Ariño

por Lola Gracia Callizo

Ariño se encuentra al norte de la comarca Andorra-Sierra de Arcos, en la confluencia de los ríos Martín y Escuriza, a 130 km de Teruel y 100 km de Zaragoza. El término municipal se extiende a lo largo de 80 km2. Limita al norte con Albalate del Arzobispo, municipio perteneciente a la comarca Bajo Martín; al sur, con Oliete y Alloza; al este, con Andorra; y al oeste, con Alacón.
De los 853 ariñeros o ariñenses de 2001, un porcentaje bastante elevado desempeña su labor profesional dentro del sector de la industria extractiva, casi el 60% de la población. El 17% se dedica al sector servicios, seguido de la industria manufacturera, la construcción y la agricultura.
La evolución de la población en el municipio durante el siglo XX ha estado marcada por la explotación de los recursos mineros, fenómeno que se da con normalidad en las cuencas mineras. Según datos del Instituto Aragonés de Estadística, en el año 1900 el padrón municipal contaba con 1.366 habitantes. Este número fue en aumento hasta la década de los 20, cuando se llegaron a alcanzar los 1.555 habitantes empadronados en la localidad. A partir de estos años la población sufrió un descenso considerable, ya que en 1930 los ariñeros eran 1.329, y 10 años más tarde todavía había descendido más, hasta llegar a los 1.288. Esta acusada disminución durante dos décadas se debe, en el caso de la primera, al éxodo de algunas familias hacia ciudades como Zaragoza o Barcelona. El hecho de establecerse allí y conseguir llevar una vida más holgada que en el pueblo alentaba a otros vecinos a seguir los mismos pasos; por supuesto, estos segundos cuando llegaban a las ciudades contaban con la ventaja del apoyo de las familias asentadas con anterioridad. Por otro lado, nos encontramos en unos años de inestabilidad política junto con una Guerra Civil que también influyeron negativamente en las cifras del padrón.
A partir de los 40 y durante dos nuevas décadas, Ariño sufrió una época de gran prosperidad; se produce un balance muy positivo y continuado crecimiento en la trayectoria de la población. El mayor poblamiento de Ariño se alcanzó en el año 1960, con un total de 1.744 censados. Son varios los factores que favorecen esta situación, como puede ser, por ejemplo: la prosperidad de las cuencas mineras, que otorgaban puestos de trabajo, o el final de la guerra y la vuelta de soldados que habían estado en campos de batalla.
Pero este aumento pronto se desvaneció, ya que en la década de los 60 se produjo un considerable decrecimiento en la población. Como se puede observar en la tabla anterior, el balance negativo se establece en 619 personas menos en 1970 que diez años antes. Gran parte de la población emigró a las grandes ciudades, donde existía una importante demanda de trabajadores por aquellas fechas. A partir de entonces, el crecimiento ha sido siempre negativo hasta hace un par de años, momento en que se ha mantenido o, incluso, ha crecido levemente el número de habitantes gracias a inmigrantes que se afincan en la localidad por motivos laborales. Actualmente son 90 los empadronados de nacionalidad polaca que se integran y conviven con los habitantes de este pueblo turolense.
Para finalizar con los datos demográficos, en la actualidad, en el año 2004, Ariño cuenta con 488 hombres y 447 mujeres, que suman un total de 935 censados en el padrón municipal.

Historia y urbanismo
La trama urbana del núcleo original contrasta marcadamente con la del poblado minero asentado en la parte baja de la ladera, más moderno en su construcción.
Comenzamos el recorrido urbanístico por el primitivo casco histórico, situado en lo alto de una colina de doble cumbre, a los pies de la Sierra de Arcos, sierra que da lugar a la denominación de la comarca. Dada la orientación de las viviendas más antiguas, junto con la situación estratégica con un amplio campo de visión, dominando los valles de los dos ríos que bañan el término municipal, se cree que existiría un antiguo asentamiento fortificado que daría lugar al origen de la población. Vestigios de esta fortificación son las ruinas del Castillo de Ariño, cuya construcción, aunque no se puede precisar con exactitud, se cree que fue durante los tiempos de dominación árabe de la zona, hacia el siglo XII. Se trata de un punto muy importante por su ubicación, ya que desde allí podían observarse los movimientos de las tropas por los valles del Escuriza y del Martín, y comunicarse con otros puntos estratégicos de los municipios vecinos, como Alloza y Oliete.
A los pies de las ruinas mencionadas, nos encontramos con el mirador Virgen del Pilar, así denominado por la antigua Ermita del Pilar allí situada, totalmente en ruinas pero restaurada por la empresa SAMCA. Esta labor de restauración consistió en la recuperación de la fachada principal y parte de una de las laterales. Un logro importante en esta actuación fue la conservación del arco de entrada principal, arco de medio punto con grandes dovelas y de marcado estilo románico. Se trata del único resto original que se conserva de la mencionada ermita.
Tanto el castillo como la ermita estarían extramuros del núcleo principal, ya que la entrada al pueblo como tal se haría a través de un desaparecido arco del que hoy sólo queda alguna fotografía para el recuerdo. A través de esas antiguas imágenes se observa que el arco acogía una capilla abierta bajo la advocación de los santos Mártires, San Fabián y San Sebastián, hoy trasladada a una de las viviendas vecinas. A la capilla se accedía por unas estrechas escaleras situadas a pie de calle. Para su estudio, no nos quedan otras fuentes a las que acudir, aparte de los recuerdos de las personas que todavía vieron el arco en su totalidad. El conjunto remataba con un "campanico" en la parte superior, que sonaba para las fiestas de los Santos Fabián y Sebastián, el 20 de septiembre.
Atravesando el arco nos encontramos en la Plaza de los Santos, popularmente conocida como "Barrio Bajo". Esta denominación extraña a los nuevos visitantes, ya que no es ésta la zona más baja del municipio. Pero, en realidad, es el barrio más bajo dentro del núcleo primitivo y es ahí donde encontramos su lógica explicación.
Siguiendo con el recorrido, es en la citada Plaza de Los Santos donde nacen varios ejes urbanísticos. Uno de ellos es la típica Calle Mayor, existente en cualquier localidad. A medio tramo de ésta, arranca formando una "V" la calle Prado, con la nueva denominación "Pintor Manuel Blesa Rodrigo", en honor al artista nacido en esta localidad y del que más tarde haremos una breve reseña. La unión entre las calles Pintor Manuel Blesa y Mayor se establece por medio de la Calle Lacería, denominación acertadísima ya que es la que sirve de enlace entre los dos ejes.
Muy cercana se encuentra la Plaza Mayor. Algunos vecinos comentan que ésta es la plaza de los tres nombres, es decir, la Plaza Mayor, así denominada oficialmente; la Plaza de la Iglesia, y la Plaza del Ayuntamiento. Tres nombres para designar una plaza rectangular de tres accesos donde se encuentran dos de los principales edificios de cualquier localidad, como son el Ayuntamiento y la Iglesia, en este caso la de San Salvador. Los dos inmuebles han sido recientemente restaurados. Por un lado, en el Ayuntamiento se han reestructurado las estancias internas y se ha reformado la fachada exterior y el Salón de Actos. En cuanto a la iglesia, la restauración afectó a la fachada principal. Se eliminó la capa de mortero aplicada sobre toda la portada, consiguiendo así una correcta lectura interpretativa de la misma dejando ver los motivos decorativos con los que se concibió en origen.
La iglesia de San Salvador es un edificio barroco construido en el siglo XVIII. Los materiales utilizados fueron mampostería y sillería. La planta es de tres naves, la central cubierta con bóveda de cañón con lunetos y más elevada que las laterales, con capillas abiertas comunicadas entre sí. En la cabecera de la iglesia se encuentra el altar, el cual debió acoger un retablo mayor durante la segunda mitad del siglo XVIII, desaparecido ya que el edificio fue desmantelado en el 36, perdiéndose así cualquier documento que nos sirva de fuente para su estudio. A un lado del altar se dispone la Sacristía y en el lado de la Epístola se levanta la torre-campanario, de concepción tardo-renacentista, construida en piedra de sillería en alternancia con ladrillo, (influencia del arte mudéjar, tan característico de la capital de la provincia), y que llama la atención por su acusada inclinación. Ésta se debe a una cesión que se produjo hace 100 años aproximadamente, en el paso de un cuerpo a otro de planta cuadrada a planta circular. Según estudios realizados, el movimiento experimentado por la torre no supera un desplazamiento de 0,007 metros (en días de fuerte viento), con lo cual se considera dentro de los límites permitidos.
A lo largo de toda esta zona que hemos descrito es donde se encuentran algunos de los servicios de la localidad como, por ejemplo, la farmacia, el Ayuntamiento, Cajas de Ahorros, comercios y bares.
Otro de los ejes que parten de la plaza de los Santos es la calle San Miguel, una de las calles más antiguas del municipio. Ésta nos llevará al barrio de "La Venta", así llamado por una antigua venta-posada allí ubicada. Desde allí, si nos fijamos en otro de los puntos más elevados del casco urbano, la vista nos alcanzará hasta encontrarnos con la ermita de Santa Bárbara. A ella accedemos a través de suaves pendientes que adaptaron la posibilidad de urbanización a las irregularidades del terreno. La ermita es una construcción en ladrillo levantada en el siglo XIX. Se trata de una edificación de pequeñas dimensiones y construida siguiendo una concepción más moderna y actual que la de San Salvador. Su planta se define por tener una única nave cubierta por bóveda de cañón con lunetos. Acoge en su interior una imagen moderna de la titular, advocación con gran significado entre los habitantes de Ariño, así como también entre los mineros de todas las cuencas, ya que, de todos es sabido que Santa Bárbara es la patrona de los mineros. Así pues, el pueblo de Ariño se ve amparado bajo la protección que le brinda la santa desde el punto más elevado del municipio.
En Ariño, la devoción por Santa Bárbara comenzará a partir de los primeros años del siglo XX, pero como ya hemos comentado, la construcción de la ermita se habría llevado a cabo algunos años antes. El culto original no sería el de los mineros, ya que en esa época en Ariño no existía la minería como tal, sino que serían los agricultores los que manifestarían su devoción por la santa para salvaguardar sus cosechas frente a las tormentas. Durante la guerra civil española, la ermita se vio saqueada y destruida, quedando en un estado de ruinas que fueron restauradas en la década de los 40 por la empresa minera SAMCA, entonces nueva en la zona. A partir de esta actuación y hasta los años 60, las fiestas celebradas en honor a Santa Bárbara contaban con un amplio programa de actos y con gran renombre entre los pueblos vecinos, en especial el acto final que consistía en un espectacular castillo de fuegos artificiales. Estos eventos han ido perdiendo su arraigo hasta el punto de que en la actualidad aquellos actos festivos quedan reducidos a lo más elemental, es decir, guardar fiesta y celebrar los actos religiosos en señal de protección y gracias.
De lo relatado hasta ahora se puede descifrar que la historia contemporánea de la localidad de Ariño ha estado fuertemente marcada económica y socialmente por la actividad extractiva de las explotaciones de carbón, desde que en 1914 se abriera el primer pozo bautizado con el nombre de Santa María. Prueba de esta influencia vital para el pueblo fue la urbanización de la zona denominada "Secano Cuartana", en la parte baja de la ladera, dando lugar al poblado minero y a la distinción que popularmente conocemos como el Barrio Samca y el pueblo. Cabe destacar el contraste entre el trazado irregular de las calles del casco urbano con la modernidad del poblado minero. Este poblado remata en sus dos extremos con otras dos plazas como son la Plaza de la Minería y la Plaza del Carbón. En la primera de ellas se instaló un antiguo castillete utilizado en las primeras explotaciones de la localidad.
Para terminar con la historia urbanística sólo queda decir que en la ladera que separa las dos zonas es donde se han ido construyendo edificios públicos de diversa índole, como son las piscinas municipales, el colegio, instalaciones deportivas, el cuartel de la guardia civil, el consultorio médico local, la casa de cultura o la última construcción, un pabellón destinado a diversos usos como el mercadillo, comidas de hermandad o determinados actos festivos.

Cultura
Ariño es uno de los municipios que forman el Parque cultural del río Martín, junto con Albalate del Arzobispo, Oliete, Alacón, Alcaine, Montalbán, Obón y Torre de las Arcas. El estímulo inicial para la formación de este organismo han sido las manifestaciones de arte rupestre que se extienden por la zona, a lo largo del curso del río. Es a partir de mediados de los 90 cuando se constituye de manera definitiva, gracias al hallazgo de nuevos descubrimientos de abrigos con arte rupestre.
El propósito del Parque Cultural es salvar el arte rupestre no de forma aislada, sino dentro de su entorno, así como evitar las causas de degradación y dar el sentido educativo y el valor social que le corresponde a cada uno de los elementos que constituyen el parque. También realiza funciones de organización y racionalización del turismo en la zona. Así mismo también aporta su grano de arena en la lucha contra la despoblación que en los últimos años afecta a toda la zona.
Ariño fue el municipio elegido para ubicar el Centro de Interpretación de Arte Rupestre Antonio Beltrán, en honor al profesor de dicho nombre. Se trata de un antiguo colegio construido para hijos de mineros por la empresa minera Ángel Luengo, y cedido posteriormente al parque a través de SAMCA. El edificio fue remodelado para poder mostrar al público los estudios y trabajos dirigidos por D. Antonio Beltrán. Se organiza en diferentes salas, que exponen de manera permanente los calcos reproducidos a escala real de las pinturas rupestres de todo el Parque Cultural; reproducción de un abrigo y de dos de sus primitivos pobladores, maquetas y otra sala dedicada a la evolución de la humanidad. Otras dependencias son la biblioteca especializada en arte rupestre, salón de actos y en el piso superior, alojamiento para 20 personas.
Muy cerca del Centro de Interpretación se localiza una serie de huellas de dinosaurios que los estudios adscriben al Cretácico inferior, hace unos 120 millones de años, cuando Ariño debió de ser una zona de clima cálido y de terrenos pantanosos próxima a la línea de costa. Las huellas nos han llegado en forma de subimpresiones y de 3 tipos diferentes: tridáctilas asociadas a los ornitópodos; redondeadas y de mayor tamaño correspondientes a cuadrúpedos como los saurópodos, y de carnívoro.
El siguiente punto a destacar serían los manantiales conocidos como los Baños. Siguiendo desde Ariño el curso del río Martín, y durante un tramo de 1 km, el río aumenta su caudal en casi 1.000 litros de agua por segundo. Se trata de unas aguas que manan siempre a una temperatura constante y que son afamadas en la comarca por sus propiedades curativas, sobre todo para enfermedades cutáneas. Existe un proyecto de construcción de un balneario para el mayor aprovechamiento de estas aguas. El complejo se supone que constituiría un tirón turístico para la zona y crearía puestos de trabajo y beneficios para el pueblo de Ariño, pero por el momento, y como suele suceder en estos casos, se sigue pendiente de subvenciones para poder plasmar lo que está proyectado.
Un poco más adelante nos encontraremos con un ejemplo de arquitectura del hierro de finales del siglo XIX. Se trata de un puente colgante, de los pocos que quedan en España, construido para unir un lado de la carretera con la central eléctrica situada al otro lado del río, que estuvo en funcionamiento por aquella época.

Ilustre de Ariño
Igual que en Oliete se sienten orgullosos de la familia de los Cañada, en Ariño podemos decir lo mismo de Manuel Blesa.
"Manolico", como lo llaman algunos con un tono cariñoso y familiar, nació en la misma calle que hoy en día lleva su nombre y tras desempeñar las duras tareas del campo y el oficio de barbero abandonó su pueblo natal para poder dedicarse a la pintura. Aprendió el oficio de restaurador de antigüedades y estudió con Alejandro Cañada en Zaragoza y con Revello de Toro en Barcelona. Empezó su trayectoria artística como retratista entre Sitges y las Islas Canarias, hasta que decidió establecer su estudio definitivo en el municipio de la costa catalana. Sus primeras obras son un honor para nosotros, ya que reflejan los campos áridos de la tierra aragonesa y sus populares habitantes con los rostros tostados por el sol y el trabajo.
Su técnica de gran realismo y precisión le permite captar con exactitud todos los detalles de los objetos que plasma en sus obras de arte. Jarras, platos, fruteros, lecheras, cántaros... son los motivos que constantemente aparecen en sus creaciones, que bien podrían servir como fuente de estudio para la cerámica antigua aragonesa, catalana, valenciana y castellana.
En otra serie temática reciente, Blesa homenajea a grandes artistas como El Greco, Velázquez o Picasso; a los catalanes Nonell o Dalí y, cómo no, a sus paisanos Goya y Pablo Serrano, entre otros.