Esquilador

por María José Tejedor y Pilar Villarroya

Centro de Estudios Locales de Andorra Teruel

Esquilador es aquella persona que tiene por oficio esquilar, y esquilar es cortar el pelo, vellón o lana de los ganados y otros animales según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Trabajo duro donde los haya, daremos aquí cuenta de otro de aquellos viejos oficios que poco se ha transformado y que sigue todavía vigente por necesidad.
En Andorra se dedicaban al esquilo el tío Juan Antonio el Laso, el tío Juan el Zapo, el padre de José el Peloestopa y la familia de Macario Félez Alquézar, nuestro protagonista esta vez.
El esquilo, o acción y efecto de esquilar, es un trabajo que comienza a mediados de mayo, por San Isidro, y se extiende hasta finales de junio, porque si no las ovejas pasan frío o se queman.

Se esquilaban tanto las ovejas como las caballerías. Sin embargo, la técnica y los instrumentos eran diferentes, como a continuación mostraremos, según nos describe Macario.
Hay que esquilar, porque el animal bien esquilado trabajará mejor. La no presencia de pelo evita el sudor y todos los problemas que éste puede originar; entre ellos, y como uno de los más importantes, el frío: la gruesa capa de pelo retiene el sudor y tarda mucho tiempo en secar.

La lana que se quita a las ovejas se llama vellón y cada vellón viene a pesar dos kilos. “Antes se utilizaba mucho, para todo: para ropa, para mantas, para rellenar los colchones... Ahora se tira. Y si pudieran, la quemarían, pero no arde”, explica Macario.

Las razas de oveja que llegó a esquilar fueron la ojinegra, la marina y la paloma. Estas dos últimas tenían más y mejor lana que las ojinegras, “de estambre”. La recogían los amos y la vendían, se llegaron a pagar 95 pesetas por kilo.

Macario retrocede en el tiempo para diferenciar la forma como lo hacía su padre con su familia, a tijera, y la época en la que trabajó él con su padre y sus hermanos, ya con máquina “a manil” primero, y máquina eléctrica después (como muestran las fotos). “Esquilar a tijera es un arte; yo ya no esquilé a tijera”. Formaban un rancho de unos siete u ocho integrantes, que se repartían las ganancias. Se cobraba por el número de cabezas esquiladas. Al principio se desplazaban al lugar donde se encontraban los animales, hasta el corral, “en burro”, recuerda. Allí les daban de comer los dueños. “Lo mejor era el vino tan bueno que nos traían los pastores”. Luego, cuando se utilizaban las máquinas eléctricas, los animales se desplazaban hasta el pueblo.

El procedimiento era el siguiente: en el caso de las ovejas, una a una eran tumbadas y atadas de patas para ser inmovilizadas, tarea que recaía en el dueño. A continuación, el rancho de esquiladores se repartía el trabajo: dos esquilaban, uno “abriendo” por la cabeza en el caso de las ovejas (tarea que siempre llevaba a cabo el padre de Macario) y el otro esquilaba al animal, mientras los demás afilaban los instrumentos, los reparaban o curaban a los animales que resultaban heridos; se les frotaba con carbón (hollín) para evitar que se les infectaran los cortes, hollín que los propios esquiladores traían o que el dueño les proporcionaba.
Las caballerías requerían otra técnica; se afeitaba entre varios, uno por cada lado. Se marcaban con unas tijeras, por las ancas y el rabo, y se empezaba a esquilar.

Centro de Estudios Locales de Andorra Teruel

Nació Macario Félez Alquézar, apodado el Esquilador, el 30 de octubre de 1945 en Andorra. Macario, nombre masculino derivado de "makar", significa "aquel que ha encontrado la felicidad". Y haciendo honor a su nombre, con una gran sonrisa, nos recibió en su museo particular: una cochera llena de aparejos del campo dispuestos por las paredes y conservados en un estado casi perfecto, lo cual nos descubre a un hombre nostálgico, marcado por las experiencias de los duros años que dedicó al campo y al ganado.

Macario comienza su charla recordando a sus padres y mostrándonos todos los instrumentos que guarda, testigos de otro tiempo.

“Mi madre se llamaba María Quílez, murió a los 88 años; y mi padre, Agustín Félez Conesa, a los 87. Yo soy el pequeño de cuatro hermanos: Agustín, Ángel y Cristina”.

¿Cómo y cuándo aprendiste el oficio de esquilador?
Mi padre era esquilador; se dedicaba a la tierra y al “ganao” hasta que llegó la Calvo Sotelo, en la que entró a trabajar y se jubiló a los 60 años. Él me enseñó el oficio desde niño; cuando valíamos, a esquilar. Siempre esquilábamos los cuatro juntos.

¿Te hubiera gustado dedicarte a otra cosa?
Yo quería estudiar. Mi último maestro fue Don Lorenzo, con 10 años; estuve un año en los Salesianos y con 11, sin graduado, lo dejé y aprendí a esquilar por necesidad. Yo quería para cura, para haber tenido más estudios, pero mi padre no me dejó. Y si no había trabajo en el campo, a plantar pinos para el Estado; y si no, a hacer cargas de leña para los hornos, para el tío Amadeo y la tía Casimira.
Con 18 años aprendí a llevar la primera pluma del pueblo. Me llamaron para marchar a Mora de Ebro para llevar una y cuando se lo dije a mi padre me contestó: “Mira el aro de la puerta”, que significaba que si me iba, que ya no volviera. Así que me quedé y hasta que entramos a la Calvo Sotelo; mejor picar que esquilar. Yo entré en 1964 y me prejubilé con 48.

¿Cuándo y dónde llevabais a cabo el esquilo?
Nos contrataban para segar y esquilar en la Sierra. Una vez en la mina, esquilábamos durante las vacaciones; a veces no podíamos atender todas las cabezas porque se acababan las vacaciones, así que las terminábamos a domingos. Desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche, parando a comer. Perdíamos kilos, era mucho trabajo.

¿Qué animales esquilabas y cuál era la técnica?
Me ponía en una silla para llegar…, para esquilar a los machos. En 10 minutos acababa. Para empezar le hacíamos una raya con la tijera en la barriga para marcar al animal y seguir cortando.
Yo afilaba las herramientas; me dejaba los dedos con las cuchillas. Mi padre “abría las ovejas”. Empezar y el rabo era lo más complicado. Yo las contaba. Como era el pequeño hacía de todo, lo que mandaban, era el comodín: afilaba, esquilaba, hacía cabecera…

¿Lo más duro?
Estar “amagao”. Desde entonces, tengo la espalda…, llevo faja.

¿Cuántas cabezas esquilabais?
Llegamos a esquilar 5.000 cabezas, que venía a ser un ganado; nos costaba 15 ó 20 días. Unas 500 al día. Íbamos al mas de Tarín, de la tía Ángeles la Gallana, al Caño, del tío Zagal, y al Perle, del tío Cani.

¿Cuándo dejaste de esquilar?
Hace 28 años que esquilé el último burro de Antonio Villanueva el Paulino.