por Josefina Coto y María José Tejedor
El oficio de
colchonero fue común para todas las poblaciones, por dos motivos: el
uso de los colchones y la sencillez, tanto del proceso de
fabricación como de los materiales y herramientas necesarias
para su elaboración.
Rosa Tello Gracia, nacida el 13 de enero de 1915 ,y Rafael
Planas Montañés, el 24 de octubre de 1912, han tenido tres
hijos, Juliana, Manuel y Rosa María.
Rosa se inicia en esta labor desde niña, pero empieza a
confeccionarlos para los demás cuando comienza la Guerra,
como muy bien nos explica: “en casa los hacíamos con mi
madre, pero por ahí empecé el año de la Guerra, porque mi
marido estaba por el mundo, y la situación me obligaba a
aceptar cuando me llamaba alguien”.
En esta época, recuerda que la tía Agustina la Raja la llamó
para encargarle un colchón, y le dio como pago una comida de
garbanzos más seis reales de jornal.
Los primeros colchones que confeccionó fueron los suyos y
los de su familia. Al principio, Rosa hacía el trabajo sola:
“cuando mi marido Rafael quedó parado de la mina de Cañada,
decidimos trabajar juntos, entonces se vino conmigo, aunque
al principio le daba vergüenza. El hacía los vareos, y
después yo los cosía y ponía la vetas (1)”, nos aclara.
Rosa dejó de hacer colchones hace cuatro años como
consecuencia de la rotura de una muñeca.
Podemos decir que las funciones de la colchonera eran dos:
hacer colchones y su mantenimiento (cada cierto tiempo
precisaba ser descosido para poder así quitarle el polvo y
suciedad).
Para la fabricación del colchón los materiales necesarios
son la lana, tela e hilo de dalia o corcel y las
herramientas que se utilizaban agujas y vara.
Rosa nos explica el proceso. Primero se vareaba la lana: “si
no era nueva - nos cuenta- se utilizaba un somier de caracol
sobre el cual se vareaba y, como tenía agujeros, caía todo
el polvo abajo, mientras la lana quedaba limpia”. Después se
extendía en el suelo la tela del colchón, pero no
directamente sobre el terrazo, “poníamos una manta de trapo
de esas que había en los somieres”. Seguidamente se colocaba
la lana: “a mí me gustaba poner la más menuda en el medio”.
Cuando ya estaba bien distribuida, había que cubrir la lana
con la parte de tela no utilizada en la base, de tal forma
que las puntas de arriba y abajo quedaban al mismo nivel. En
ese momento comenzaba la tarea de unir las dos partes. Para
evitar que la lana se saliera, Rosa sujetaba las esquinas
con imperdibles, después, se unían la cara superior e
inferior, doblando hacia el interior el pliegue, para, a
continuación, comenzar alrededor a coser el colchón puntada
a puntada y acabar en las esquinas. Por último, se procedía
a pasar las vetas por los ojetes (2), cuya función era la de
obtener una mejor distribución y presión de la lana, y por
lo tanto mejor forma y cuerpo para el colchón, que, al
principio, había que hacerlos y luego ya venían las telas
con éstos hechos. Los ojetes eran dobles en las dos caras
del colchón y su número dependía del tamaño del mismo: en
las camas de matrimonio eran doce y en las camas más
pequeñas ocho, normalmente.
Para ello se utilizaba una aguja más fuerte, cuyo recorrido
era el siguiente: se introducía la aguja por el ojete de
arriba, atravesando la lana para salir por él de abajo,
realizando la misma maniobra, pero en sentido contrario, en
el ojete de al lado. El siguiente paso es el de atar los dos
cabos de la veta con la presión deseada, repitiendo la misma
función con los restantes pares de ojetes. Después de todo
este proceso, lo único que nos queda es colocar el colchón
en el somier correspondiente, tarea que como recuerda Rosa
“si no había gente joven tenía que subirme el colchón al
hombro y llevarlo a donde lo tenían”.
Normalmente, el vareado de la lana se realizaba en un lugar
cerrado o resguardado para evitar que el aire se llevara la
lana.
Explicado el proceso de fabricación, debemos dejar claras
otras cosas interesantes. Por ejemplo, la vara habitualmente
era de sabina, pero Rosa y Rafael la utilizaba de mimbre
“porque son más lisas y no enganchan tanto”, puntualiza.
Además, los colchones tenían distintas formas y tamaños; en
cuanto al tamaño, el más grande requería poco más de tres
arrobas (3) de lana. Sobre las formas podemos hablar de dos
tipos: el normal (descrito) y de reborde (a la inglesa). En
el segundo caso, había que hacerle un reborde en la parte
superior e inferior del colchón, y además tenía más
agujeros, de tal manera, que las camas ofrecían mejor
presencia.
El precio de esta clase de colchón era diferente: “el
hacerlo a la inglesa se cobraba un poco más porque el
reborde se cosía después de estar hecho el colchón, cogiendo
la tela con la lana”, de lo que se deduce que el tiempo y la
dificultad de la labor eran mayores.
No nos podemos olvidar de las telas que se utilizaban. Las
había de diferentes estilos. Según Rosa, lo normal es que
fueran de rayas con diferentes combinaciones, aunque la
mejor era la “mascada”(tela con dibujos grandes y
brillantes, o “adamascada”).
Rosa Tello fue la última colchonera de Andorra, pero no era
la única que fabricaba colchones: La Madada, La María
Juaquina, tía Antonia, tía Eulalia, tía Acenacha y tía
Esperanza.
A pesar de la evolución tecnológica en este campo, es
gratificante decir que las hijas de Rosa, en contra
corriente de los avances sufridos, siguen utilizando
colchones de lana y lo más esperanzador, continúan
haciéndolos para sus casas. Esto permitirá que el legado de
nuestros antepasados tarde más tiempo en olvidarse.
(1) Vetas: trenzadera
(2) Ojetes: orificios o agujeros con remaches metálicos o de
tela que tenían algunos colchones, situados de forma
paralela arriba y abajo
(3) Arroba: 12,5 kg