por Josefina Coto y Pilar Villarroya
Ramón Bielsa
Gómez fue el último que en Andorra hizo sogas y
cordeles, pero también cabe destacar de su persona que formó
parte de las danzantes del Dance de Santa Bárbara. El oficio
le venía de su abuelo y su bisabuelo. Casado con Juana Mateo
Tomás tuvieron una hija, María, la cual no pudo iniciarse en
este oficio por ser aún pequeña cuando su padres todavía se
dedicaban a esta labor, “lo que le impedía dar vueltas a la
manivela de la rueda porque era muy pesada y tenían que
subirla a una piedra o banqueta para que llegara”, como nos
decía su sobrina Pilar Tello Mateo que fue la que más les
ayudó y nos cuenta ahora todo el proceso de fabricación de
una soga.
Ramón no sólo trabajaba haciendo sogas sino que, como era
muy habitual en aquella época, trabajaba en el campo y como
ayuda a la economía familiar hacía sogas.
Pilar les ayudaba todos los días hasta el año 1953 en que se
casó y Ramón y Juana dejaron el trabajo dos o tres años más
tarde.
Ramón tenía su taller debajo de la Malena, en la umbría
donde las Cuevas de Candela, al lado de la Ermita del Pilar.
La gente subía a verlo a propósito. Nos dice Pilar que su
tío Ramón se fijaba desde su taller de la Malena en quién
salía a trabajar más temprano y así sabía quién era más o
menos trabajador.
El proceso de fabricación de una soga requería mucha
paciencia, consistía en trenzar el cáñamo para transformarlo
en cuerdas de varios tamaños.
Lo primero que había que hacer era espadillar, que
consistía en separar la paja de las fibras del cáñamo, y
para ello se golpeaba el esparto con la espadilla (pieza
plana de madera con puntas), cuando ya estaba separado se
pasaba al segundo paso: rastrillar. Se rastrillaba
para separar las malas fibras de las buenas, las enganchadas
son las malas y se llaman “levada”y las buenas, que se
llaman “canal”, son las que se quedan en la mano. Con las
buenas se hacían las llamadas “piñas”, que era como una
madeja de cáñamo que utilizaba el soguero para empezar a
fabricar las sogas.
A continuación el soguero se ceñía esas piñas o madejas
alrededor de su cintura para empezar a trenzar la soga, para
ello usaba un trapo de paño para que las manos no se le
cortaran ni se le pelaran con el cáñamo.
Para empezar a trabajar tenía que enganchar las fibras del
cáñamo a unas poleas que giraban por medio de una rueda a la
que se le daba vueltas continuamente y sin perder el ritmo
“porque si no los hilos se rompían”. Al mismo tiempo que las
poleas giraban, el soguero iba andando de espaldas e iba
soltando fibra, que se iba hilando. Recorría más o menos
cien metros para hacer cada hilo. Hacía cuatro hilos y los
ponía otra vez en las poleas para volver a empezar y hacer
un cordón, y con cuatro cordones hacía la soga.
Después de cada paso había que pasar “como un estropajo de
malla para quitar las astillas o espinas del cáñamo”, así
quedaba mucho más fino. Se repetía la misma tarea con el
trenzado del cordel y de la soga.
Para hacer las sogas hacían falta tres personas, la primera
daba vueltas a la rueda, la segunda mantenía la tensión y la
tercera iba juntando los cordeles con un utensilio de madera
con cuatro ranuras en los extremos por donde pasaba los
cordones.
Al acabar se pasaba un trapo húmedo para limpiar la soga y
después se pasaba un puñado de cordeles para secarla .
Entre la rueda y el soguero, mientras iba andando y
tejiendo, había que poner “como unas estacas cada 10
centímetros para que la cuerda quedara al aire y no se
manchara”. Una vez seca la cuerda, se hacía un rollo y más
tarde se retorcía para hacer las madejas y se quedaban “bien junticas y estiradas. Cuando estaban ya enrolladas las
poníamos en sacos y las pesábamos”.
Pilar no se acuerda del precio de las sogas y nos dice que
se cobraban al peso: tantos kilos. a tanto y nos mandaban
muchas veces “recao” (nombre que recibe el trueque en
Andorra).
También nos cuenta “que había muchas personas que no podían
pagar con dinero y lo hacían en especies: patatas, miel,
alfalfa, etc.”
Ramón sólo hacía las sogas por encargo y las que más hacía
eran las gruesas para acarrear, que tenían 12 cm. de grosor,
12 varas de largo y un kilo y medio de peso.También hacía cordones para atar la mies, etc.
El ritmo del trabajo dependía de la prisa del que la pedía.
Normalmente “podíamos hacer, sin correr, tres o cuatro
madejas al día”.
A Ramón le traían el cáñamo de otros pueblos de la provincia
y le encargaban sogas no sólo los de Andorra sino de Teruel,
Monreal, Calanda, Montalbán, etc. “no creo que hubiera por
ahí sogueros”, nos comenta Pilar.
Después de haber hablado con Pilar nos hemos podido percatar
del trabajo tan meticuloso y elaborado que conlleva el
proceso de este apero tan sencillo y común en nuestra
cultura.
Pero hoy en día, aunque las cuerdas se siguen haciendo y
utilizando, el proceso de fabricación ha pasado de ser
manual a un proceso industrial, en donde el contacto de las
manos del hombre con el cáñamo es sólo anecdótico, perdiendo
el encanto de este oficio.