por Alfonso Lázaro Lázaro y Rafael Yuste Oliete
Decía Freud, hace ya muchos años, que todo hombre es su
infancia. Y, en alguna medida, no le faltaba razón. Hoy
sabemos que estudios recientes de distintas disciplinas, tales
como la Psicología, la Pedagogía o las Neurociencias, matizan
en gran medida aquella afirmación. El ser humano viene al
mundo con unas predisposiciones genéticas que confrontadas con
el medio en el que se desenvuelve, especialmente el social,
originan un individuo con una capacidad de adaptación
portentosa.
Los intercambios de los primeros años con ese medio le empujan
en una dirección determinada que, unida con las
características de su propio temperamento, conforman una
manera peculiar de pensar, de sentir y de actuar en el mundo.
La plasticidad cerebral del ser humano que crece irá tejiendo
redes neuronales no sólo capaces de aprender de la experiencia
sino, sobre todo, dotadas de la posibilidad de anticipar lo
por-venir. La predicción es la función primordial del cerebro
y la que constituye la conciencia y nunca tiene fin. Podemos
seguir esculpiendo nuestro cerebro desde la infancia hasta la
vejez, si bien en grados distintos y con acciones
diferenciadas.
De la infancia, pues, de los territorios y paisajes de esa
época de la vida trata este escrito. Y de Alacón, pueblo en el
que vivieron sus infancias los autores de estas líneas y que,
en mayor o menor medida, marcó sus vidas.
Algunos datos para su ubicación
Alacón, topónimo preindoeuropeo, según se cita en la
Historia de Aragón de D. Antonio Ubieto (1984), se alza en
lo alto de un cerro, a 702 metros de altitud, con las casas
mirando al sur protegidas por la ladera de una particular
colina, casi mágica para los alaconeros, de la que después
hablaremos. Dista 118 kilómetros de la capital de la provincia
y el desplazarse hasta allí, hasta hace bien pocos años,
suponía efectuar un viaje casi eterno. Recordamos todavía el
autobús que salía desde Muniesa, el Rosendo se llamaba
(era el nombre del que lo conducía), y recorría la carretera
de Baños de Segura, pasando luego por el puerto Mínguez,
después por Pancrudo… hasta llegar a Teruel. En algunas
cuestas de ese puerto casi teníamos que bajar para aligerar la
carga y hablábamos con los que iban a vender sus gallinas o
sus conejos a la feria del pueblo de arriba. Prácticamente se
pasaba el día hasta que llegábamos a la capital. Hoy el viaje
es más rápido y las carreteras han cambiado mucho.
El término municipal de Alacón ocupa una superficie de 48
kilómetros cuadrados y linda con los de Ariño, Muniesa y
Oliete. La mayor parte se dedica a cultivos extensivos de
secano (cereales), con una huerta escasa que se riega a añadas
con el agua de la balsa de San Miguel y de algunos manantiales
del Barranco de La Muela.
La evolución de la población ha seguido procesos parecidos a
los pueblos cercanos y resultan muy llamativos. Decía Madoz en
su Diccionario, hacia mitad del siglo XIX, que en
Alacón había 150 casas, 143 vecinos y 574 almas. La evolución
en el siglo XX fluctúa desde los 894 habitantes en 1900,
pasando por los 1.001 en 1930 y los 1.038 en 1950 (el número
máximo), hasta los 483 en 1991 y los 428 inscritos en el
Padrón Municipal a 1 de enero de 2004, según el Instituto
Aragonés de Estadística (IAEST).
Un vistazo a la pirámide de población estremece y hace pensar,
inmediatamente, en un futuro incierto. La evolución del censo
de población entre el año 1900 y el 2001 traza una línea
descendente y la evolución demográfica por sexo, de igual
manera. En el censo del año 2001, el 10% de las personas
tenían entre 60 y 64 años; más del 20% de los habitantes entre
65 y 69 años, y el 25% entre 70 y 74 años. Es decir, que casi
el 60% de la población está jubilada o próxima a la
jubilación. Los nacimientos son una excepción y los jóvenes
prefieren un sueldo básico en Zaragoza antes que continuar el
negocio o la actividad de los padres. No hay pueblo que
resista con estos porcentajes. Si la situación no se remedia,
una infinita tristeza recorrerá la huerta y el secano de
nuestro pueblo.
Quizás se puede albergar la esperanza de que personas de otras
latitudes se instalen en Alacón, con las dificultades que eso
conlleva, y contribuyan a que el pueblo perviva más allá de lo
que los datos anteriores anuncian. Pero una atenta mirada a
los movimientos migratorios cercena la esperanza. Según datos
del mismo IAEST, en el período comprendido entre los años 1991
y 2004 se han producido los siguientes movimientos. Han
llegado al pueblo 112 personas y se han marchado del pueblo
136 personas, con lo que el saldo migratorio del conjunto de
estos años arroja un saldo negativo de 24 personas menos.
Datos desalentadores. Y es que Alacón es uno de tantos pueblos
de interior a los que no se suele llegar por casualidad. Por
este rincón del mundo no pasan las carreteras, acaban en él.
Quizás este hecho ha contribuido a que nuestro pueblo
estuviera un poco más aislado que los de alrededor. Cuentan
nuestros padres que después de la guerra había que ir a
esperar el correo al casetón emplazado en el empalme con la
carretera de Muniesa, a casi dos kilómetros del pueblo. La
llegada del correo, en nuestra infancia, era todo un
acontecimiento. Todavía aparece en la memoria el tio
Juanico –se llamaba Juan, pero como era pequeño le decían
Juanico, con su cartera de piel sobada y sus ojos
saltones–, que hacía de revisor y de mozo de carga, siempre de
abajo para arriba con los bultos y maletas, para depositarlos
en el techo de aquel autobús con el motor delante, en el que
había un cartel que rezaba: "No molestar al conductor.
Prohibido escupir".
Quizás por este aislamiento, cuando uno bucea en la Historia,
Alacón parece evaporarse, las referencias son escasísimas y el
territorio acaba por mitificarse. Como expresa Petisme,
cantautor original de un pueblo también pequeño, en su disco
titulado Cierzo:
Donde muere la carretera,
muy pocos quedan,
donde muere la carretera,
alguien me espera.
Pequeño recorrido cultural
El casco urbano de Alacón, más amplio de lo que cabría
suponer, hace ver que hubo tiempos con más gente, tal como
hemos señalado anteriormente. Lo positivo es que se conserva
bien. Las casas, excepto las más recientes, están todas ellas
levantadas con losa del país, aunque ésta suele permanecer
oculta bajo un rebozo de argamasa de cal o de mortero. Se
trata de una losa caliza, que actualmente se extrae y viaja
por toda España (nosotros la hemos encontrado en el parque
faunístico de Cabárceno, en Santander, lista para construir
parte de la cerca de los canguros).
Más que paradigmáticos ejemplos de arquitectura tradicional,
Alacón tiene un urbanismo sugerente, con calles adaptadas a
curvas de nivel cortadas por otras que se empinan directamente
hacia arriba. No es un urbanismo medieval, pero tiene algo de
laberíntico, con un montón de rincones y replacetas (repatines),
sin los que las noches de verano no serían lo mismo. La parte
alta se conoce como el barrio de la Villa, el núcleo más
viejo; el resto conforma el de la Plana. Entre ambos, el
límite más visible lo constituye un portal de piedra sillar,
el único conservado de los que daban acceso al antiguo recinto
urbano. Se trata de El Arco, austero en nombre y en
formas, construido seguramente en el siglo XVI y marco
perfecto para divisar la ruinosa ermita de San Blas, hacia el
oeste. Junto a él se encuentran el viejo horno de pan
comunitario –hoy, sede del Parque Cultural del Río Martín–, el
Ayuntamiento y el coqueto Centro de Interpretación de
Paleontología Francisco Andreu, que lleva el nombre de
uno de los últimos alcaldes, ya fallecido.
La iglesia corona el caserío. Aparece como una mole
dieciochesca, de un barroco desornamentado, en el que
predomina el ladrillo sobre la piedra. Frente a ella está la
Plaza Alta, la única sombreada en el pueblo gracias a un par
de acacias. Fue frontón y salón de baile para las fiestas,
antes de construirse el actual polideportivo. Detrás de la
iglesia está El Castillo, un solar sobre el estrato rocoso que
mira hacia el norte, convertido en un excepcional mirador. Si
alguna vez hubo una fortaleza, sólo ha quedado el topónimo. Lo
interesante del sitio lo
constituye el paisaje que se ofrece a
la vista, sedante y gradual: en primer término, las eras,
mucho menos viejas de lo que parecen; tras ellas, la huerta se
despliega en un mosaico de pequeños campos, como atendiendo a
algún orden antiguo; siguen los secanos, bordeados de cabezos
blancos; y, poco antes del horizonte, se adivinan el Cerro
Felío y el barranco del Mortero.
Y para acabar este recorrido, queda un último rincón al que
acercarse: la Torre Vieja, situada en un extremo del pueblo,
junto al Calvario y su ermita tardogótica y barroca. Es un
resto de antiguos tiempos medievales, probablemente del siglo
XIII, cuando ya estaba más que asentado el nuevo poder
cristiano por todo el Bajo Aragón. Los sillares que ocuparon
sus esquinas, tallados por canteros que dejaron en ellos sus
marcas de fábrica, se encuentran repartidos entre los muretes
del Calvario y la iglesia parroquial. Y sin embargo, allí
sigue, gracias a la durísima argamasa de sus muros, con la
mirada abierta al valle del Martín, testificando la vida en un
pueblo por el que, como hemos dicho, no pasan las carreteras,
terminan en él.
Pinturas rupestres: una lección de historia
Si alguna persona viajara por vez primera a Alacón y
entrara por la vertiente sur, justo en el cruce de la
carretera que, desde Oliete, se desvía hacia el pueblo, le
llamaría la atención un cartel con el rótulo: pinturas
rupestres. Su visita es inexcusable para entender las primeras
huellas del arte prehistórico.
El Parque Cultural del Río Martín, al que pertenecen Alacón y
otros siete municipios, ha nacido con el deseo de poner en
valor y proteger el espléndido legado de pinturas rupestres de
estas tierras a orillas del Martín. Su labor no sólo ha
obtenido numerosos logros científicos, sino que ha servido
para desempolvar otros muchos atractivos culturales y
medioambientales de la zona. Así, por ejemplo, hoy el nombre
de Alacón suena, al menos sobre el papel, y son varias las
publicaciones que hablan de sus bodegas y de unas pinturas
que, al fin y al cabo, son Patrimonio de la Humanidad.
Supongamos que los pueblos, o los grupos humanos, tienen un
periodo de especial esplendor en su historia, algo similar a
esos 10 minutos de gloria que Warhol proponía para cada uno de
nosotros. En tal caso, a Alacón le corresponderían unos
cuantos miles de años, aunque para eso haya que remontarse a
la Prehistoria. Fue mucho después de los fríos glaciares, en
torno al Neolítico y, posiblemente, hasta la Edad del Bronce,
cuando una cultura de raíz cazadora y recolectora sacralizó el
barranco del Mortero de Alacón.
Lo hizo a lo largo de milenios, disponiendo unas cuantas
capillas en su cabecera y cerca del final de sus cantiles
rocosos, en torno al Cerro Felío. Son más de una docena de
covachos con cientos de motivos pintados. En ellos aparecen
personajes sentados –igual que dioses–, recolectores de miel,
jinetes, posibles agricultores, danzantes y, sobre todo,
arqueros, calmados o corriendo, solitarios o en grupos de caza
y escenas rituales (tal vez de guerra), y muchos animales:
ciervos y ciervas, cabras y machos cabríos, asnos salvajes,
bóvidos, ¿cánidos? A veces son sólo signos y otras, manchas
indescifrables o incompletas. Se trata de una de las
acumulaciones de pinturas levantinas más importantes del arco
mediterráneo peninsular, en la que tampoco faltan
representaciones del denominado arte esquemático.
Nos gusta imaginar que encierran narraciones cuyos textos
hemos olvidado, historias que explicaban el origen de las
sociedades que las generaron y justificaban su presencia en el
lugar. Pero para interpretarlas parece mejor acudir a los
especialistas, como el profesor D. Antonio Beltrán, que lleva
toda una vida estudiándolas, y D. José Royo, padre del parque
cultural, quienes han hecho una inmensa labor por la
conservación, estudio y difusión de este patrimonio y con
quienes Alacón está en deuda.
El primero de ellos, en un artículo aparecido en Heraldo de
Aragón el día 12 de junio de 1994, se refería a la
importancia de la Cueva del Tío Garroso y homenajeaba así a su
figura central:
Cuando buscamos un tipo "aragonés" prehistórico símbolo del
de todos los tiempos se nos ocurre acudir a […] el que domina
la cueva del tío Garroso, en el Cerro Felío, marchando
impetuosamente hacia la derecha, tanto que las piernas se
presentan en una horizontal, con amplios zargüelles cortados
por unas polainas o por ataduras, con generosa melena sujeta a
las sienes por una diadema, llevando en las manos dos flechas
con las puntas en forma de arpón hacia adelante y las
emplumaduras que garanticen la dirección del disparo hacia
atrás. Lástima que no figuren acompañando al amplio pecho, a
los señalados hombros, al delgado cuello, rasgos faciales,
porque estaríamos ante el retrato del alaconero más antiguo
que conocemos. Aun así, con el misterio de sus rasgos
escondidos ahí está, en la pared del covacho, la imagen de uno
de nuestros abuelos en el inicio de nuestra historia gráfica".
Parece difícil mejorar esta descripción. Este famoso cazador
figura en el logotipo del Parque Cultural.
Para visitar esta emblemática figura y las otras pinturas hay
que contactar con los guías locales, los que también podrán
informar al viajero de la señalización de una ruta por el
cauce del barranco del Mortero para empaparse de un escenario
(casi) prehistórico, que sigue manteniendo esa esencia de
santuario abierto en la Madre Tierra.
Es territorio del buitre y de multitud de especies animales
que encuentran refugio en estos roquedos. Allí también
aparecen, pegados a las rocas, los viejos apriscos para el
ganado, algunos todavía en uso, en lo que constituye un
magnífico ejemplo de ocupación continuada en el tiempo, que va
mucho más allá de la presencia de nuestra especie, pues estos
parajes dieron cobijo a un grupo de neandertales que anduvo
por aquí hace unos 50.000 años. En el covacho de las Eudoviges,
en pleno Cerro Felío, se comieron un rinoceronte y otras
piezas de caza de la época. Es también el lugar donde se han
encontrado los restos de los primeros alaconeros: tres
personas que fueron enterradas en la Cueva Hipólito hace ahora
unos 4.000 años.
El barranco del Mortero desemboca en otro mayor, el de la
Muela, al que se arriman algunos yacimientos ibéricos (El
Castelluelo y Las Suertes) y por el que se extiende desde
antaño la huerta. En el punto inicial de este regadío se
encuentra la balsa de San Miguel, hecha en piedra, con su
ermita, barroca y popular, bendiciendo el lugar con su
presencia y un enigmático caño, que los de Alacón debieron de
picar para potenciar el manantial. De la balsa parte otra de
las rutas señalizadas por el Parque Cultural del Río Martín,
la que se interna por huertas siguiendo un reguero de fuentes
y balsas. Desde aquí también se obtiene una de las panorámicas
más fotogénicas de Alacón, en la que aparece apenas recortado
en el monte, con todas sus bodegas horadando la ladera.
Las bodegas: donde el tiempo se detiene
Si ese mismo viajero al que aludimos en el apartado
anterior accediera a Alacón por su lado norte, le llamarían
poderosamente la atención los agujeros excavados en la ladera
de El Castillo, esa ladera de la mágica colina a la que
antes aludíamos. Mágica por el ritual de su interior y
fotogénica, porque vista desde la huerta y las eras la silueta
de Alacón resplandece.
Justo debajo de El Castillo, aparecen horadadas en la
ladera las famosas bodegas de Alacón. Son aproximadamente
medio millar, contando unas pocas que ocupan un cabezo
aledaño, excavadas en mantos arcillosos y de arenisca y
ordenadas en hileras o retas que siguen curvas de
nivel. Prácticamente todas ellas están en uso. Hay quien
todavía pisa en el suelo las uvas, otros emplean sólo la
prensa, pero el mosto sigue escurriendo hasta la trujaleta,
desde donde se traslada a los viejos trujales de obra o, más
recientemente, de acero inoxidable para que fermente.
Los caldos que se elaboran en Alacón nada tienen que ver con
el buqué de los vinos comerciales, a pesar de ser intensamente
frutales. Sus 16 ó 17 grados los marginan al mundo de lo
artesanal, pero a su vez les imprimen un sello de
autenticidad. Entrar en estas bodegas tiene algo de ritual: el
paso inseguro de quien es forastero; el gesto de agachar la
cabeza; el hecho de dar la luz y verse dentro de una cueva
excavada a pico; la sensación térmica, de frío o de calor, que
proporciona una temperatura constante, en contraste con la del
exterior; la limpieza del coco (en realidad, media cáscara de
coco) y la primera cata de vino joven, compartida siempre con
los demás. En algunas de estas bodegas se pueden encontrar
vinos de más de 30 años, rarezas etnográficas que se sirven al
final de una cena y que rememoran una boda, un nacimiento o un
bautizo, una fecha muy señalada para la que se reservó el
mejor vino de aquel año, creando así una madre que ha
ido recibiendo las mejores añadas desde entonces. Son procesos
ancestrales en los que aún se tienen en cuenta las fases de la
luna.
Cada bodega alberga una historia, tejida con sudor y lágrimas,
entremezclada con cánticos de fiesta y susurros de miedo. Las
bodegas también sirvieron en los tiempos turbulentos de la
guerra civil como refugio seguro. Todavía cuentan nuestros
padres, al igual que contaban nuestros abuelos, que cuando
tocaban las campanas, señal inequívoca de que la aviación
(siempre enemiga) llegaba cargada de bombas, todas las
familias del pueblo se escondían rápidamente en las bodegas y
allí, a oscuras siempre, apretados los niños contra los pechos
de las madres, aguardaban a que el ruido pasara y de nuevo se
instaurara la calma.
Maestría de elaboración artesanal del vino, arte de excavar la
roca arenisca a pico y ritualización de la fiesta constituyen
ingredientes que provocan la contemplación inocente del paso
del tiempo, los debates sobre lo divino y lo humano y la
exaltación de la amistad, siempre compartiendo bocao y
trago, dejando atrás las vicisitudes de la vida cotidiana.
Momentos en los que parece detenerse el tiempo porque como
dice Serrat, cantautor que ha escrito poemas en catalán y
castellano, en uno de sus primeros trabajos:
Vamos subiendo la cuesta,
que arriba en mi pueblo
comenzó la fiesta.