por Alberto Medina
La Villa de Andorra, cabecera de la comarca
Andorra-Sierra de Arcos, se encuentra enclavada entre el Valle
del Ebro y el Sistema Ibérico a una altitud de 714 metros con
una superficie de 142 km2 tiene en la actualidad
casi 8.100 vecinos y es la tercera población en número de
habitantes de la provincia de Teruel, constituyendo un caso
único en su contexto geográfico. Situada en una provincia
caracterizada por la constante pérdida de habitantes y su
progresivo envejecimiento a lo largo del siglo XX, sobresale
por su vitalidad demográfica, que le ha permitido triplicar su
población en este último siglo. Posee la villa un ambulatorio
de salud con asistencia de lunes a viernes y servicio de
urgencias diario, dos farmacias, una guardería pública y otra
privada, dos colegios de primaria y uno de educación especial
muy bien valorado en todo el país por su eficacia, un
instituto de enseñanza secundaria, un servicio de atención al
consumidor, un centro de atención y prevención de
drogodependencia, un centro de día para personas de la tercera
edad y una residencia que cubre también las necesidades de
atención y albergue de este sector tan numeroso en nuestros
días.
Un poco de historia
No se sabe con certeza el origen de Andorra, ni mucho
menos el año de su fundación, pero si hacemos caso a la
tradición, podríamos decir que los primeros andorranos fueron
unos colonos de la vecina Albalate. Que bien para dedicar al
cultivo estas tierras, dotadas al parecer de una fertilidad
extraordinaria, o para pastorear los ganados se establecieron
en el nacimiento de la fuente del lugar o de los Tres Caños,
próximo a lo que hoy se conoce como la Tejería. Fue allí donde
construyeron unas pequeñas masías, que les servirían de
albergue para ellos y sus animales, conocidas con el nombre de
"Masadicas Royas" por ser de ese color la tierra con la que
fueron construidas así como el terreno que las circundaba.
Posteriormente, pastores del lejano valle de Andorra en el
Pirineo bajaron sus ganados a pastar e invernar a las vastas
dehesas que se extendían en derredor al primitivo poblado,
hospedándose en aquellas humildes viviendas a cambio de un
pequeño estipendio. Cuenta la leyenda que hallándose un devoto
pastor alojado en una de aquellas primigenias casas origen de
nuestra villa y viendo los dolores del hijo del matrimonio que
lo alojaba, provocados por una hernia, les recomendó que se
encomendaran a San Macario, venerado en su patria del Valle de
Andorra y patrono a la sazón de los quebrados. Despertándose
entonces una tremenda fe en los padres de la criatura, debido
a la cual, al parecer de aquellas gentes, el niño sanó. Por lo
que solicitaron al pastor que les enviase una imagen de su
santo protector. El milagro pronto se extendió en el Valle de
Andorra y al año siguiente el ganadero mandó una imagen del
santo por mediación del mayoral. En un principio la imagen fue
alojada en la capilla de San Julián, el primer templo del que
se tiene noticia y primer patrono de esta Villa; pero, según
la tradición, fueron tantos los milagros obrados por San
Macario, que muy pronto le construyeron ermita propia, a la
cual trasladaron su imagen desde la de San Julián. Pronto la
fama y el aparente "buen hacer" del santo se extendió por los
pueblos de la tierra baja, organizándose grandes romerías para
visitarle y darle gracias, por lo que hubo que construir anexo
a la ermita un albergue para hospedar a todos los fieles
devotos. Según nos cuenta Mosén Generoso Vázquez en su libro
Datos históricos de la Muy Noble Villa de Andorra, el santo
era conocido en los pueblos de alrededor como San Macario de
Andorra y debido a su repetición y a la extensión del término,
el vulgo lo acortó. Así Las Masadicas Royas pasaron a
conocerse como Andorra. Aunque la denominación de Andorra
también podría derivar de su significado celta, "Puerta de los
Vientos" y, dada su localización, bien podría ser.
Nada se sabe del traslado de la población de aquellas
primitivas viviendas situadas en lo que nuestros abuelos
conocieron como el Regatillo de San Julián, hasta su
localización actual, en los pies de la enorme y sólida roca,
rodeada de espeso pinar por aquel entonces, que más tarde se
convertiría en castillo amurallado. Aunque lo más probable es
que fuera por motivos de seguridad.
Debido a que en plena
reconquista estas tierras se encontraban en zona fronteriza,
amenazadas constantemente por incursiones moriscas. De las
murallas y el torreón del castillo solo quedan los cimientos,
posteriormente sería reconvertido en cementerio y en nuestros
días es un emblemático parque-mirador junto a la ermita del
Pilar. Las nuevas edificaciones se fueron extendiendo al
abrigo del castillo, llegando a formar lo que hoy conocemos
como calle Candela, la primera calle que tuvo esta villa.
Mosén Generoso sitúa estas construcciones a principios o
mediados del S XII.
Andorra entra en la historia documentada en 1149 al ser
reconquistada a los árabes por Ramón Berenguer IV, príncipe de
Aragón. Concediéndole éste al arzobispado de Zaragoza el
castillo y villa de Albalate, así como todos sus términos,
poblados, selvas, aguas y pastos. De esta manera, al
pertenecer Andorra a Albalate, pasa a formar parte de los
dominios del arzobispado de Zaragoza. Posteriormente, en el
siglo XIII, el rey Jaime I el Conquistador concede a Andorra
el título de Muy Noble Villa por la ayuda prestada por los
andorranos en la toma de Valencia.
El 17 de abril de 1610 el rey Felipe III firmó en Valladolid
la orden de expulsión de los moriscos aragoneses. En Andorra
se expulsa a los habitantes de 152 fuegos o casas, es decir,
unas 760 personas. Hoy sólo nos queda de aquellos convecinos
el recuerdo en la memoria de los más viejos del lugar de la
fuente del Moro, próxima al cruce entre las actuales avenida
San Jorge y la avenida Dos de Mayo. Tras el enorme trauma de
la expulsión, vendrán intentos de reconstruir y repoblar. Los
tiempos siguientes serán de grandes dificultades económicas.
La presión fiscal de la monarquía, la falta de mercado por la
disminución de población, el creciente bandolerismo -reflejo
del malestar social-, la guerra con Cataluña... En este clima
tiene lugar la independencia de Andorra. Que tiene lugar el 20
de marzo de 1613, concedida por el arzobispo Don Pedro
Manrique. Posteriormente, el 21 de septiembre el rey Felipe
III ratificará este privilegio.
Andorra fue siempre una villa principalmente agrícola y
ganadera. Aunque ya se conocía la existencia de carbón en su
subsuelo desde el siglo XIX, no es hasta el año 1914 cuando se
empiezan a intensificar las explotaciones de la zona dada la
coyuntura favorable que supone la Primera Guerra Mundial. En
el periodo de entreguerras experimenta un ligerísimo aumento
de población, que se verá truncado como consecuencia de la
guerra civil, pero no será hasta la segunda mitad de los años
cuarenta, en plena posguerra, cuando cambie su estructura
económica de forma radical. Con la llegada de la Empresa
Nacional Calvo Sotelo, que se instala en el otoño de 1944, se
crea un grupo minero y como resultado de ello, la villa se
convierte en un importante foco inmigratorio, aumentando de
manera espectacular su población en el periodo que va entre
1945 y 1955. En esos años se abren nuevas minas a lo largo de
la Val de Ariño. En 1947 se inician las obras de la línea
Andorra-Escatrón, inaugurada en 1953 por el dictador Francisco
Franco, para proveer de carbón a la Central Térmica de
Escatrón, la que sería la última línea ferroviaria construida
en la provincia de Teruel.
Un paseo por la villa
Podríamos comenzar nuestro particular paseo en la plaza
del Regallo, centro neurálgico y testigo de celebraciones y
reivindicaciones de los andorranos. Allí, escoltados por un
sanedrín de mayores del lugar, podremos admirar el monumento
al minero y el labrador, uno de los más queridos y que más
gustan a los andorranos, tan críticos con otros. Tras tomar
una caña o un café, según el tiempo, ascenderemos el tramo de
la calle de la Fuente, conocido como la cuesta del mesón, en
dirección a la calle Mayor. Una vez en la plaza de la Iglesia,
a la sombra de las arcadas de la antigua Lonja, vestigio del
mercado local de antaño, contemplaremos la iglesia Parroquial
de la Natividad de Nuestra Señora, construida entre los años
1597 y 1609, de estilo renacentista. Sin poder evitar que
nuestra vista invierta unos minutos ante su hermosa
fachada-retablo, claro exponente del manierismo aragonés, en
la que se aprecian superpuestos los tres órdenes
arquitectónicos griegos: dórico, jónico y corintio. Aunque
antes de aventurarnos por el laberinto de empinadas
callejuelas que nos han de llevar a la ermita del Pilar,
detengámonos un instante en la fuente del lugar y echemos un
trago de sus refrescantes aguas.
Según nos cuenta ella misma,
nació en 1834 y se encuentra escoltada por dos vaciones de
piedra pertenecientes a la desaparecida fuente del Piojo y que
hoy hacen las veces de enormes maceteros. La fuente,
historiadora muda de cotilleos y amoríos, es un lugar
pintoresco y de gran valor sentimental para los andorranos.
Aunque más si cabe para los de mayor edad, pues ella, hace no
demasiado tiempo, fue sitio de encuentro de los mozos.
Aguardando entre risas y jotas a que hiciera acto de
presencia, cántara en mano, la moza por la que suspiraban.
Quizá por ser lugar común de jotas, se erigiera allí mismo un
busto a José Iranzo, el pastor de Andorra, anexo a una de las
paredes del Horno de Pan Cocer. Construido en 1789 como horno
de la localidad, es lugar habitual de exposiciones, donde se
muestran dos airosos arcos rebajados que dominan su interior.
En el mismo entorno, compartiendo pared con el horno y
sirviendo de apoyo a la fuente, se levanta el
Museo de la
Jota, en lo que fuera una casona perteneciente a la familia
del ilustre andorrano Don Ángel Alcalá.
Volviendo nuevamente a
la plaza de la Iglesia y tras coger aire antes de acometer la
empinada calle Candela, debemos detenernos en la Casona de los Alcaine, que data del año 1651 según nos indica su escudo, y
admirar su puerta bajo arco de medio punto, para luego
ascender la mirada por su fachada de piedra hasta el último
piso superpuesto, que conforma la típica galería de ladrillo
de muchos edificios civiles del Renacimiento aragonés. Una vez
salvada la Calle Candela y no sin cierta fatiga, llegamos al
entorno de La Malena presidida por esa pequeña joya del estilo
GóticoLevantino que es la ermita del Pilar. Esta ermita,
construida en el siglo XIV, fue destruida por un incendio y
sufrió sucesivas ampliaciones en los siglos XV y XVI. Fue el
primer templo parroquial de Andorra, dedicado en un principio
a Santa María Magdalena, de ahí que se conozca a la zona donde
se asienta como La Malena.
Ante ella se evanta, como una formidable fortaleza natural, el cerro de San Macario, refugio de nuestro anacoreta patrón. Hasta él podemos llegar por una sinuosa carretera que bordea la montaña o bien ascendiendo el calvario. Si elegimos la segunda opción, la vista nos lo agradecerá y seguramente nuestras piernas se olvidarán del pronunciado desnivel. Una vez arriba, con el Vía Crucis en el bolsillo, se nos muestra para deleite de los sentidos el Parque de San Macario. Un excelente lugar de encuentro y esparcimiento de andorranos y visitantes. La ermita de San Macario data del siglo XVIII y es de una gran sencillez, contrastando este detalle con el profundo sentimiento que despierta entre los andorranos, creyentes o no. Presenta en la entrada un atrio porticado con cúpula sobre pechinas, con una muestra de decoración pictórica popular y un curioso jeroglífico dedicado al patrón. Adjunto a la ermita, el parque cuenta con una hospedería, donde destacan los arquillos de su galería aragonesa, construidos con el material arquitectónico aragonés por excelencia: el ladrillo, verdadero protagonista de nuestra ermita. En el otro extremo del parque, podemos encontrar el recientemente trasladado y reconstruido
poblado ibero del Cabo, datado en el siglo V a.C. Prueba irrefutable de que el progreso, que sólo tiene ojos para el futuro, puede alterar e incluso destruir nuestro pasado. Resulta gracioso que Andorra, pueblo paradójico donde los haya, que pocos vestigios de su historia ha sabido o podido salvaguardar, que desconoce datos y aspectos de una historia relativamente reciente, no sepa apreciar el buen hacer de la tierra, que con cariño telúrico ha preservado durante siglos esa pequeña joya del ibero antiguo que nos ha permitido saber un poco más sobre los primeros pobladores de estas tierras. Quieran los dioses que veneraban aquellos primitivos pueblos, que el suelo que pisamos, en esas cada vez más frecuentes andadas populares, nos reserve otras muchas sorpresas.