por María José Tejedor y Pilar Villarroya
Lorenzo Galve
Aznar nació el 12 de agosto de 1920 con el
oficio ya elegido por su abuelo, que era albardero; cuando
su madre estaba embarazada su abuelo Marcelino Quílez dijo:
“si es chico, será albardero”. Se casó con Amparo Ginés
Ciércoles y tienen dos hijos, Lorenzo y Jorge, nacidos
cuando el oficio de su padre estaba desapareciendo.
Lorenzo nos cuenta que a él le enseñó su tío Juan, hermano
de su madre (la Capacera), porque su padre no sabía.
Había comenzado de niño a aprender el oficio, pero llegó la
guerra y este aprendizaje se interrumpió: “Yo había
empezado, pero no sabía nada”. Entonces Lorenzo y su familia
se desplazaron a Cataluña y cuando volvieron el 29 de mayo
de 1940 todo el pueblo y los pueblos de alrededor estaban
faltos de aperos: bastes (1), collarones (2), fieltros
(3)... y los
vecinos lo animaron: “tienes que trabajar de albardero”. Sin
embargo, nos cuenta que “no sabía dar ni una puntada porque
de chico no te hacías, así que tuve que deshacer un baste y
un collarón, punto por punto para sacar los patrones”.
Los materiales necesarios eran:
Ramas de latonero, que iba a cortar él mismo a Urrea: “Tenía
que bajar, porque en Andorra no hay, y cortarlos por la
mitad de la muñeca.” Los compraba por docenas, de cada palo
de latonero le salían unos dos arquillos. Los arquillos
medían entre 1,20 y 1,30 de largo. Había que preparar las
ramas de latonero: “Los palos llevaban su trámite, había que
cortarlos, subirlos aquí y después irnos con la familia al
monte, al mas y calentarlos en una hoguera para poder
doblarlos. Se cogían los palos por el medio y les ponías el
pie en el centro y con una sueca (4) les sacabas la punta.
Había que dejarlos secar hasta el otro año y ya bien secos
trabajar, con el palo verde no se podían hacer”.
Lana. Se utilizaba la peor que había: “deshacíamos las
colleras o fieltros viejos, sacabas la lana que estaba preta,
preta, la esparpellabas (5) y luego la vareabas; siempre
faltaba y tenías que pedir a la dueña, pero no le gustaba
porque tenía que deshacer alguna almohada”.
Pieles, que eran de caballerías: “me avisaban que había una
caballería muerta y al amanecer, antes de que llegasen los
buitres porque si no ya no valía, ya estaba yo allí para
espelletarla (6). Las pieles había que secarlas en una tranca y
tenerlas a remojo dos días con sus noches para poder
coserlas. Yo las remojaba en los Hortales”. Las pieles se
sacaban con un cuchillo y una piedra de pico llamada lasca.
Lorenzo iba a buscarlas y espelletarlas con su madre, ni su
mujer ni sus hijos lo ayudaron nunca: “En 20 minutos lo
hacíamos, poníamos al macho patas arriba y por los lados a
darle: primero las patas, luego el cuerpo y por fin la
cabeza. Teníamos que sacar la piel entera y así podíamos
hacer dos albardas”.
Paja de centeno, la más elástica y fuerte, que recogían en
las eras. El grano, como nos cuenta, “lo dejábamos para el
dueño”.
Y finalmente, un par de metros de lienzo.
En cuanto a los instrumentos que utilizaba eran pocos y
sencillos: “Tres o cuatro agujas más o menos gordas y otras
más delgadicas y para meter la paja, una barra de hierro
larga con un redondico en la punta”.
El proceso era el siguiente:
Primero había que construir el esqueleto de la albarda, que
se componía de una tela de arpillera, distribuida en dos
costillas (7) rellenas con la paja de centeno. Seguidamente se
adoptaba la forma del costillar con los dos arquillos del
latonero en cada extremo: el de delante en pico, y el de
detrás redondo. A continuación, y adoptada esta forma, se
superponía una tela de lienzo rellena de lana (cada albarda
estaba rellena de seis kilos de este material). Finalmente,
todo se cubría con una piel de caballería, cosida, que
cubría el esqueleto.
Aunque como albardero su trabajo consistía principalmente en
hacer bastes, además construía fieltros, que se hacían de
dos en dos y tenían sobre 1,20 ó 1,30 de largo, sujetos al
jubo (8) (como era más corriente llamar al yugo), que se utlizaban para labrar. Y también collarones para trillar:
“Aún tengo uno nuevecico sin estrenar que no se vendió”.
El collarón llevaba una almohadilla para que no le pegara la
trilladera al macho. Para los collarones y fieltros no se
usaba la piel de caballería porque era muy recia, se usaba
piel de cabra.
Lorenzo nos cuenta que vivía sólo de eso: “ suerte que
cuando vine de la guerra pesqué todos estos pueblos sin nada
y tuve que hacer bastes para Crivillén, Alloza, Albalate,
Híjar. En Híjar y Albalate los vendía al guarnicionero y él
los volvía a vender, pero en Crivillén y Alloza los cogía,
ocho o diez bastes en cada lado de la burra blanca de mi
padre, y los llevaba allí”.
Subía las albardas con las dos almohadillas ya compuestas
para rellenar de lana, coserlas y ponerlas encima de la
caballería, porque se hacían casi a medida. “A veces subía
con 20 ó 30 albardas. Llegaba a Crivillén y echaban un
bando”. Y entonces Lorenzo tomaba la medida de machos,
burros y mulas, que no variaban mucho.
El precio de los bastes al principio era de cinco duros y al
final, los últimos, de trescientas pesetas.
Lorenzo dejó de hacer aparejos “cuando llegaron los
tractores y las caballerías se marcharon”, más o menos hace
40 años.
No sabe a ciencia cierta cuánto tiempo tardaba en hacer una
albarda porque las hacía en serie pero “si me ponía a hacer
una la acababa en un día”, nos dice.
No necesitó un lugar especial para realizar su trabajo. Al
principio trabajaba enfrente de casa Alcalá (Calle Aragón,
junto al monumento al pastor de Andorra) y al final en el
patio de casa de su madre.
Para trabajar se ponía un delantal que se fabricó él mismo,
abierto por el medio para poder meter las piernas, y una
especie de dedal cubriendo la palma de la mano.
Como curiosidad, y según las necesidades y demandas, también
Lorenzo hizo albarcas, y en alguna ocasión elementos de
correaje, labor que pertenecía específicamente al
guarnicionero, otro de los oficios perdidos que relataremos
en sucesivos números.
(1) Baste o albarda, del latín BASTARE. También encontramos
en el María Moliner la denominación de basto, que eran las
almohadillas que forman el lomillo o parte superior de la
albarda.
(2) Collarón y collera eran dos aperos que se le colocaban
al macho alrededor del cuello,el primero usado para trillar
y el segundo para tirar del carro.
(3) Fieltro, de origen germánico. Material semejante a una
tela gruesa y rígida, hecho prensando lana.
(4) Sueca, cepa o tocón, del latín SOCCUS
(5) Esparpellar o esparcir. Había que separar la lana que
estaba prieta.
(6) Espelletar o despelletar como se decía en aragonés que
es quitar la piel.
(7) Costillas, reciben su nombre de la parte de la res en
que se asienta la albarda.
(8) Jubo era el nombre que se le daba al yugo.En realidad
jubo sólo era la correa del yugo. Yugo es la pieza de madera
que se sujeta al timón del arado a la que se uncen por la
cabeza las mulas que forman la yunta.