaban que se esponjara la arcilla y con un volquete la transportaban a la tejería”.
Una vez en la tejería la machacaban con un tisón porque la arcilla era granosa, no fina. La chafaban y la echaban a una pila de medio metro de alta por 2,50 de larga y 1 de ancha y allí la pasaban por una zaranda (porgador), no la amasaban porque ella sola se ameraba en la pila. La arcilla no debía tener piedras, ya que entonces no era buena y estropeaba las tejas, que se rompían al cocerlas.
Una vez amerada, “un hombre se metía en la pila remangándose los pantalones y con una azada la iba sacando, luego la llevaban al cubierto”. En la tejería tenían un pozo, canalizado con los tejones, desde el que llevaban el agua directamente a la pila.
Así, llamaban cubierto al sitio donde hacían las tejas, baldosas y ladrillos, ya que no lo hemos dicho antes pero en las tejerías hacían las tres cosas. El cubierto “tenía paredes, respaldo y cubierta,
la pared de detrás era de ladrillo o de adobas y por delante estaba abierta”.
En el cubierto estaba la mesa para trabajar, que era de madera pero tenía una chapa de zinc encima para que no se pegara la arcilla, también le echaban cenizas encima para lo mismo. Con la mano cogían la arcilla y la echaban en un marco y lo “hacían todo rasico”. El marco tenía la capacidad para una teja, es decir, echaban la arcilla justa para ella. Luego, “el abuelo la cogía, la giraba y la arcilla caía en la corbeta (que tiene forma de teja), la llevaban a la era, la sacaban del molde y la tendían. Esto lo solían hacer por la mañana y después de comer ponían las tejas derechas para que se secaran del todo, aunque ya estaban medio secas. Después se cogían de cuatro en cuatro y en línea se echaban al cubierto, donde las ponían empaquetadas, y más tarde se metían al horno”.
Tejería de los hermanos Alonso (“Los Tejeros”). Castelserás, años 40.
[Foto cedida por Herminia Alonso]
Con los ladrillos y baldosas el proceso era el mismo, pero el marco del ladrillo era rectangular, “los ladrillos eran macizos y había de distintos grosores, les hacían las marcas en el lado ancho con los dedos”.
Las baldosas tenían su marco, según los distintos tamaños. El brillo que alcanzaban era de la propia arcilla porque en “el marco se les pasaba un cuchillo muy fino y eso les daba el brillo”. Nos dice Francisca que “en casa de mi abuela, excepto la escalera, todo estaba embaldosado, como muchas otras casas de Andorra”. Nos cuenta también que las baldosas que había en San Macario eran de la tejería de su tío Gregorio y había un pie marcado en una de las baldosas, que era el de su hija Teresa”.
El horno tenía de luz más o menos 2,50 m y de alto, “también tenía altura, por lo menos 3 m. La tejería estaba en llano y tenía el monte detrás y se levantaba el horno un metro o metro y medio”.
David nos dice que el horno del tío Ángel era redondo, pero el resto de los hornos eran cuadrados. Éstos no tenían chimenea. Metían las tejas en línea alrededor y después ponían encima los ladrillos y las baldosas y, aunque las tejas no estaban cocidas, ni se rompían ni se chafaban, ya que se habían puesto a secar un poco en la era, como ya hemos dicho antes. Una cosa menos conocida eran los llamados tejones, “que eran tejas pero mucho más grandes, que se utilizaban para canalizar el agua en lugar de usar cemento”.
El material no tenía marcas, pero tanto los tejeros como los compradores distinguían las piezas por la calidad de la arcilla, que era diferente.
El horno no estaba a ras de tierra, lo encendían por la boquera con leña de romero, que muchas de las veces no se compraba, sino que se cambiaba por tejas o ladrillos. Nos dice David que se hacía “la carga de leña a tanto y el ladrillo a tanto y hacían el trueque”. No recuerda cuántas cargas de leña se necesitaban pero dice: “Cada hornada consumía muchas cargas”.
Cuando encendían el horno, le pegaban fuego a la leña y subían arriba y lo cerraban. David nos cuenta que se acuerda de cuando “éramos pequeños, estábamos en casa y veíamos al abuelo que había prendido el horno”.
De vez en cuando el calor “reventaba el horno” y David nos dice que arreglaban las grietas con la misma arcilla.
David no tiene idea de la temperatura que podía alcanzar el horno, pero se acuerda de que “una vez lleno el horno con las tejas, los ladrillos y las baldosas, lo cerraban con una loseta o placa y cubrían las junturas con arcilla y así estaban dos días con sus dos noches echando cargas de leña, se relevaban dos hombres para vigilar que el horno no se apagara y para evitar que el fuego fuera demasiado fuerte porque entonces las piezas salían negras y, si el horno alcanzaba una temperatura demasiado alta, el material se rajaba”.
El horno, arriba, tenía una boquerica, una ventana, y cuando se abría, se tardaba entre ocho y diez días ya que esperaban a que todo el material se hubiese enfriado. Un hombre, dentro, iba dando al de afuera por ella las tejas, ladrillos y baldosas.
Aunque en Andorra siempre hubo arcilla para las tejas no hubo, en cambio, alfareros. David y Francisca se acuerdan de la figura de un forastero que se llamaba Valentín, que trabajaba con su tío Ángel y hacía de todo, cántaros, cántaras, botijos, botijas, tinajas, “hacía preciosidades”, pero se fue y ya no hubo ningún otro.