Las lecheras

por Pilar Villarroya y María José Tejedor

Centro de Estudios Locales de Andorra Teruel

La leche siempre ha sido un artículo de consumo imprescindible aunque, así como ahora la tenemos al alcance de nuestra mano en botellas y tetrabriks, antiguamente no todos la consumían diariamente ya que era considerada un artículo de “lujo” y se reservaba para los niños y los enfermos. Distinguimos entre leche de cabra y leche de vaca; en este artículo nos centraremos en los cabreros y los queseros. En Andorra nadie se dedicaba en exclusividad a estos trabajos.
Entre esas familias que poseían cabras están la de Mercedes Tello Blasco y Pilar Alquézar, que con más de 80 años nos han contado su vida.
Respecto a la leche de cabra, hemos podido dialogar con Pilar Alquézar, que nació el 5 de junio de 1922, y con Mercedes Blasco, nacida el 24 de septiembre del mismo año, ambas dedicadas en su niñez a la venta de esta leche para ayudar en la economía familiar. El número de cabras dependía de las familias; en casa de Pilar llegaron a tener 120 y “a todas conocían” y en la de Mercedes, unas 40. Se compraban en la plaza cuando venían a venderlas desde Murcia o se iban a comprar a pueblos cercanos. Pastaban por el campo, comían de todo, y se ordeñaban por la mañana justo antes de vender la leche, tarea que llevaba a cabo la madre y cuyo proceso consistía en ordeñar, colar e introducir en lecheras, unas veces de aluminio y luego de porcelana.

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Pilar vivió entre mases, en el campo, “criando chotos, vacas…” hasta que se casó a los 24 años. La vida entonces era dura, como recuerda: “a los 7 años me mandaban con la burra sola a vender leche […], iba andando tirando de la burra. Al volver me subía, me tumbaba y me dormía y la burra me llevaba ella sola a la masada. ¡Cómo me van a gustar los animales y el campo. Todos los domingos con las cabras; me ha tocado llevar cabras y reses, hacer leña y emparejar ramos de impelte…”. También añade de manera nostálgica que aquella burra murió un día de tantos cuando atravesaba la vía del tren. Mercedes vivía, sin embargo, en el pueblo, “enfrente del horno donde hicimos un cuartito para vender la leche”.
Empezaron a llevar leche más o menos a los ocho años de casa en casa, en una jarra grande de asa que luego se medía con “cacharritos más pequeños”. Mercedes salía de la escuela e iba a repartir la cantidad de leche estipulada de antemano, aunque a veces le pedían más de la que habían encargado y no tenía bastante. Pilar añade que “había días que teníamos la clientela cogida y alguna iba a casa a buscarla”. A veces también llevaban la leche a la tía Manuela, “la caminera”, madre de Plácida, que vivía en el “barriodux”, cerca de la fuente del lugar. El barredux nos dice Pilar que iba desde la plaza del Regallo a la fuente del Lugar. “Manuela nos compraba todo el cántaro, ella tenía unos más grandes con la boca más ancha, los nuestros eran más pequeños y con la boca más estrecha y, aunque se la vendíamos más barata, no perdíamos nada. Dejé de vender leche después de la guerra, cuando me casé. Más tarde, se puso mi madre enferma y repartí otra vez hasta que le dije: Si quiere tener cabras, tenga, pero yo no repartiré la leche, la tiraré por la fregadera. Entonces mis padres se quitaron las cabras y mi padre se murió.”

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Todos conocemos las propiedades de la leche, esenciales en aquella época en la que no había apenas medicamentos para remediar enfermedades que hoy en día se curan con una simple aspirina. Mercedes recuerda que sacaban una cabra, la subían al banco de la fuente del lugar y se la daban a los chicos con gripe, ya que de este modo morían menos. También se necesitaba en aquellas casas donde había bebés huérfanos, como sucedió durante la guerra que vivieron Mercedes y Pilar.
Ninguna recuerda cuánto costaba el litro de leche. Durante la colectividad se intercambiaba por “papelicos del comité”. Lo que sí recuerda Mercedes es que durante la colectividad tenían que pasar cuentas todos los días.
Era habitual acompañar la venta de leche con otras tareas, como subir leña, hacer requesones y quesos pequeños cuando sobraba leche, sobre todo aquéllos que vivían en las masadas como Pilar. Cuenta que hacían cuando se iban a Valdebillido unos 14 ó 15 quesos e iban a Albalate, Alloza y Samper de Calanda un día sin otro a venderlos y subir leña a cambio de atún, aceite y chocolate cuando no había dinero. En uno de aquellos viajes, nos dice, “me tumbé en medio de la carga de leña y se creían que estaba muerta, helada, con nueve años”.

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A pesar de que la fabricación de queso era algo habitual, nunca se comercializó, de tal modo que no conseguimos tener ningún “queso famoso” en nuestro pueblo, como ha pasado en Tronchón, por ejemplo.
Sin embargo, no podemos terminar sin señalar que sorprendentemente todavía hay familias que siguen manteniendo la tradición del “queso casero” y de la leche “verdadera”; pero eso es otra historia de oficios revividos...
El oficio de lechero es muy antiguo. Sin embargo, nada tiene que ver el trabajo de lechero de épocas pasadas con el lechero contemporáneo. Los piensos y las ordeñadoras mecánicas han desplazado a las manos del hombre, que tanto elaboraba la comida de las vacas como las ordeñaba manualmente.

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Hasta los años 70, numerosas familias poseían vacas en el pueblo, en su mayoría para consumo propio: el Peco, el Carrasco, el Tostodia, el Chulo o los Cones. Nos cuentan que las primeras vacas fueron las del abuelo del Valero, familia que hoy en día posee una carnicería. Aunque alguna de ellas, como la del Chulo o el Con, se dedicó a vender y distribuirla además de criar terneros. Ellos nos han contado cómo era su día a día como lecheros.
Se solía empezar comprando pocas vacas, la "herramienta" fundamental, y lo habitual era tener unas doce. Sin embargo, algunos, como los Chulos, aumentaron considerablemente el número y se dedicaron plenamente al trabajo de las vacas, a la extracción de leche y la cría de terneros.
Mª Luz Abellán Aznar nació un 30 de diciembre de 1933; fue la última en vender leche directamente de sus vacas en Andorra, sin envasar ni hervir. Todavía conserva, junto a la casa donde actualmente vive, la cuadra de las vacas, con los comederos, medidores de leche y una antigua ordeñadora eléctrica colgada en el techo llena de telarañas que recuerdan el paso del tiempo.
Luz, como todos la conocen, se casó con Enrique Bielsa Gracia, quien al regresar del servicio "se puso a trabajar con vacas". Ejerció como lechera desde que se casó con él, además de dedicarse al campo. Tuvieron dos hijos, Angelines y Enrique, este último optó por ser agricultor y ganadero como su padre. Su madre recuerda que "aprendió a ordeñar siendo bien pequeño y desde los 10 años ayudaba a su padre en esa faena".

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Tuvieron una docena de vacas, e incluso un toro para criar terneros, con los que "ganábamos más vendiéndolos cuando comenzó la competencia de la leche envasada". Enrique ordeñaba a mano mañana y tarde, mientras Luz vendía la leche: "por las mañanas de nueve a diez vendía en un despacho y luego por la tarde en casa; vendíamos mucha; era muy buena, no llevaba casi nada de agua, no como la de ahora…" Compraron ordeñadora eléctrica, pero "como con la mano, nada", apuntaba Luz. Cuando su marido cumplió 60 años se jubiló y también cerraron el despacho donde vendían la leche, lo que a más de uno costó un disgusto, a pesar de las leches en tetrabriks.
Como ocurría para la mayoría de las familias, la "tierra daba poco y mal", así que muchos como Luz y Enrique optaron por tener vaquería. Es el caso también de Macario Quílez, el Chulo, y su familia, que se iniciaron con cuatro vacas que "compré en Híjar por 20.000 pesetas todas" y llegaron a tener hasta cuarenta. Las compraban en Letux, al Marqués de Quinto, y en Valfagón de la Puebla, quienes a su vez las traían de Santander. Recuerda el duro trabajo, de siete días a la semana desde los 16 años. Macario es hijo de Rosa Lisbona y Juan Quílez. Tenía un hermano, Juan José, que murió muy joven, con el que comenzó la vaquería y que sería el que se dedicaría plenamente al negocio. "Él al reparto y yo al negocio", apunta Macario.

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Macario recuerda la dureza de aquel trabajo, que nunca terminaba: alimentar, extraer la leche, ayudar a parir a las vacas, ir a comprarlas, buscar el pienso en un camión que compraron, que también utilizaban "para lo que salía". Su mujer recuerda que más de un domingo, en los que solía haber baile, cuando aún eran novios, ella se quedaba sola porque él tenía que ir a ordeñar las vacas a la granja: "no había horario, ni días de descanso, por eso, al final, decidió dejarlo". Éste era el proceso, simple y rutinario: la jornada empezaba a las 5’45 de la mañana y Macario recuerda que ordeñaban unos 400 litros de leche diarios. Había vacas que daban 20 litros al día e incluso "las buenas buenas, hasta 40", como una que tuvieron. El año 1979 fue el último año en el que Macario recuerda que su familia dejó de vender leche de este modo.
El reparto se llevaba a cabo a diario. La leche recién ordeñada en calderos de zinc se introducía en "cantaros" con los que repartían la leche de casa en casa, al principio con una vespa y un cantarito; también vendían en casa. Los cántaros más grandes tenían capacidad para 50 litros de leche, de los que se extraía la leche solicitada por el comprador con unas lecheras de cuarto, medio litro, un litro y litro y medio, que eran las medidas más comunes. Normalmente, los clientes acudían con pequeñas lecheras de su propiedad a

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recoger esa leche, recipiente hoy en día en "vías de extinción" por estar en desuso desde que desapareció el "lechero" en el pueblo. El litro costaba 3’50 pesetas, "lo más que costó hasta 5 pesetas". La clientela solía ser fija, y cuál era su interés que en muchas ocasiones les recordaban: "a mí no me dejes sin leche", o, cuando esto sucedía, les aconsejaban: "haberle echao una chorrada más de agua".
Actualmente no hay nadie que compre leche directamente al granjero; la forma de vida y los controles sanitarios son algunas de estas causas. Los que hoy tienen vacas se dedican a la cría de terneros, no a la extracción de leche como negocio.